San Isidro: una obra de arte, en mármol veneciano

San Isidro Labrador, Pérez Zeledón.

Carlos L Monge B
prensa@perezzeledon.net

L
a historia de esa imagen icónica de San Isidro Labrador, que ha ganado el afecto de los generaleños a lo largo de décadas, está limitada a una mención, dentro de un párrafo corto escrito por el padre Álvaro Coto Orozco.

“Los altares de mármol como también la imagen de San Isidro, hecho en mosaico veneciano, fueron pedidas a Italia”, dice el padre Coto en uno de los documentos que legó a la Diócesis de San Isidro de El General; un folletito en que, sin embargo, logra describir el salto del San Isidro rural de la iglesita de latas rojas al de la portentosa catedral de arquitectura moderna.

Está compuesta por centenares de miles de cuadritos de mármol.

Está compuesta por centenares de miles de cuadritos de mármol.

Suficiente, pues, saber que el mosaico fue traído desde Italia, durante los años en que se construía la catedral de San Isidro de El General (entre 1956 y 1967) para darse cuenta de que es una obra de arte magnífica.

No es que sea rara, porque los mosaicos fueron tan comunes en tiempos de la Antigua Grecia y del Imperio Romano, que “casi no había vivienda que no los tuviera”, o porque en los tiempos actuales se les haya descontinuado.

Se les sigue usando, en techos, paredes y pisos. Pero si hemos de acudir al sentimiento, más que al conocimiento, la imagen de San Isidro tiene particularidades de veras destacables. Valga decir que el artista logró crear una imagen admirable, sobre dos limitantes propias de los mosaicos: logra imprimirle profundidad a una imagen creada en dos planos, a partir de un juego de colores que debió llevarle mucho, pero mucho mucho trabajo y tiempo.

Para que se tenga una idea, la imagen de San Isidro Labrador es un rompecabezas que tiene cientos de miles de teselas (pequeños cuadritos de mármol de diferentes colores) que sólo se podrían apreciar viendo el mosaico muy de cerca o mediante una fotografía de alta resolución. Las teselas, para tener una idea gráfica aproximada, son como los pixeles de una fotografía digital.

Los mosaicos son más bien comunes, en otras latitudes.

Los mosaicos son más bien comunes, en otras latitudes.

No se sabe cuánto costó; ni se sabe acerca de los cuidados que debieron tener los transportistas que la trajeron a través del Atlántico ni de las dificultades que pudieron tener los constructores de la catedral para subir e instalar una imagen, delicada, valiosa y que pesa toneladas, a diez metros de altura, en la pared del fondo del edificio.

Pero Ricardo Valverde Cordero sí se lo imagina. Valverde, el constructor que hizo trabajos de reconstrucción a la catedral hace ocho años, la bajó de la pared interna del fondo y la trasladó a la pared externa frontal, donde hoy está a la vista de todos los que transitan por el centro de San Isidro de El General.

Se necesitó destornillar las tres planchas de concreto en que están montados los rompecabezas, para desprenderlas luego con polipastos (máquinas compuestas por poleas y cadenas, más poderosas los tecles) y trasladarlas y volverlas a montar (dentro de un marco de concreto construido en la pared frontal) con la ayuda de una grúa.

Fue un trabajo lento y cuidadoso que, sin embargo, –según recuerda Valverde- no alcanzó la perfección que se quería. Entre la lámina superior y la de en medio quedó una hendija milimétrica que se hubiera querido corregir, pero que se dejó así como está, para evitar algún eventual daño a la obra de arte.

La imagen se alcanza a ver desde todo el centro y las partes altas frontales de la ciudad.

La imagen se alcanza a ver desde todo el centro y las partes altas frontales de la ciudad.

Esta, en fin, no es una historia de esta imagen que tanto enorgullece a los generaleños, por carecer de fechas y pormenores puntuales. Porque, como dice el padre Julio Rodríguez, la imagen de San Isidro Labrador es sólo un detalle, en el gran contexto de la construcción de la catedral.

Pero sí es importante que no se diluyan en el tiempo sentimientos significativos: El primer obispo de San Isidro de El General, monseñor Delfín Quesada Castro, murió sin ver terminada la obra, por falta de dinero. Quería que los vitrales del frente de la catedral tuvieran imágenes alegóricas a la agricultura: “matas de banano, piñas…”, escribió el padre Coto.

Hoy, monseñor Quesada debe sonreír –en el mundo del espíritu- al ver que frente a la catedral fue construida una plazoleta concebida para establecer un puente simbólico entre la sociedad civil y la parroquia, consagrada al santo patrón de los agricultores.


19 marzo, 2015

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