Sin clientes ni comodidades para la industria artesanal

Bonito, sí, pero carillo. Hay dos problemas básicos: el poder adquisitivo de los generaleños es bajo y hay productos importados de partida, a bajo costo, que desequilibran la competencia.

Carlos Monge B.
prensa@perezzeledon.net

A título general, el turista de placer acostumbra regresar a casa cargado de suvenires, indiferentemente de que quiera demostrar que llevaba en la mente a sus parientes y amigos o para que lo recuerden a él como titular de  tan celebrada aventura. A fin de cuentas ¿para que era el dinero que se pasó ahorrando, si no era para disfrutarlo?

Es posible que en el plan de viajes el turista o la operadora de viajes haya incluido la visita a mercados de artesanías, que existen en todas las ciudades del mundo. Así, es posible que nuestro amigo nos traiga una matrioska, si fue a Rusia, una llama de Perú, un platón del Real Madrid si estuvo en España o un sombrerito de charro si su visita fue a México.

En San José hay mercados de artesanías. En Costa Rica hay mercados muy famosos, como el de Sarchí. Pero en San Isidro de El General, las posibilidades que tienen los artesanos de vender sus productos son de extremo limitadas.

Al margen de que la carretera Costanera absorbió a la inmensa mayoría de los turistas extranjeros que antes se detenían en su paso por San Isidro y de que los viajeros locales (que llegan desde los distritos a hacer algún trámite, al hospital o a hacer algunas compras) usualmente andan cortos de dinero, en San Isidro no hay un lugar específico a donde puedan acudir y tengan éxito los tantos generaleños que se dedican a la artesanía.

Las posibilidades que tienen los artesanos para vender sus productos están limitadas a instalar sus propios negocios (que, a como están las cosas, es una inversión de alto riesgo) o acudir a algunas empresas privadas que (lógicamente) reciben sus productos en consignación, o bien, a vender en su casa a sus vecinos y acudir a ferias.

En San Isidro, centro administrativo y comercial de Pérez Zeledón, viene funcionando un mercado de artesanías y si bien es cierto que en algo puede contribuir a los esfuerzos de los artesanos en sus esfuerzos por llevar alimento a sus hogares, funciona más entre inconveniencias que entre conveniencias.

Piso de tierra; unas láminas de cinc para que algunos de ellos no se mojen cuando llueve; un toldo. La Municipalidad les dio el espacio mediante un convenio en precario, en una esquina del terreno del Mercado Municipal. Y eso es todo; las posibilidades de introducir mejoras es mejor no considerarlas y tampoco hay dinero para publicidad.

La visitación al mercado es poca y la mayoría de los clientes potenciales llegan, ven, preguntan y se van. Algunos se detienen sólo por el gusto de admirar (visitar un mercado de artesanías o uno de pulgas, siempre es un placer); otros andan con insuficiente dinero y otros para comparar precios. Lo que va quedando de ganancia, si la hay, es muy poco.

El rancho aloja a tres organizaciones que en total cuentan con 51 artesanos: Arte Une, del centro de San Isidro; Arte Cori, de Cocorí y Aqua, de Quebradas. Funciona, como se dijo, en precario (no pagan impuestos) y eso es causa de molestia para los arrendatarios del Mercado Municipal, porque sienten que les están dando una condición ventajosa.

Pero, entre todos los inconvenientes, quizá el peor enemigo de los artesanos del mercado y, en general, de todos los artesanos del mundo, es la invasión de suvenires y otros objetos extranjeros que, por ser producidos en serie y con materiales de baja calidad, son de bajo precio y desplazan a los productos locales.

José Ángel Cordero Porras, ebanista, ofrece bancos, escaños, mesas, chorreadores, sillas pavorreal y perezosas y ordenadores de jarros, confeccionados en buenas maderas. No es un negocio para que le vaya mal, pero se enfrenta –por ejemplo- a la furiosa competencia de una empresa que vende puertas a precios que, en comparación con los suyos, son infinitamente menores.

Las buenas puertas de 70, 100 o 120 mil colones ahora son sustituidas por otras de baja calidad, cuyos precios pueden andar entre los 14, veinte o treinta mil. A sabiendas de que tienen más salida, los dueños de almacenes prefieren revender una puerta de baja clase que una artesanal.

Igual con la ropa; igual con las joyas. Un padre de familia no va a preferir que su hija de uno a cinco años de edad se vista con ropa de partida, pudiendo comprarle un trajecito confeccionado por una artesana emprendedora como Adriana Suárez. Una mujer, en su delicadeza, no se va a poner un abalorio plástico pudiendo lucir una cadena o una pulsera con piedras ónix, ágata o cristal de Murano elaborada por una joven artesana llamada Katherin Morales.

Pero la lucha artesanal por la simple subsistencia tendrá que seguirse dando, mientras no haya claras y firmes políticas de apoyo a lo que es nacional y local y mientras no se ponga a funcionar –en este Pérez Zeledón estancado- todo el aparato económico.
 


1 diciembre, 2012

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