Una Navidad para nunca olvidar

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Xinia Zúñiga Jiménez
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Esa Navidad prometía no ser común y corriente, no señor. El había aparecido, llené mi corazón de expectativas y de sueños que podían hacerse realidad, por unos dólares más mi ángel de la guarda sería canjeado a cambio de mejores días.

Había aparecido, panzón, riendo con carcajadas estruendosas, enorme, calvo, lo más parecido a un sueño de Navidad gringo. Tendría unos 65 años en ese entonces, bien disimulados por la ingesta de toda clase de vitaminas, minerales, yogurt natural, granola y demás suplementos que religiosamente desayunaba.Al principio no entendí muy bien ni de dónde había venido, ni por qué había “aterrizado” en mi humilde casa de 50 metros cuadrados de block sin pintar, pero eso no era lo importante, sino que desde su llegada todo era mejor y ni siquiera necesitábamos ir a la Iglesia, teníamos a “Dios” en la casa de carne y hueso.

Cada semana llegaba en un destartalado Wolkswaguen verde marchito, haciendo un ruido infernal (no el cacharro sino él). Con sus enormes nudillos golpeaba la puerta con el irrespeto con que golpean las cosas los que se saben dueños del mundo. El mamarracho se quería venir al suelo, pero mamá corría a abrir con una sonrisa como si viniera el Mesías.

¡Stan!- (un Stan asombrado, gesticulado, casi sorprendido).-¡Qué sopray!-

Con el pie derecho graciosamente doblado hacia atrás, le abrazaba efusivamente, ella en la puerta, él dos gradas abajo.

Corrían los años sesenta, el Volcán Irazú había cubierto de ceniza mi primer año escolar, y de nuevo se comprobaba la teoría irrefutable de mi madre de que las monjas eran ni más ni menos hijas de Satanás, sino, por qué se atrevieron a “echar” los alumnos del colegio mientras el coloso vomitaba toneladas de ceniza y amenazaba con terminar con mi pequeña aldea bananera.-¡váyanse, váyanse. Así, sin miramientos, sin pensar ni por un minuto que habíamos cientos de diminutas criaturas que chocábamos en la penumbra del medio día sin saber hacia dónde ir.

Mamá había llorado baldes llenos de lágrimas por la muerte de Kennedy, al que los comunistas (¿quién más?) habían mandado asesinar. Aquel aciago día las sirenas de todas las fábricas, emisoras de radio, colegios etc, habían gritado al unísono, anunciando el magnicidio, y ella mi madre, lloró a lágrima viva y moco tendido. Era el presagio del fin, decía, el Apocalipsis, el triunfo del mal sobre el bien, estaba a merced de los poderes ocultos de los ángeles caídos. !Cómo lo mataron! ¡tan bueno que era! Se restregaba la enrojecida nariz, recordando el día que en un helicóptero de la Armada aterrizó en el Aeropuerto Internacional de la Sabana, y miles y miles de banderitas de USA y de Costa Pobre en el aire convertidas en pequeñas partículas por las aspas del aparato, volaban dando la bienvenida a tan ilustre personaje.

Recordaba como la puerta del helicóptero se abrió y Kennedy en persona de pie ante la chusma que colmaba el rústico Aeropuerto, saludó agitando su bendita mano derecha (por supuesto) sonriendo con su sonrisa “Close Up” –Me gusta Costo Rica mucho, que lindas las ticas- y volvió a ver a mi mamá, si la volvió a ver a ella que en ese momento aflojó mi mano olvidando mis pequeños cinco años, ajá, -me volvió a ver- , palabra de honor. Y desde ese día un amor sordo, ciego, irracional y con la fuerza del odio le nació por todo lo que oliera a gringo.

Por eso íbamos a la Escuela Dominical de la Iglesia Episcopal, porque allí habían, y yo cantaba -“yes chisas lasmi- yes chisas lasmi-, yes chisas lasmi-the bible dice así.”

Y ahora para colmo de dichas y envidia de todas las viejas del barrio, de cuerpo presente había un gringo, gringo, gringo… sin trinquete, borne in América, Stanley Getchel Palmer Simmons, sí señor.

¿Que cómo había sucedido semejante cosa a plebeyas de un barrio del sur, tercer mundistas?, mujeres “cabeza de familia”, fácil, muy fácil.

Norteamericano, soltero
Desea conocer tica sincera
Fines matrimoniales.
Enviar foto.
Hotel Boston

Mamá le envió la foto de su primera comunión y él llegó insofacto a conocerla, disimuló la estafa y se quedó con mi pequeña hermana, virgen, inocente, y bella como una “Pocajontas”. Tenía todos los dientes, los más bellos y blancos que yo viera jamás, trabajaba de obrerita en una fabrica de confites, desde sus catorce años y mamá era feliz, con su salario alcanzaba para el arroz y frijoles, plátano maduro y picadillo de chayote, de vez en cuando olla de carne, pagar la luz y el agua y los cincuenta y dos colones de la casa, que el Gobierno casi nos había regalado (¡Oh hermosos años del estado benefactor!) .¿Qué más le podíamos pedir a Dios?.

Un gringo. Él era el “novio” de mi hermana, que carboneada por mamá había terminado aceptando el esperpento extranjero, que prometía sacarnos de pobres, cada semana cuando llegaba de sus bussinnes (negocios), traía manjares insospechados: vino blanco y tinto, queso suizo, zurich holandés, maduro, semi- maduro, uvas de verdad y no de plástico como las que tenía tía en el centro de mesa, manzanas, chocolates de marcas desconocidas, libros de colorear para mí, crayolas, muñecas de vestir, revistas de Súper Man, etc. Todo lo soñado por cualquier niño consumista promedio norteamericano.

¿Nos vemos muy feos? me preguntaba a mí, precisamente a mí que en lo único que pensaba era en los tesoros que ese Rey Midas o Alí Baba, sacada para el chantaje colectivo, yo que sólo tenía corazón para ella y ojos para lo que el gringo me traía a mí que sólo estrenaba un vestido por año, que iba todos los años con la misma enagua a la escuela, que para efectos de que resistiera los “inconvenientes “ del crecimiento tenía un ruedo de veinte centímetros, a mí que sólo tenía un par de zapatos, y mi imaginación para jugar. -No, si, se ven bien, muy bien- respondía mintiendo por primera vez adrede en mi vida.

También como Abbott y Costello, Viruta y Capulina, El Gallo Zancón y la Gallina Enana, la Vaca y el Pollito.

Se acercaba Navidad y el corazón me tamborileaba violentamente pensando en el futuro promisor que nos aguardaba, atrás quedaban los años tristes cuando el Árbol de Navidad era sólo una rama de ciprés escuálida robada en los alrededores de Alajuelita, con adornos de papel y chupa-chupas Gallito que” Colacho” dejaba para mí. Colacho no existía ya me había dado cuenta, en su lugar estaba el verdadero SANTA vestido de rojo con risas sonoras y llena su bolsa de felicidades.

Stan poco a poco fue ganando o debo decir comprando terreno. ¡Qué importa la moral o las buenas costumbres, cuando el estómago está satisfecho!. Poco a poco como una sanguijuela inmunda se fue metiendo, hasta que un día amaneció en el cuarto con mi hermana recién ex virgen, mamá se hacía la loca que mucho no le costaba, – al fin y al cabo se van a casar-.

Y un fin de semana me enviaron de paseo donde mi padre biológico (así se dice cuando no han servido para nada, porque todos los padres son biológicos) y cuando llegué adivinen qué? Sí, se habían “casado”.

Convertida en la Señora Palmer, mi hermanita había consumado el sacrificio en aras de una vida mejor para todos, al menos eso creyó ella.

El 25 de Diciembre amanecía por fin.

Debajo del Árbol de Navidad estaba el precio. La más bella barbie que niña alguna pudo soñar, con zapatos de tacón altos y rosados, vestido volado, cartera etc. (mi hermana se vende por separado) rifle de tapones, casco y uniforme de fatiga para mis dos hermanos menores, una pequeña cámara donde se podía ver una tira cómica en movimiento, ropa nueva, zapatos de punta Italiana negros como la conciencia de mi madre… y muchas golosinas y frutas.
Tardé muchos años en comprender todo, por qué mamá lloraba tanto cuando se la llevó a otro país, lejos de todos, dejándonos en el mayor desamparo.

Estaba casado en su país, aquí y en Kuwait, era amigo de Somoza, fue perfectamente desgraciada. Yo tuve mi barbie y él también, que Dios lo tenga a fuego lento.

¿Yo comprarle una barbie a mis hijas?

¡SÓLO LOCA!


13 Diciembre, 2005

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