¡Terminó! No hay mal que dure 100 años…

Concejo de Pérez Zeledón.

Carlos L Monge B
prensa@perezzeledon.net

Aunque el período de vigencia de su nombramiento no termina hasta el 30 de abril de 2016, el Concejo de Pérez Zeledón dio por terminado su ejercicio, el pasado martes 26, durante una sesión que evidenció el drama vivido durante los últimos seis años.

No hubo más discursos que una invocación del presidente, David Araya Amador, para que el nuevo ayuntamiento tenga los éxitos que ni ediles, ni concejales ni alcaldes, tuvieron durante el sexenio perdido. No hubo disculpas ni agradecimientos. No hubo los abrazos, ni las lágrimas, ni las risas típicas de una despedida; si acaso una que otra expresión de la derrota.

Sin discursos, sin disculpas, sin lágrimas ni risas. Firmar la hoja de asistencia e irse...

Sin discursos, sin disculpas, sin lágrimas ni risas. Firmar la hoja de asistencia e irse…

“No hay mal que dure cien años…”,  ni pueblo que lo resista. Pero, ¿Fue, realmente, tan malo, el actual Concejo que de Pérez Zeledón, como para decir que fue el peor que ha tenido el cantón en su historia?  Hay que verlo desde diversas perspectivas. Quizás fue peor para los regidores que para los munícipes.

El ruido y la mala fama

Fue un Concejo caracterizado los conflictos y contradicciones, desde sus propios inicios. Un primer año perdido, por el interés manifiesto de obstaculizar administración de Rosibel Ramos, quien aspiraba a reelegirse como alcaldesa por segunda vez; y un segundo año muerto, por la abierta confrontación de una mayoría, con el alcalde Luis Mendieta.

Este segundo año, caracterizado por manifestaciones violentas y groseras, a veces a auditorio lleno, degeneró en el plebiscito que culminó con la destitución de Mendieta y en la posterior degradación de la presidenta municipal, Kemly Jiménez.

Las secuelas de ambas destituciones repercutieron durante los cuatro años restantes. Jiménez los hostigó; los maldijo en algún momento y prácticamente no hubo sesión municipal en que la regidora no arremetiera contra la integridad y la moralidad de los regidores, que nunca hicieron algo formal y efectivo para defenderse.

Si las sesiones municipales nunca han sido un atractivo, para la población, menos lo fueron durante los últimos años.

Si las sesiones municipales nunca han sido un atractivo, para la población, menos lo fueron durante los últimos años.

Salvo dos síndicas suplentes, que le hicieron eco incondicionalmente a lo largo del período, nadie escapó a la furia de la regidora. Abandonada y combatida hasta por los regidores de su propio partido, no dejó de expresarse, a su manera, hasta el último momento (aunque el auditorio que les sirvió de sede estuviera abarrotado de atletas infantiles y juveniles o hubiera visitas distinguidas).

Formuló mil y una denuncias, que nunca desembocaron en una destitución o una sentencia  condenatoria y atrasó y afeó las sesiones.

Un Concejo insuficiente

Con sesiones suspendidas o reiteradamente interrumpidas, las sesiones municipales continuaron, a lo largo de los años. Se aprobaron presupuestos; se nombraron y juramentaron juntas de educación; se aceptaron caminos públicos; se autorizó una larga lista de obras públicas y actividades sociales… pero nada que no se hubiera hecho si el Concejo, y aún la Alcaldía, no hubieran existido.

Pasaron otros seis años y Pérez Zeledón sigue sin un Plan Regulador del Uso de la Tierra; sin cementerio municipal (agotado desde hace una década),  sin un eficaz servicio de agua potable (deficiente desde 2007); y sin tomar una decisión para proteger las aguas de nacientes, quebradas y ríos como un recurso humano, inalienable.

En la última sesión, trabajaron bajo una tempestad de estridencias. Fue la rutina, a lo largo de los años.

En la última sesión, trabajaron bajo una tempestad de estridencias. Fue la rutina, a lo largo de los años.

Los conceptos de economía, riqueza, generación de empleo no aparecieron en el diccionario municipal. Los regidores no congeniaron con los síndicos (la más pura expresión de la democracia costarricense). No tomaron una disposición acerca de reestructuración vial de la ciudad de San Isidro de El General; se mantuvieron en conflicto por el Comité Cantonal de Deportes; no encontraron una salida viable al uso del Estadio Municipal; ni siquiera pudieron llegar a un acuerdo para fijar los alquileres de los tramos del Mercado Municipal.

 

Un Concejo intrascendente

Pero los regidores no pueden endilgar la incapacidad para resolver las grandes cosas a las interrupciones de la regidora Jiménez, cuyas participaciones (alegando el derecho a la libre expresión) tantas veces absorbieron más tiempo que el de los restantes regidores juntos. Lo corriente lo aprobaron o lo desaprobaron.

Y cuando pudieron tomar decisiones importantes, tampoco lo hicieron.

Si hubo, durante el presente sexenio, un regidor que hizo propuestas para que el cantón escapara de la rutina, fue Wilberth Ureña. Propuso solicitarle al Ministerio de Obras Públicas un carril de ascenso para la carretera interamericana, crear una ciudad aeropuerto y una ciudad deportiva; establecer un convenio con las universidades, para que los estudiantes de las diversas especialidades (a través del TSU) contribuyeran a desarrollar los distritos.

Pocos, muy pocos, fueron los generaleños que le dieron seguimiento a las sesiones municipales, en el teatro/sala de sesiones.

Pocos, muy pocos, fueron los generaleños que le dieron seguimiento a las sesiones municipales, en el teatro/sala de sesiones.

Propuso iniciar un proceso para la construcción de un edificio municipal de cuatro plantas, con parqueo y área de oficinas (para que se autofinanciara). Intentó una mejor utilización del campo de exposiciones; clamó por la emisión de bonos municipales, para financiar a la Municipalidad y la emisión de bonos verdes, para proteger las cuencas hidrográficas; mejorar el Estadio Municipal…

Pudieron tomar decisiones importantes; pero si no rechazaron todas iniciativas de Ureña (que se impuso mantener una línea de pensamiento independiente, y el menosprecio fue su condena) éstas fueron a morir en una comisión o a descansar en el “cementerio de acuerdos municipales” de la Alcaldía.

Un punto a su favor

Mala fama, por los bochinches tan hirientes como estériles; un período político árido (sólo es analizado por una pequeñísima élite de la comunidad generaleña) que el tiempo comenzará a borrar en el término de unas pocas semanas; y un esfuerzo supremo de cada uno de los regidores, dentro de sus limitaciones.

Seis años, en un mal ambiente laboral, es un período muy largo. Pero los regidores (algunos con ausencias, a veces prolongadas) “sostuvieron la mula” hasta el final. Y no bloquearon la de por sí débil administración de su estandarte, Vera Corrales.

Dos excepciones principales: la de la regidora María Esther Madriz, que renunció a la Presidencia del Concejo y a su ejercicio como regidora (durante un período de intensa crisis, originada en las negociaciones con los inquilinos del Mercado Municipal) y la de Kemly Jiménez, de las que no se recuerda una sola ausencia.

Intrascendente (nada bueno; ni tan malo). El recuerdo de los zafarranchos, con los días, se irá diluyendo.


28 Abril, 2016

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