Aquellos exquisitos helados de sorbetera

Los típicos carritos de granizados y helados cono.

Carlos Monge
prensa@perezzeledon.net

C
opiosas y desconcertantes, las tecnologías de hoy no logran, sin embargo, causar el asombro que sí generaron aquellas máquinas –industriales o caseras- de hace muchas décadas, que hoy parecen arcaicas y descontinuadas.

Y no hay que viajar hasta aquel ideal pueblecito imaginario, para imaginar aquella tarde remota en que al coronel Aureliano Buendía lo llevó su padre a conocer el hielo. Basta con hacer un recorrido por el San Isidro de El General de hace unas décadas, para escapar a la pulpería a comprar una naranja o un banano congelado, o un helado de palillo, tal vez, o para encontrarse con el sorprendente carrito de los conos de sorbetera.

El tonel, con su cilindro adentro y con su polea.

El tonel, con su cilindro adentro y con su polea.

Era un premio, al paladar del que podía manejar un presupuesto de una peseta.

Hoy, la industria ofrece helados en una infinita variedad de presentaciones y sabores pero, ¿puede alcanzarse con otras técnicas la capacidad para elaborar helados con el verdadero sabor de la crema, el chocolate, el mango o la guanábana? Del sabor intenso venía la sabrosura.

Por aquellos días tampoco existían las cucharas/moldes de media esfera que  se utilizan en las heladerías. El del carrito de madera, y de recorrer las calles empujando (¿Cómo se llamaba el de los conos?)abría la tapa de un cilindro que iba en el centro de un cajón y de ahí iba sacando el helado que ponía sobre el barquillo con una cuchara común. Sí, con una cuchara casera, sin más esmero de escultor que el de garantizar que el helado no se cayera del barquillo.

¿Cómo lo lograba?

Para algunos, los años se deslizaron sin desentrañar el enigma de la elaboración del helado en un cilindro que no funcionaba con canfín ni se conectaba a la electricidad. De alguna manera se parecía –sólo por dar una idea- a esos teléfonos de hoy que funcionan sin alambres.

Ya casi; no deje de darle vueltas a la manigueta.

Ya casi; no deje de darle vueltas a la manigueta.

Pero, aunque el fenómeno físico quizás  no todos lo lleguen a comprender, el procedimiento y manejo de aquella maquinita llamada “sorbetera” no era del todo complicado. Era un barril de madera, con un cilindro de aluminio en el centro, al que se le ponía hielo alrededor. Luego se le echaban los ingredientes dentro del cilindro, se tapaba y se le ponía más hielo alrededor y un poquito de sal, para que se mantuviera la refrigeración.

En eso estaba el misterio. Sólo que había que darle vuelta a una polea que para que el cilindro metálico girara, hasta que el helado estuviera a punto, para salir a las calles de polvo y piedra, de San Isidro del recuerdo, al encuentro con los golosos.

Los helados de "Cañón", en algún lugar parecido a San Isidro.

Los helados de “Cañón”, en algún lugar parecido a San Isidro.

Nada más que había que darle vueltas a la polea, a veces durante ¡cuarenta minutos! ¡Haber visto a aquellas gentes dándole vuelta a la polea, cuando el helado se comenzaba a endurecer!

Hoy, como ocurre en todos los ámbitos de la tecnología, es fácil pasar por una tienda un comprar una sorbetera que funciona con electricidad. Pero habría que comenzar por ir a apear las naranjas, los mangos o la papaya; o preparar los ingredientes para la crema…

De manera que, aunque este artículo NO es un publirreportaje, si se quiere disfrutar una exquisitez como las de antes y agregarle una pizca de nostalgia, basta con pasar a la Heladería El Ángel (barrio España) y ordenar un helado… de los sabores que prefiera.


8 julio, 2013

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