Los pioneros: Hilda Cruz Barrientos

Hilda Cruz Barrientos y Jorge Ramírez.

Carlos Monge
prensa@perezzeledon.net

S
e le recordará como una empresaria brillante; pero los historiadores del Valle de El General le habrán de reservar un capítulo, para ella sola, por su participación como fundadora, miembro o representante de organizaciones de relevancia especial para el cantón de Pérez Zeledón.

En la boletería de la Station Wagon, ubicada en El Jardín.

En la boletería de la Station Wagon, ubicada en El Jardín.

Formó parte de las juntas directivas de la Cámara de Comercio, la Comisión Cívica Cantonal, la Junta de Salud del Hospital Dr. Fernando Escalante Pradilla, la Cámara de Ganaderos, el Asilo de Ancianos Monseñor Delfín Quesada Castro y del Comité de Exposiciones Ganaderas y, además, fue fundadora de la filial de Guías y Souts.

Tuvo restaurantes, hoteles, carnicería, panadería, heladería, salones de baile; destacó en el campo de la ganadería. Y creyó en los seres humanos, a quienes ayudó a superarse cada vez que dieron muestra de querer hacerlo.

Hilda Cruz Barrientos nació en Naranjo, Alajuela, en 1921, y falleció en San Isidro de El General en agosto de 2009. Llegó en avión, en 1936, años antes de que se comenzara a construir la carretera interamericana y cuando –con un par de excepciones- las casas de habitación y los comercios no eran más que ranchos.

Durante un homenaje que le rindió la Cámara de Comercio.

Durante un homenaje que le rindió la Cámara de Comercio.

Sólo tenía quince años, cuando viajó desde Naranjo a acompañar a su papá, José Cruz Barrantes, nombrado por don Ricardo Jiménez como jefe político del recién fundado cantón de Pérez Zeledón. Y detrás de ella se vino Jorge Ramírez, después de haber parado la borrachera y haberle pedido permiso a don José Cruz, para visitarla.

“Éramos muy pobres. Nada más que le solté el ruedo al vestido blanco que tenía y con un sombrero de mi prima, nos casamos. Como mi papá ya había sido jefe político, llevó a dos del resguardo que tocaban guitarra y entonces nos hicieron una fiesta. Uno de ellos, que era el que vivía ahí a la par de la jefatura, me hizo bizcocho y un picadillo. Jorge era seis años mayor que yo. Él tenía veintiún año y yo quince”, cuenta doña Hilda en una entrevista con el periodista Camilo Rodríguez.

Fue impresionantemente valiente: “Yo era como el peón de mi papá… Yo hasta capaba a los chanchos y a los terneros de mi casa”, y cuando hubo que arreglar el techo del rancho a donde se fue a vivir con don Jorge, a Las Juntas de Pacuar, ella también subió a repararlo.

El Jardín y, al frente, La Suyapa. (Foto de Froilán Mesén).

El Jardín y, al frente, La Suyapa. (Foto de Froilán Mesén).

Estaba destinada a ser empresaria. El papá le pidió que le ayudara a atender una carnicería que instaló en San Isidro, por donde ahora queda La Suyapa y… “Cuando eso no había corriente, había que usar un serrucho para partir; y con un trozo de madera grande y con una hacha había que partir todo lo que no se podía con el cuchillo”.

Se hizo de una amplísima clientela, por la fina atención que brindaba. La carnicería se amplió, al punto de venderse un cerdo diario (a peseta la libra) y una res los fines de semana; y a los ingresos que fue teniendo en la carnicería, doña Hilda sumó la ganancia que le fue generando una venta de cebollas que ella agregó al tramo de su padre.

Y así obtuvo los primeros ahorros, como para tomar en alquiler la Casa Amarilla, propiedad de Atanasio Bermúdez (en quinientos colones mensuales) y montar el primer hotel, con diez habitaciones, pero, estirándolas un poquito, con cabida para cuarenta o cincuenta personas.

En la galería de pioneros de la Municipalidad de Pérez Zeledón.

En la galería de pioneros de la Municipalidad de Pérez Zeledón.

Luego se asoció con Tina Sánchez, en el negocio de helados de sorbetera; y desarrolló el servicio de lavandería, por solicitud de un médico que le solicitaba el lavado de los calzoncillos (así llamados, por entonces, los pantalones) porque no había tiendas dónde comprar otros de tan buena calidad.

Y como la Casa Amarilla no le daba abasto, compró el Kentucky; y después construyó El Jardín (soda, restorán, hotel, repostería); y después compró la heladería La Suyapa; y después El Jorón Centroamericano, y luego el Hotel Chirripó, todos ellos negocios icónicos, necesariamente asociados a imágenes y recuerdos del San Isidro de El General de ayer. Sobreviven dos de ellos: La Suyapa y el Chirripó.

La historia de Hilda Cruz Barrientos es un pasaje épico, de superación y bondad. Como otros pioneros de Pérez Zeledón, vino de otras latitudes a moldear la identidad generaleña.


16 septiembre, 2014

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