Aquel distinguido Jorón Centroamericano

Jorón Centroamericano

Carlos Monge
prensa@perezzeledon.net

P
ara una comunidad de apenas unas decenas de miles de personas, un salón de baile con espacio para 800 personas sentadas y una pista de baile de 80 metros cuadrados, hubiera parecido una locura, pero  hubo ocasiones en que el Jorón Centroamericano sobrepasó el punto de saturación.

Fue el centro social de encuentro de generaleños –y de otros visitantes- que llegaban a bailar o a departir (y, por qué no, a pelear también) en eventos de características que han ido desapareciendo, no sólo en Pérez Zeledón; también en el Valle Central, donde aún hay gente que recuerda salones de baile como El Tobogán, Los Maderos, otro Jorón que existió cerca de lo que hoy es la rotonda de Desamparados…

El Jardín, un capítulo histórico de Pérez Zeledón.

El Jardín, un capítulo histórico de Pérez Zeledón.

Diferentes porque llegaba a disfrutar y exhibir, a juicio de los mirones, habilidades de un ejercicio que rayaba en el arte: bailar –y ser los mejores- ritmos acompasados de marcada ejecución, como el paso doble, el tango, el bolero y otros compases de refinadas épocas.

La gente hacía planes; ahorraba para ir al baile; se vestía con las mejores galas y, después, se desplazaba hasta “El Jorón”, el enorme rancho de madera redonda y techo de palma, ubicado a cinco kilómetros al sureste de San Isidro de El General (distrito Daniel Flores) ya en taxi, ya en vehículo propio, ya en motocicleta, por la carretera recién construida y todavía lastrada.

Una aventura en grande

El Jorón Centroamericano del recuerdo fue obra de Heriberto Quirós Chávez  (Carlos Ramírez) y su esposa Jeannette Baldí Camacho (Estrellita del Sur); una joven pareja sin más experiencia que la que pudo adquirir Carlos durante los 15 años que trabajó en El Jardín, el céntrico hotel y restorán a donde llegaban “todos” los más ejecutivos y distinguidos agentes de ventas de la época.

Carlos refiere que fue llamado a administrar el salón de baile –pequeño en aquel momento- por sus patronos, Jorge Ramírez y Hilda Cruz. Pero ellos vendieron a Alcoa (la transnacional que se estableció en Pérez Zeledón con el fin de realizar explotaciones de bauxita), la finca donde estaba ubicado el Jorón.

Heriberto Quirós (Carlos).

Heriberto Quirós (Carlos).

Recuerda que, en vista de que a Alcoa no le interesaba el salón de baile, Jeannette le habló para que compara el negocio, algo que a él le parecía imposible, porque su capital no pasaba de lo que había ido construyendo con su salario, como empleado de El Jardín.

Dada la insistencia de su esposa y el optimismo con que veía la empresa, Carlos se vio de pronto hablando con Míster Pinky (un simpático gringo de edad madura, pequeñito, que representaba a Alcoa en San Isidro de El General) para escuchar una oferta.

Y fue así como, sin ninguna experiencia empresarial, Carlos viajó una ciudad de San José desconocida, buscando unas tales oficinas de Alcoa y subiendo a un quinto piso en ascensor, sin tener la menor idea de cómo funcionaba. Pero el proyecto cuajó y, tras reunirse con un grupo de altos representantes de la transnacional –entre ellos Míster Pinky- se vio de pronto dueño de una manzana de terreno, un salón de baile y una jarana de ¡cien mil colones!

Corría el año de 1959; y el negocio fue de tanta prosperidad, que Carlos tuvo para sustituir el pequeño local por el gigantesco rancho que se convirtió en un salón de baile de la más alta distinción y el salón de baile que, se asegura, fue el más grande de Centroamérica.

Con un pelo del bigote

“Bueno, el sábado llego”, le dijo a Carlos el representante del trío Los Ticos, sin que mediara más contrato que un compromiso verbal que, por entonces, era como el más documentado y garantizado contrato formal de los tiempos actuales.

Comenzó con Los Ticos, en una secuencia de eventos exitosos que se habría de prolongar durante los siguientes catorce años: Lubín Barahona, Los Hicsos, Los Diamantes, la Sonora Santanera y una pesadilla asociada a Gilberto Hernández.

El Rancho Grande, hotel, restorán, cantina y terminal de buses.

El Rancho Grande, hotel, restorán, cantina y terminal de buses.

El día de la presentación del popularísimo Gilberto Hernández fue tanta la multitud que llegó al baile, que los administradores  tomaron la decisión de no permitir el ingreso de más personas, generando un incidente desagradable e imborrable: un hombre derribó de una patada a Jeannette, que estaba a cargo de las entradas.

Las anécdotas le llegan a Carlos en cascada. Contrató a la que llamó “La ya casi orquesta”, un conjunto musical en formación que, para rematar su escaza experiencia, se varó en El Painer.  Pasaron las horas y, con el salón lleno, la gente esperó una y otra y otra hora, hasta que, bajo un aguacero, fueron apareciendo primero dos muchachos de guitarra y trompeta, luego otro de saxofón y por último los de la batería y la organeta y –así, empapados- comenzaron la fiesta. Una de la mañana.

Pero el baile estaba apagado y un gringo que estaba entre los clientes le pidió que le permitieran tocar la organeta, algo que hizo con tanto acierto y tanta calidad, que las siguientes horas fueron apoteósicas.

Fue, el Jorón Centroamericano, el que “De frontera a frontera, el Jorón Centroamericano le espera”;  de icónica magia y nostálgicos recuerdos, administrado por Carlos y Jeannette durante los siguientes 14 años, hasta que lo vendieron a un pastor que lo convirtió en lugar de encuentro religioso; uno de los episodios que contribuyeron a la formación de lo que es El General de hoy.

CRÉDITOS: La foto de entrada es del Mini Museo de El Alto de San Juan; las de El Jardín y El Rancho Grande son de la colección “Qué bonito ser de Pérez”.

12 enero, 2014

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