Ha fallecido el emblemático padre Álvaro Coto

Padre Álvaro Coto Orosco

Carlos Monge
prensa@perezzeledon.net

E
l emblemático sacerdote Álvaro Coto Orozco falleció a las 11:30 p.m. de ayer, cinco de junio de 2014, tras una prolongada enfermedad que lo mantuvo retirado de las actividades públicas durante los últimos años.

El padre Coto fallece a los 92 años de edad, en la residencia de la Iglesia Católica del barrio Corazón de Jesús, junto a la Radio Sinaí, al cuidado del padre Oscar Navarro, de personal del Departamento de Cuidado Paliativo del Hospital Dr. Fernando Escalante Pradilla, enfermeros que lo asistían y personas de bien que se habían consagrado a su atención durante los años de retiro.

En la celebracion de un matrimonio, en los años 70.

En la celebracion de un matrimonio, en los años 70.

Su cuerpo será velado en la catedral de San Isidro de El General a partir de las nueve de la mañana de hoy, miércoles.

Descansó junto a su amadísima Radio Sinaí, emisora que le sirvió extender la catequización y promover la cultura, a lo largo de casi cinco décadas.

Serio, recio, pero de un corazón amable y generoso, este sacerdote oriundo de Agua Caliente de Cartago fue asignado como coadjutor de la parroquia de San Isidro de El General en diciembre de 1950. Regresó al Valle Central por un período de dos años y medio y luego, el 25 de agosto de 1954, volvió a San Isidro como párroco y adoptó a Pérez Zeledón como su hogar, para siempre.

Con una vasta cultura y una extraordinaria experiencia, Coto, el padre Coto o monseñor Coto, dejó como legado una importante cantidad de documentos, entre los que destacan dos libros históricos escritos con exquisita pluma: El General que conocí y Parroquia San Isidro Labrador, en su Centenario (1914-2014), publicado justamente en el pasado mes de mayo.

Tomada de su libro Parroquia de San Isidro de El General.

Tomada de su libro Parroquia de San Isidro de El General.

El Padre Coto es abundante en experiencias y datos de interés para la historia de Pérez Zeledón, como lo denota en  una amplia entrevista concedida hace algunos años al periodista Camilo Rodríguez, que damos a conocer enseguida:

Entrevista con el Padre Álvaro Coto Orozco

Camilo: Está con nosotros el padre Álvaro Coto Orozco. Es un sacerdote que tiene más de cincuenta años de vivir en San Isidro de El General. Él más, generaleño que muchos, ha significado con su aporte muchísimo para la Iglesia Católica y para el desarrollo. Cuenta en un libro que acaba de publicar, que iba a caballo a muchas comunidades de la zona hace más de medio siglo viendo a un Pérez Zeledón diferente al que conocemos hoy. Además es una persona muy importante para mí porque yo escuchaba radio Sinaí cuando era un niño escolar aquí.

Yo terminé en la escuela Asunción aquí en San Isidro de El General, y el primer sacerdote que me vio, el primer sacerdote que me dio la comunión es el Padre Coto. Él es parte viva de la historia de Pérez Zeledón y por eso lo invitamos para este espacio, para el libro de pioneros de Pérez Zeledón, muchas gracias por estar aquí y bienvenido.

Nací en Agua Caliente de Cartago, el 28 de agosto de 1922. Yo llegué hasta quinto grado de la escuela Juan Vásquez de Coronado en mi pueblo natal y luego el sexto tuve que ir a Cartago a la escuela Jesús Jiménez. Después hice mi bachillerato en el Colegio San Luis Gonzaga, de Cartago.
Mi papá se llamaba Olino Coto Vives y mi mamá Adela Orozco Mora. Mi papá era jornalero, ganaba como 1 colón, cincuenta céntimos. Mi mamá era ama de casa.

Fuimos siete hermanos, de los que quedamos solamente tres. Yo soy el mayor de todos.

Ícono de su amadísima Radio Sinaí.

Ícono de su amadísima Radio Sinaí.

Es en la familia en donde se ve la devoción. Allí es donde se reza el rosario y donde le inculcan el ir a misa. En aquel tiempo yo tenía una tía, Julia Coto, que era una mujer muy devota y ella me ayudó mucho para aprender el catecismo. Yo no sabía leer y me lo aprendí de memoria. Mi madre era muy devota de la Virgen y ahí empecé yo a amarla también.

Por eso uno es lo que es el ambiente familiar. Por ahí que el Concilio Vaticano Segundo dice que la familia es la Iglesia doméstica, ahí se forma uno, si tiene la suerte.

Mi papá era piadoso a su manera, pero nos llevaba en la cuaresma. Nos decía “muchachos vamos a donde los capuchinos a Cartago, vamos a confesarnos” y él iba primero que nosotros. Todos los domingos íbamos, y nosotros que éramos tan pobres y con la camisita ahí con aquel frío Cartago a las cinco de la mañana.

Recuerdo que nos hincaba ahí y si estaba uno viendo para otro lado le jalaba las orejas.

Cuando yo me vine para Cartago, era estudiante de segunda enseñanza y no podía faltar a la misa de los capuchinos a las 5 de la mañana. Así que los ejemplos lo arrastran a uno. Yo decía: Si algo es tan importante para mi papá, debe ser algo bueno. Por eso fue que mi familia y su ejemplo hicieron que yo decidiera ser sacerdote. Cuando estaba en el San Luis, me preguntaban que qué quería ser de grande y yo aún no sabía.

Me gusta mucho la literatura y he leído mucho y leo todavía. Pero no fue hasta sexto grado que dije que quería ir al Seminario Mayor. Así fue que entré al Seminario en marzo del 43. Estuve seis años y al salir, Monseñor Odio, que era el cura de Cartago, me pidió de consultor.

Me ordené el 18 de diciembre de 1948, por lo que ahora voy a cumplir cincuenta y ocho años de ser sacerdote. Ahí estuve poco porque en mayo me mandaron de capellán unos días al San Juan de Dios, de ahí me mandaron a Barva, luego siete meses después me pasaron a Aserrí. Allí un día recibí un telegrama que decía que debía pasar a San Isidro de El General como consultor del padre Manuel Quirós.

Yo vine aquí el 12 de diciembre de 1950. Aquí estuve todo el 51 y en marzo del 52 me mandaron de profesor al Seminario Menor, en San Cristóbal. Pasé de un lugar frío a uno caliente, por lo que se me inflamó el pecho y me mandaron a curarme.

Además, en esos días murió Monseñor Sanabria y me mandaron a Tarrazú, donde estuve año y tres meses. Un día me llamo a la curia y me dijo que me iba a mandar a San Isidro de párroco.

Llegué aquí el 25 agosto de 1954, desde entonces por aquí estamos “tirando veneno”. Yo antes de eso no conocía. Antes hablar de El General era hablar de un lugar de destierro.

Aquí estaban los padre Paulinos, que eran profesores alemanes, que estuvieron trabajando durante 50 años. Se fueron en el 49, cuando vino el padre Manuel Quirós. Ellos iban al seminario y nosotros les preguntábamos cómo era por aquí y nos contaban de las giras a caballo y todo eso. Cuando salió el padre Quirós en el 49 me nombraron párroco.

Al venirme para acá por dicha que no me dio cabanga. Era muy aficionado a la música, medio toco algo de órgano y me gusta mucho la lectura. Me subía al coro donde estaba la armónica y la comenzaba a tocar. Nunca me desesperé porque yo soy campesino. La dureza de las giras y el tener que dormir sobre sacos de arroz, con todo mojado y hasta arriba de barro, eso a mi no me molestó.

En el año 50 comencé a hacer giras. Yo conocí San Rafael de Platanares que era un trillo nada más, en 1951. Para llegar allá había que pasar el río Pacuar por dentro. A veces lo pasábamos en un botecillo o a caballo nadando. Así fui conociendo La Esperanza. A veces me tocaba andar dos o tres días a caballo. Nos “cuarteábamos” como dicen los campesinos.

El Padre Jiménez, que era fundador de Sinaí, era mi coadjuntor. A veces él cuidaba, a veces yo.

Estaba al frente de comunidades poco desarrolladas como San Isidro, Palmares, Rivas, San Ramón y otras que comenzaban a brotar.

En Pejibaye celebré misa en un ranchito de paja. Siempre recuerdo que había que bautizar hasta sesenta niños. Ahí debajo de la bóveda del cielo como dirían los poetas, a medio día y con aquellos gritos de los inditos de Gibre, de China Kicha y demás.

Tenemos pueblos alejados como Savegre, que queda por Santa Rosa, allí había solo un trillo para el caballo. No cabían ni las carretas. Yo iba también a Santo Tomás, por División a caballo desde arriba. Ya con el tiempo pudimos bajar en Jeep. Iba también a San Martín. Por cierto, un día de éstos tuve que ir a San Martín a ver unos terrenos de la iglesia, a caballo por aquella cuesta. Ahora está muy cambiado todo.

Nunca me desesperé. Yo me comprometí con el Señor y yo no esperaba nada, ni nunca me he quejado con el señor obispo por haberme puesto aquí.

Recuerdo cómo se levantaron los primeros ranchitos de pajas, de chonta. Un ranchito de chonta era donde vivían hasta los perros, chanchitos y todo eso. A cada rato uno veía como levantaban sus casas con hojitas de zinc, que lo hacían con aluminio liviano y con esto también se hacía la capillita, la escuela.

Cuando yo llegué la segunda vez, en agosto de 1954 estaba el padre Jiménez y antes estaba el padre Zúñiga. A ese padre le gustaba la radio y estaba con esa chochera y como aquí era tan difícil preparar a los niños para su primera comunión a él se le ocurrió que tal vez por radio se podía hacer.

La “chochera” por la radio

El padre Zúñiga fue a Colombia y conoció la famosa emisora radio Sutatenza de cultura popular. Ellos enseñaban a escribir y a leer por medio de la radio.

Se vino con esa idea y la compartió con Roger Sobrado que cuando eso era el técnico de Sinaí. Sobrado vino dos años antes y fue el pionero de la radiodifusión aquí en Pérez Zeledón. Trajo “La voz de Pérez Zeledón” una emisora de AM y la fundó. Los estudios estaban en la casa del frente de donde está la iglesia del Calvario. Allí iba yo a hacer programas de radio.

Al padre se le ocurrió enrolar a las hijas de María en el proyecto para ponerlas allá a cuidar el receptor. Entonces comenzó y compró un transmisor que yo tenía que manejar con un motor de diesel, porque la corriente era tan mala aquí en aquel tiempo.

Los estudios estaban ahí donde hay una barbería a la par de la Catedral. Ahí comenzó a trabajar, a hacer turnitos para ayudar, y comenzó a transmitir por primera vez el 12 de mayo de 1957. Fue inaugurada el 13 de junio de ese mismo año, un mes después. Era el día del Sagrado Corazón, que es el santo patrono. Ese día llegó Monseñor Delfín Quesada y le echó la bendición.

San Isidro ha crecido mucho, tanto que esos cantones del sur tienen un promedio de 40.000 habitantes.

Pérez Zeledón tiene 135.000 y yo lo se porque al principio de cada año voy a Estadísticas y Censos, para ver cuantos habitantes hay para mandar el informe a Roma.

Cuando yo llegué, tenía aproximadamente unos 50.000 habitantes.

Cuando uno venía a caballo de Pejibaye hasta que desea que el caballo vuele, tal era el maltrato de los glúteos. Era un viaje que tardaba cuatro horas. Y viajar en cazadora era más difícil, porque era una “polvarera”.

Se montaban los viejecitos con jaulas con pájaros y un chiquito que le gritaba a la mamita que lo “apiara” porque venía con una necesidad fisiológica, en fin todo eso. Y en invierno eran esos barriales. A veces se pegaba el chunche y había que empujarlo. Yo siempre viajaba cada mes y cuando salía viajaba en avión que costaba 27 colones y en un momentito estaba en San José.

Pueblo por pueblo

El padre estuvo hasta el 66, renunció y se fue para San José. Entonces monseñor Quesada un día nos llamó a mi y al señor Hugo Barrantes, ahora Monseñor, que en ese entonces era mi conjultor. Quería darle a Hugo la radio, pero Hugo, como dicen los campesinos, le “revoleó el yugo”.

Hugo Barrantes estaba recién llegado de Roma y entonces yo la cogí. Pero a mi no me gustaba la radio, la verdad es que no. En ese entonces teníamos una junta en la que estaban don Gilberto Montero, un hombre muy empeñoso, empresario de misión. También estaba Edgar Romero y estaba Rosendo Vargas.

Muchos se burlaban de nosotros porque no teníamos ni un jingle, ni nada. Entonces yo dije: “Voy a meter mano en esto, aunque no me gusta”. Me conseguí un transmisor y compramos en el 77 el terreno que tenemos ahora. Dos manzanas que me costaron quince mil pesos a pagos en aquel tiempo y entonces comenzamos.

Recuerdo que una vez llegó Felo García, de deportes de Reloj y me dijo que quería transmitir un partido de Costa Rica el Salvador durante esa semana me llovió publicidad sin buscarla.

Los que lo oyeron se dieron cuenta de que la radio existía. Traté de conseguir una FM y me dijeron que eso era un “cachimbal” de plata, unos 20 000 pesos. Me fui a hablar con el diputado Romilio Durán, que era muy amigo mío y me ayudó a conseguirla.

Así fue que pasamos los estudios en el 80 y me compré un transmisor de un kilo. En el 90, pudimos ser escuchados más allá del cerro.

Luego me compré otro transmisor y lo puse en el Irazú. Radio FIDES nos dio posada. Así llegó Sinaí y me llena de satisfacción porque yo logré que la radio llegara hasta el corazón del pueblo.

La radio también sirvió para enviar mensajes, porque los teléfonos aún no existían, Gilberto Blanco se metió en eso.

Recuerdo que le robaban el cable y usaban los alambres para tender la ropa, la gente no tenía la capacidad de pensar en lo importante que era eso.

Hablar de eso pareciera una sin razón, porque hoy día con los celulares y toda esa cosa no se puede pensar lo que significaba para ese tiempo un mensaje por radio y realmente la gente venía y decían su mensaje.

Mensajes como: “Salga Arnulfo a Paso Real, que yo llego en la cazadora de tal hora” o “téngame el caballo en el Río de Pejibaye a las cinco de la mañana” y yo llegaba a las cinco de la mañana dejaba el carro ahí guardado y montaba a caballo y me iba así era a cualquier parte. La gente estaba acostumbrado a eso.

Nosotros enseñamos a cantar a la gente desde la catedral por radio porque nos oían.

Una vez vino un misionero que andaba por Puerto Jiménez. Vino preguntando por qué la gente cantaba y le digo: “Es que nosotros cantamos desde la catedral. Ellos oyen y yo enseñé a los chiquitos de primera comunión”.

Así es que la radio nos sirvió y la radio en el progreso del cantón tuvo mucho que ver, pues el comercio mismo nos daba publicidad y el también se beneficiaba por cuanto las gentes venían buscando el Cinco Menos. También como estaba antes, todo eso venían buscando, oían allá en la comunidad de ellos, oían hablar del Cinco Menos que aquí vendemos esto y lo otro y otros almacenes.

Siempre quise tener un balance de la programación. Si usted les pone música a los jóvenes y por allí les mete una cápsula religiosa ellos la escuchan, si les pone un programa grande entonces al igual que el televisor, le dan vuelta a la perilla.

Las pestes de la civilización

Hay mucho alcoholismo en la zona. Yo hasta he tenido que separar un pleito de borrachos. Me aflijen los pleitos con cuchillo y todo, que se dan producto del exceso de guaro. Yo estuve visitando el hospital y cuando habían rezos era lo que a mi me ponía un poco pensativo. Un rezo del niño donde hubo un pleito, donde lo cortaron.

Una madrugada me llamaron y al llegar me encontré un cuadro muy deprimente. Con un cuchillazo les habían cortado las dos manos, estaba con las muelas de fuera, yo lo di por muerto. Le puse los santos óleos y se lo llevaron para San José. Era un señor que todo el pueblo odiaba porque castigaba a todo el mundo y se la había ofrecido a un jovencillo de dieciséis años y un domingo en la tarde se encontraron los dos en un paraje solitario y le madrugó el jovencillo y sacó un cuchillo y ¡jua! le cortó las manos y ni siquiera lo metieron a la cárcel. Porque todo el pueblo que estaba vino a defender el muchacho. Él se compuso, pero siguió por mal camino.

Cuando ya la civilización se fue metiéndo se complicaron más las cosas, por ejemplo aquí en el centro de San Isidro un 24 de diciembre a mi me daba tristeza. Llegaban los señores a pasear para Navidad y en la primera cantinilla se metían y parecía que se les iba a terminar el guaro. Se peleaban y pasaban la Nochebuena en la cárcel, todos borrachos.

Antes y ahora hay mucha violencia doméstica. Aún hoy en día, aún en las ciudades no crea, aunque hay muchas mujeres que son profesionales siempre reciben violencia del marido. Hay señoras que se han aguantado el compañero y luego llega y las mata. Yo últimamente les decía a las señoras: “Mire hágase un cabito de palos y déle un garrotazo y verá que lo arregla”.

Aún en San Isidro, hay barrios muy sanitos todavía, pero vino gente ya formada de Tarrazú, de Dota, de Desamparados, de Acosta, del centro, y se dieron muchas uniones no sacramentadas, como decimos nosotros en religión. Entonces aparecen muchos niños sin padre conocido y crecen a la buena de Dios.

Mucho licor y prostitución. Yo fui asesor de religión y una maestra me contó de una chiquita que tenía una pulsera muy buena y la maestra le preguntó de dónde la conseguió y ella le dijo que uno de los señores que llega por la noche a visitar a la mamá se la regaló. Yo conocí también señores que llegaban borrachos y con la botella de guaro en la bolsa trasera del pantalón y el chiquito que llegaba y le trataba de sacarle la botellita.

El cooperativismo siempre fue muy importante, un padre que lo apoyaba fue el padre Jiménez.

Yo soy enemigo de que el cantón se llame Pérez Zeledón, porque no es justicia al nombre General. Cierto que no se sabe todavía como llegó el río . Pero aproximadamente de 1860 para acá va apareciendo el nombre del Valle de El General.

Yo se que hubo uno señores que cuando quería el cantonato quería que se llamara el cantón de El General pero en el decreto del congreso el 6 de octubre del 31 un representante de apellido Jiménez Ortiz puso la moción de que se llamara Pérez Zeledón. Pues si, don Pedro tiene muchos méritos, fue un gran abogado y trabajó mucho allá en la frontera, pero…

Pero no está muy bien que le hayan quitado a los generaleños el nombre. Ese nombre debe mantenerse. Porque aquí le pasó a San Isidro de El General lo que pasó con el continente latinoamericano, América debería llamarse Colombia por Colón. Y se robó el mandado Américo Vespucio, haciendo esos mapitas.


5 junio, 2014

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