Una experiencia insólita en vísperas de Navidad

En lo alto de la escalera, Antonio Ríos cosecha los cubaces de una mata enredada en el aguacate.

Carlos Monge
prensa@perezzeledon.net

Hay mil maneras de celebrar la Noche Buena, en Pérez Zeledón.  Muchos generaleños hicieron lo de costumbre: se reunieron en familia, asaron carne y contaron anécdotas hasta pasada la media noche; o cenaron; o participaron en alguna actividad religiosa; o la disfrutaron en la playa.

A Antonio Ríos, sin embargo, lo imaginamos en una noche rutinaria, acostándose temprano a dormir después de haber cenado una comida hecha por su propia mano, adobada con cubaces. Y aunque no parezca que esta información tiene algo de particular, éste es todo un acontecimiento, si se toman en cuenta ciertas circunstancias.

Ayer (24 de diciembre de 2012) hacia media mañana, Antonio Ríos estaba parado al final de una escalera que sobrepasa el techo de su casa, en el barrio España de San Isidro de El General, cosechando los cubaces de una mata que se fue enredando en un arbolillo de aguacates que sembró en el patio.

Tampoco esta particularidad tendría algo de noticioso, si no fuera porque don Antonio Ríos sobrepasa los 97 años de edad.

Ríos es todo un caso. Cuando una muchacha que trabaja en el Ministerio de Obras Públicas  puso en duda para renovarle la licencia su capacidad para conducir, ya con más de noventa años de edad, don Antonio le hizo una serie de sentadillas, genuflexiones y volteretas de paso doble que la dejó pasmada. Le preguntó: “¿Usted me puede hacer eso?”

Ríos es un maestro pensionado de desbordante y contagiosa vitalidad. Aunque su papá lo autorizó específicamente y para tal efecto, nunca bebió ni fumó pero, en cambio, ha sido un bailarín empedernido y un mujerero implacable. Sus historias de conquistas, fugas por entre cercos y cercas y debates acerca del matrimonio son de leyenda. “De una cárcel se sale; de una mala esposa no se sale”, lo aconsejaba la mamá.

Si alguna vez se le vio desconsolado fue hace unos pocos meses,  cuando los médicos le hablaron sobre la posibilidad de operarlo por un daño en la próstata. “Lo que me asusta –confesaba- es que me vayan a dañar el pajarito”.

Antes de establecerse en Pérez Zeledón, Antonio Ríos vivió entre Dota, San José,  Acosta y Puriscal. De familia pobre y, por tal condición, despreciada por los gentiles de Santa María, sus primeros años fueron de rudo trabajo como peón agrícola. Tiempos de olla de carne, arroz, cubaces, chayotes y plátanos, como dieta cotidiana y obligada.

Justamente para escaparse de un matrimonio y convencido de que iba a trabajar menos y a ganar más, se fue de Santa María para San José. Pero, si bien es cierto que pasó a ganar bien en un aserradero, a razón de tres colones diarios (en los años 40) el trabajo resultó demasiado pesado: acarrear tablones; llevaba dos y cuando regresaba, ya lo estaban esperando con otros dos, si no de de roble, de chancho blanco. Imagínenlo con caites, en lugar de zapatos, y camisa de manga larga, para que la madera lo le hiciera mucho daño.

Pero no pasaron más que unos meses, cuando se le ofreció la posibilidad de trabajar como policía. No se pedía sexto grado, y menos bachillerato. El inconveniente estaba en que tenía que permanecer en movimiento durante toda la jornada, sin poderse sentar.

Fue por los tiempos en que José Figueres Ferrer estuvo en el exilio; por los días en que en Limón fue hundido un barco de bandera inglesa y el mundo estalló en una enorme guerra. Por los días en que el doctor Rafael Ángel Calderón Guardia era Presidente y a él se le habló para que se aceptara el cargo de Inspector de Higiene en Santa Marta de Puriscal.

De la Secretaría de Higiene a la de Educación fue nada un salto, porque se necesitaba un maestro. “Escribía tan mal –recuerda- que Ramiro (un hermano suyo) era el que me llenaba las solicitudes. No sabía escribir. Llegué a quinto grado, hacía un montón de años, y había perdido mucho de lo poco que había aprendido”, recuerda.

Pero lo nombraron; por el lado de Acosta; después en la Escuela Cleto González Víquez, de Pacuarito de El General; y luego de haber quedado cesante por cosas de la revolución lo nombraron de nuevo, esta vez en San Cayetano, en lo que hoy es el distrito de Río Nuevo. Tiempos de batir barro, a pie o a caballo, por lo difícil de los caminos, hasta que se pensionó, en 1969.

En sus propias palabras –hizo la yeguada de casarse, en lo que él afirma que fue el primer matrimonio pomposo que hubo en San Isidro, con la mujer más bonita que había desde el Alto de La Tormenta hasta Santa Rosa, “no porque fuera la más bonita, sino porque era una muchacha humilde y de trabajo”.

Nieto de Pedro Ríos, un compañero de batalla de Juan Santamaría, Antonio tiene doce hijos. Es fácil de reconocer, porque siempre está haciendo algo, a veces tecleando en su máquina de escribir –en el corredor de su casa-, a veces pasando la canasta de las contribuciones en la catedral, a veces, como ayer, subido en lo más alto de una escalera, desenredando una mata de cubaces.

Ha visitado 29 países de cuatro continentes, en excursiones de paseo o acompañando a la Selección Nacional de Fútbol en los campeonatos mundiales en que ha participado.

De extremo cuidadoso con los ingresos, porque no se le fuera a presentar la crisis que sufrió entre el 48 y el 49 en que quedó cesante, por la revolución, supo como hacerse de cinco propiedades, tener trapiche y bueyes, sacar veintidós reses de un tirón.

En el resumen de una larga jornada como educador, recuerda: “Tuve que presentar un informe. La zozobra… y sin estudios. Se me fueron dos tildes y cuatro eses, pero  ellos creyeron que fue por los nervios y en una reunión  hasta me dijeron “profesor”. Y dice: “Salí buen educador; mis hijos resultaron como navaja de barbero, todos pasaron”. De hecho, uno de sus hijos –ya pensionado- fue titular de la Dirección Educativa de Pérez Zeledón y Buenos Aires.

Hay mil formas de celebrar la Navidad. Una es ojeando algunas pinceladas de la vida de Antonio Ríos y almorzando con cubaces, si no la fórmula de la eterna juventud, si la del buen vivir, sin arrugarse ante las vicisitudes y los temores.
 


25 Diciembre, 2012

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