Enchapados y artesanías que dan gusto, pero no hay dinero

Hongos, para adornar el jardín, entre los diversos adornos artesanales, a veces de cemento, a veces con arcilla de Santa Ana.

Carlos Monge
prensa@perezzeledon.net

C
on los recursos económicos disponibles, las posibilidades de construir una casa o un hotel de apariencia lujosa, con paredes enchapadas y  fontanas de selectos acabados en arcilla, cemento o piedra, están a la vuelta de la esquina. Pero la industria de la construcción continúa estancada.

En el barrio El Hoyón, a no más de tres kilómetros al sur del centro de San Isidro de El General, existe una venta de artesanías que ofrece toda una variedad de productos para el enchapado de paredes y piscinas, además de acabados artesanales de arcilla, que despiertan la curiosidad de los viajeros que pasan por la carretera San Isidro/Dominical.

Rosibel Guido, con un baldecito de agua, un martillo y un cincel, desprendiendo las láminas de la piedra laja.

Rosibel Guido, con un baldecito de agua, un martillo y un cincel, desprendiendo las láminas de la piedra laja.

Pero si bien la empresa se instaló hace seis años, cuando todavía se podía hablar de efectos económicos favorables para la región, debido a la instalación masiva de extranjeros en el sector costero, no puede decirse lo mismo ahora que Pérez Zeledón perdió auge como consecuencia de la apertura de la carretera costanera.

“Artesanías El Tulipán” es propiedad de José Fermín Valverde Alvarado y Rosibel Guido Rivas, él un campesino de Sarapiquí y ella de origen nicaragüense. Se instalaron en San Isidro para aprovechar, en principio, la oportunidad de vender la piedra laja que extraen de un tajo ubicado en una finca de su propiedad, en San Miguel de Vara Blanca.

La finca es propiedad de José Fermín y la oportunidad de prosperidad parecía única, a un hombre joven que trabaja en la explotación de la piedra desde que tenía seis años.

En San Isidro, Fermín –dedicado a trabajar la piedra desde que tenía siete años- junto con Rosibel y sus hijos, no sólo se dedicaron al  aprovechamiento de la piedra laja, sino que también hicieron contactos en San José y Guanacaste, para conseguir otras variedades de piedra que se utiliza para el enchapado de piscinas.

Un viajero se detiene y compra una alcancía para la chiquita. Hoy al menos hubo una venta.

Un viajero se detiene y compra una alcancía para la chiquita. Hoy al menos hubo una venta.

La laja y el molejón y otras variedades de piedra  llegan a San Isidro en bruto; en grandes bloques, y aquí la familia los va moldeando, cortando el molejón con una máquina y sacando las láminas de piedra laja, en una labor lenta, cuidadosa y rutinaria, con un martillo y un cincel. En toda la labor se hacen ayudar por el agua, como elemento indispensable.

Como complemento, la empresa se ve reforzada con toda una gama de artesanías, confeccionadas con arcilla de Santa Ana. Ahí es posible ver fuentes de agua, estatuillas, alcancías, adornos de refinada confección.

Desde la acera, a través de la malla,  se ve a Rosibel golpeando con delicadeza la piedra laja, para desprender las láminas. ¿Y Fermín?, no está, porque anda trabajando en la zona norte.

Durante sus primeros años, en San Isidro, fue posible ver a la familia –el hombre, la mujer y los hijos mayores- trabajando la piedra, pero cada vez es más frecuente observar la ausencia de Fermín porque, cuando las ventas son muy bajas –y esto significa ventas cero, algunos días- se ve precisado a viajar a Sarapiquí a trabajar como peón, para hacerle frente a las necesidades económicas de su familia. Los cuatro hijos e hijas son estudiantes y en ausencia de su padre, también tienen que ayudar en la industria.

Aunque es original, o por lo menos exclusiva, y trasluce un enorme esfuerzo empresarial por la lejana procedencia de los materiales y su nada fácil manipulación, “El Tulipán” es una muestra más del trastorno que está soportando la economía generaleña.

 


27 marzo, 2013

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