Una cosa es la fe; otra las supersticiones

Monseñor Guillermo Loría

Carlos Monge
prensa@perezzeledon.net

D
urante las tempestades –tormentas eléctricas, vientos huracanados, lluvias torrenciales- que parecen más poderosas en la naturaleza que en las ciudades, los campesinos solían quemar palma bendita y orar como una forma de invocar la protección de Dios.

Los fenómenos naturales se convertían en momentos críticos de invocación y de un mayor acercamiento con el Todopoderoso, mediante el vínculo que se manifestaba a través de las palmas a lo largo de todo el año. En muchos casos, las palmas, en forma de cruz, se pegaban en las puertas o paredes de las casas.

Pero lejos atribuírseles un valor simbólico de recogimiento espiritual y de reconocimiento de la inmensidad de Dios, las palmas benditas no deben considerarse como amuletos que puedan proteger la casa de los ladrones o proteger contra la mala suerte.

Este es un mensaje casi obligado en las celebraciones de inicio de la Semana Santa, en que los católicos conmemoran el ingreso triunfal de Jesucristo a la ciudad de Jerusalén, entre multitudes que lo aclamaban, al cabo de tres años de evangelización y en cumplimiento de lo irrevocable de las Sagradas Escrituras.

La Semana Santa inicia con el Domingo de Ramos y ayer domingo 24 de marzo de 2013, el templo del Calvario y la catedral de San Isidro de El General volvieron a convertirse en los lugares de encuentro de centenares de fieles católicos.

Mucha gente; no multitud, frente a la expectativa de un Papa Francisco envolvente, conmovedor, que irradia carisma aun a través de las pantallas y el más profundo respeto por sus actos humanos de humildad, del que se quisieran resultados mágicos y tal vez hasta milagrosos. Los cambios se han de dar, pero sólo emulando sus actitudes y acatando sus mensajes.

En San Isidro, la Iglesia Católica expresa que el primer día de la Semana Mayor tiene una celebración llena de contrastes. “En primer lugar y fuera del templo (recorrido entre la iglesia del Calvario y la Catedral, en una procesión liderada por el obispo Guillermo Loría) se desarrolla la conmemoración de la entrada triunfal de Jesucristo a Jerusalén. Los fieles, con palmas o ramos en sus manos, asisten para hacer memoria de cómo a Nuestro Salvador, días antes de su Pasión, era proclamado como Rey”.

Y recuerda la Iglesia: “Entró a la ciudad de Jerusalén, que era la ciudad más importante y la capital de su nación, y mucha gente, niños y adultos, lo acompañaron y recibieron como a un rey con palmas y ramos gritándole “hosanna” que significa “Viva”. La gente de la ciudad preguntaba ¿quién es éste? y les respondían: “Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea”.
 


25 Marzo, 2013

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