Mágicos recuerdos del San Isidro de El General de antaño

José Rafael Ceciliano, Sergio Barrantes, Edgar Cabrera.

Carlos Monge
prensa@perezzeledon.net

Del tintero de Edgar Cabrera, un guatemalteco tan generaleño como la emblemática iglesia de latas o la “estechon” del recordado “Ñato” que hacía el recorrido entre El General y San José, emerge uno de los cuadros de paisajes y vivencias que mejor retratan al San Isidro del recuerdo.

Nicomedes "Melles" Venegas era el que tocaba el clarín que anunciaba la alternativa.

Nicomedes “Melles” Venegas era el que tocaba el clarín que anunciaba la alternativa.

Calles polvorientas, edificios de madera y caballos, que tanto se llegaron a parecer a los pueblos que Cabrera sólo había visto en las películas de vaqueros; celebraciones y entretenimientos de adultos, jóvenes y niños; vivencias de generaciones de infancia y juventud que regresan con la frescura de la brisa de Las Quebradas, en su libro “Ensueños en rojo”.

Es, esta “mágica obra” como la llama Sergio Barrantes Elizondo, un libro llamado a despertar los recuerdos de quienes presenciaron –o jugaron- los partidos de fútbol celebrados en la plaza que estaba frente a la iglesia, de quienes colaboraron o fueron testigos de la construcción de la catedral, de quienes viajaron por aquellos caminos de Dios, por la carretera de San José recién construida o la a veces invencible ruta de Dominical.

A Edgar Cabrera lo trajeron los papás en los años 50, desde Guatemala y lo sembraron aquí. Gente de familia distinguida que se alejaba de una oprobiosa dictadura –uno de los tantos episodios dramáticos de la hermana Guatemala- en busca de horizontes de paz.

Edgar Cabrera, Sergio Barrantes, José Rafael Ceciliano. La encontraron. En San Isidro, el niño se encontró confortablemente acompañado por sus padres y su hermana, en un pueblo como los que sólo había visto en las películas de vaqueros que proyectaban en la capital de su país, con sus calles, edificios y vaqueros que protagonizaban escenas de vaqueros frente a la Reina del Valle.

Una carretita de madera, sin bueyes, halada con un mecate con mil dificultades, porque se le volcaba en las piedras, para llevar la contribución –una bolsa de frijoles- durante las fiestas de San Isidro Labrador; los bailes en un ranchón, al costado norte de lo que ahora es el parque, cubierto con hojas de palma por entre las que grandes y niños se asomaban para ver a los bailarines; las carreras de cintas…

Las corridas de toros, de las que nos hace recordar el redondel de redonda en tierras de Reyes Ceciliano, por donde hoy queda el Estadio Municipal, como una de esas empalizadas rústicas que todavía se pueden ver en los pueblos de Costa Rica: “Medio cuerpo nos cabía a los niños perfectamente entre palo y palo, incluso los cuerpos enteros, era cuestión de acomodarse”.

La plaza donde se jugaba futbol y se celebraban los turnos.

La plaza donde se jugaba futbol y se celebraban los turnos.

Los apodos de tantos y tantos generaleños que forjaron El General: “Mientras tanto Froilán “Patica” Mesén, “Mosca Campos, “Pajarito” Zúñiga, Wally Vaughn, “Cachaza” Zúñiga y “Chingolo” Mora, futuras estrellas del fútbol mayor, sin interés en la danza, hacían series, a falta de mejor balón, con medias llenas de arroz.

Y así pasan los recuerdos de vivencias inolvidables: “Alex Zúñiga y don Juan Fonseca organizarían posteriormente extraordinarios conjuntos de música tropical bailable, conocidos en todo el cantón y allende del cerro. El de don Juan llevaría el simbólico nombre de Siboney y tendría como estrella máxima e ícono indiscutible a su hijo, Juancito “Tribilín”… Zúñiga, por su parte, en una remembranza a los orígenes culturales de la tierra, le pondría los Bruncas, a su excelente orquesta….

“Ensueños en rojo” es uno de los mejores retratos del histórico San Isidro. Por eso es que Sergio Barrantes –testigo viviente de aquella historia- dice, en el prólogo del libro: “Respetable lector: repito lo que los lectores tanto repetimos y tanto olvidamos. No basta a un escritor escribir bien para ser un gran escritor, además debe poseer magia de escritor y ésta obra es mágica, por lo que recomiendo tomarla y, bajo la sombra de un higuerón, disfrutarla, viajando por el mágico San Isidro de El General de aquel entonces”.

 CRÉDITOS: Foto de Nicomedes Venegas por cortesía de Obed Venegas; foto de la plaza tomada de “El General que Conocí”, del presbítero Álvaro Coto Orozco. En la foto de entrada: José Rafael Ceciliano, Sergio Barrantes y Edgar Cabrera.

19 abril, 2014

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