Talao, el indio que cura

Talao, José Estanislao Sanabria.

Carlos L Monge B
prensa@perezzeledon.net

Más de veinticuatro años después de su fallecimiento, el nombre de Talao, el indio que cura, sigue suscitando los más diversos comentarios, todos, o la inmensa mayoría de ellos, como testimonio de las curaciones sorprendentes que realizaba, en su ciudad adoptiva de San Isidro de El General.

Un día como ayer –sábado trece de febrero de 2016- una consulta realizada por un seguidor de la página de Facebook “Que Bonito ser de Pérez”, Reiner HC, volvió a traer a recuerdo a Talao, un indiecito procedente del sector  norte de Buenos Aires que dejó tras sí la mágica leyenda de “Don José” o “El Doctor”, en quien cientos –o quizás miles de personas- depositaron una fe que trasciende lo humano.

Ya por su excelencia o la fe, Talao devolvió la salud a muchos generaleños.

Ya por su excelencia o la fe, Talao devolvió la salud a muchos generaleños.

No por otra cosa, el célebre historiador generaleño, Claudio Barrantes Cartín (qdDg) escribió en su libro “Lejano Diquís”: “Es difícil cuantificar cuánto bien hizo a la multitud de generaleños que tuvieron confianza ciega en él, justificada por el tino de sus tratamientos buenos o malos, de ahí el carácter legendario que adquirió entre nuestros campesinos”.

Del legado de Claudio Barrantes se documenta que Talao –José Estanislao Sanabria Jiménez- aparece en el escenario del Valle de El General  hacia el año 1927, cuando tenía entre seis y siete años de edad.

Un niño en los cafetales

Se había extraviado –o se había fugado- dícese que porque sus mayores lo maltrataban mucho, durante una gira de sus padres, que viajaban desde la comunidad aborigen de Ujarrás hacia Tarrazú, a vender unos chanchos.
Miembros de la familia Monge Fallas –descendiente de Andrés Monge Guzmán y Catalina Fallas Hernández- lo habían visto deambulando por los cafetales y los cañaverales donde hoy se asienta el extenso y populoso barrio San Andrés, y habían corroborado su presencia por las cáscaras de los bananos con que se alimentaba.

Parte de la familia Monge Fallas. De sombrero Andrés y, a su lado, el pequeño Talao.

Parte de la familia Monge Fallas. De sombrero Andrés y, a su lado, el pequeño Talao. También los tres más grandes, que lo encontraron en el cafetal.

Los Monge decidieron capturarlo, para ayudarle, porque se le veía muy mal. Y así, entre tres de los hermanos Monge Fallas –Marcelo, Félix y Néstor- con el apoyo de su padre, Andrés, y el Agente de Policía, lo acorralaron y lograron soguearlo. Tiritaba de miedo y estaba herido y desnutrido.

Estuvo amarrado durante algunos días, para que no se fuera, y la oportunidad fue propicia para que Andrés le curara con carbolina las heridas, que se le habían agusanado. Luego, entendiendo que no lo iban a maltratar, el niño aceptó su destino y, con el tiempo, pasó a formar parte de la familia.

En un artículo titulado “José Estanislao (Talao) Sanabria Jiménez, el último indígena generaleño”, el escritor Miguel Salguero identifica a su madre, María Linda Sanabria, de la raza kbek wak”. Y el historiador Claudio Barrantes complementa que aunque ella lo reclamó, Talao nunca quiso regresar con su familia.

Un hijo adoptivo

Talao se crio como si fuera hijo legítimo de Andrés –un agricultor/comerciante de Santa María de Dota, que viajaba a El General a comprar reses y cerdos para comercializarlos en San Marcos y que, con los años, decidió establecerse cerca del naciente pueblo de San Isidro de El General, “al otro lado” del río que los pioneros conocieron como Quebrada de los Chanchos.

Conforme lo expone Barrantes Cartín, el patriarca Andrés falleció el  26 de agosto de 1936; pero Talao siguió siendo parte de la familia; y cuando Catalina (Nina Fallas) murió, treinta y tres años después, el 12 de junio de 1969, también siguió siendo parte de la familia.

Recorte de un artículo publicado por el célebre periodista Miguel Salguero.

Recorte de un artículo publicado por el célebre periodista Miguel Salguero.

Andrés dispuso que su propiedad ubicada entre los ríos San Isidro y Jilguero y el Resguardo Fiscal (hoy Fuerza Pública) y lo que hoy es la ciudadela El Río, donde termina el barrio San Andrés, fuera distribuida en partes equitativas entre sus hijos, incluyendo a Talao; y así se hizo. Y cuando Catalina murió, también tuvo un lote adicional donde construir la casita (algo parecida a la de un bono de vivienda) que le sirvió de consultorio hasta su fallecimiento.

Talao no tuvo inconveniente en adaptarse a la sociedad generaleña, y ésta lo acogió como uno de sus miembros. De acuerdo con Barrantes, fue un alumno brillante en la Escuela Mixta de Ureña y también en las clases de catecismo.

Jugó futbol, como portero; fue un muchacho más, entre los muchachos de entonces; y trabajó en la finca. Pero era diferente. Era  aficionado al cine, pero no a las películas mexicanas, sino a las norteamericanas.

Estaba viendo el aterrizaje del avión de Lacsa, cuando ocurrió el accidente, a su lado.

Estaba viendo el aterrizaje del avión de Lacsa, cuando ocurrió el accidente, a su lado.

Mostraba tanta fascinación por los aviones, que acostumbraba ir a verlos aterrizar y despegar del campo de aterrizaje de San Isidro (Ubicado entre el actual Mercado Municipal y el bar El Uno Más). De ahí que se hubiera convertido en el personaje “invitado” más recordado del accidente de un avión de pasajeros (en que murió una niña) ocurrido en San Isidro, en 1958.

Lo que se dice es que Talao estaba sentado a muy poca distancia del lugar donde el avión vino a estrellarse, en los hangares de la empresa Aerolíneas del Valle (AVE).

Y se dedicó a la lectura con tanto ahínco, que para imaginarlo y describirlo, necesariamente hay que recurrir a un párrafo de Cervantes: “En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer se le secó el celebro, de manera que vino a perder el juicio”.

El Doctor

Sus hermanos convinieron en enviarlo a San José para que le dieran tratamiento en el Hospital Psiquiátrico. Y cuando regresó –apenado por el incidente- dio por afirmar que había estado viajando por los Estados Unidos y que era médico.

En el cuartito esquinero de atrás estuvo el consultorio de Talao, hasta que la casa fue demolida.

En el cuartito esquinero de atrás estuvo el consultorio de Talao, hasta que la casa fue demolida.

Y desde entonces, dedicó parte de su vida a la medicina. Compraba medicinas en las farmacias, molía las de moler y mezclaba las de mezclar, a la manera que hacían los farmacéuticos de entonces, y dedicó las décadas posteriores a sanar personas. Pócimas no siempre agradables al paladar; y mezclas de perfumes y aceites por los que sus pacientes eran tan fácilmente detectables por su “olor a medicina de Talao”.

Pero curaba, ya por el efecto de las medicinas farmacéuticas, ya por la profunda fe que se le tenía. En los días de visita se formaban grandes filas, esperando su atención, de gente de todas las clases sociales –si en el Valle de El General hubo alguna vez una distinción de clases- que llegaban a al principio a su improvisado despacho, ubicado en una esquina de la casona solariega de su madre adoptiva y luego a su modesta residencia.

Esa cinófilo y mostraba una gran fascinación por los aviones.

Esa cinófilo y mostraba una gran fascinación por los aviones.

Los testimonios mueven a confusión. Desde yarda lambia y demás parásitos intestinales epidémicos por entonces, hasta un agonizante joven picado por una mano de piedra; y desde fiebres mortíferas hasta agonizantes personas afectadas por el árbol hinchador… Los testimonios sin innumerables.

Hasta los médicos lo vieron con complacencia porque, si no curaba, al menos no causaba ningún perjuicio. …  y de todas las “clases sociales” pero, mayoritariamente, gente humilde que le tenía más confianza a él que a la medicina científica y lo prefería por el bajísimo costo de sus medicinas.

Cristiano viejo; impecablemente vestido, atendiendo a los pacientes los días de consulta y chapeando, bajo el sol ardiente, el potrero donde pastaban las dos o tres vacas de “La Casa” (como llamaban los Monge a la residencia de su mamá, Nina) que iban quedando.

Murió el 22 de junio de 1991, en el Hospital Dr. Fernando Escalante Pradilla, a los 70 años de edad, por causa de la leucemia.

 

Créditos: Gracias a Jorge Oguilve-Araya por los documentos, a Que Bonito ser de Pérez por no dejar que la historia  muera y a Reiner HC por recordarlo.


14 febrero, 2016

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