Rompe el silencio después de 14 años de agresiones

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Esta mujer vivió 14 años de agresiones, pobreza, humillaciones
y estuvo amenazada de muerte, pero logró salir adelante con sus cinco
hijos: conozca su historia

Xinia Zúñiga Jiménez
xinia@perezzeledon.net

Martha, (nombre que utilizaremos para identificar a esta mujer) tenía
21 años de edad y el hombre con quien decidió compartir su vida
22. Cuando fueron novios él le dio una cachetada por celos, pero ella
no se imaginó que aquel “insignificante” golpe se convertiría
más tarde en brutales agresiones y un terrible calvario que duró
14 largos años.Cuando conoció a este hombre de origen limonense ya tenía dos
hijas de año y medio y cuatro años, fruto del amor de un hombre
que el destino le arrebató de la noche a la mañana, ya que falleció
en un accidente cuando las llantas del bus que manejaba le pasaron por encima
mientras lo reparaba. Con él vivió cinco años y asegura
que era un excelente compañero.

El noviazgo con el limonense tardó sólo tres meses, sin embargo,
al inicio como toda relación las cosas marchaban de maravilla, pero según
dijo, el martirio empezó cuando tuvo el primer hijo y empeoró
cuando estaba embarazada para el tercero pues pasaron muchas necesidades económicas,
él tomaba licor y también le era infiel.

Ella vivía en un hotel de baja categoría en San José,
un lugar que no tenía las condiciones mínimas para una familia
y las agresiones físicas aparecieron cuando nació la tercera hija
de los cinco que procreó con ese hombre; además, recuerda que
se iba hasta cuatro días, los dejaba sin dinero y nada para alimentarse.

Y a pesar que no les dejaba nada para comer, en ocasiones llegaba de madrugada
a exigir que le sirvieran comida, pero como ella le decía que no tenía
nada que darle, recuerda que la golpeaba y la amenazaba con matarla.

“Lo que se ganaba era para él, se iba a tomar con mujeres y a
veces yo no tenía ni arroz para darle a mis chiquitos…se acostaban
con la pancita vacía y yo tampoco podía ir a trabajar porque era
muy celoso”.

Martha dice que no lo denunciaba porque él le había advertido
en diversas ocasiones que si lo hacía la cambiaría por un ataúd
y hasta en varias ocasiones, tuvo que salir corriendo por temor que de las amenazas
pasara a los hechos.

“Recuerdo una vez que agarró un paraguas y me lo quería
meter por la vagina; esa vez tuve que refugiarme en la casa de una vecina, porque
cuando ese hombre amenazaba no era en vano y yo le tenía mucho miedo…”.

En aquel extinto hotel de la Zona Roja en San José, vivió durante
tres años y en ese incómodo lugar nació el quinto hijo
del limonense, época que estuvo llena de muchas necesidades y nuevas
agresiones que parecían de nunca acabar.

Debido a que él se iba y no les dejaba dinero ni alimentos, Martha no
olvida el día que se fue a buscarlo a un cumpleaños de una prostituta,
con apenas ocho días de haber nacido su último hijo, porque dice
que la agarró en frente de todas las personas que estaban en ese lugar
y le pegó como si fuera un hombre, dejándole tantos hematomas
que al otro día no pudo ni siquiera comer… y lo peor, nadie intervino
para quitarle aquella fiera de encima.

Pero también recuerda las múltiples ocasiones que la tiró
al piso y la agarraba a patadas sin ningún reparo del daño que
le causaba; mientras que al mismo tiempo su familia le daba la espalda y ella
no sabía qué hacer, ya que con cinco hijos, sin dinero, casa ni
un trabajo, la situación se volvía más difícil cada
vez que ocurrían las agresiones.

“Un día me tenía lista para cortarme la cabeza con un machete,
porque para una Navidad le dije que le comprara ropa a los chiquillos, ya que
él si se compraba cosas y hasta nos preguntaba cómo le quedaban,
pero a ellos no les llevaba nada; entonces el hijo mayor de él se metió
a defenderme y lo hirió en la cara con una hebilla”.

En otra oportunidad, ella se negó a colaborar para vender drogas en
la casa, entonces se puso furioso y le hizo tiradas unas tijeras que por poco
se las clava en el estómago.

Pero en una de tantas palizas, un día una amiga se asustó al
observarle un golpe muy fuerte que le había dado en la frente y la aconsejó
que interpusiera la denuncia, porque si no lo hacía iba a terminar en
el cementerio o en el psiquiátrico y que también lo hiciera por
el bienestar de los hijos, consejo que tomó muy en serio y que la salvó
de estar en la larga lista de mujeres asesinadas en Costa Rica en manos de sus
compañeros.

“Cuando fui a poner la denuncia temblaba del miedo que mi marido llegara
y cumpliera la promesa que me había hecho si lo denunciaba, porque me
tenía advertida que me mataba”.

No obstante, después de aquella valiente decisión, Martha recuerda
que escondió los documentos de la denuncia por agresión entre
la ropa que vestía, por temor a que su marido se diera cuenta y cumpliera
sus amenazas.

Después de la denuncia, ella rechazó las relaciones íntimas
con su compañero, porque era evidente que el amor había desaparecido
producto de las agresiones físicas, psicológicas y verbales que
recibía a diario, motivos suficientes para no querer estar más
con él en la cama.

Claro, pero era de suponer que él no iba a aceptar la decisión
de su mujer y según sostuvo Martha, un día la tomó a la
fuerza, la prensó en la cama e intentó tener relaciones sexuales
sin su consentimiento; sin embargo, el llanto desesperado llegó a oídos
de su hija mayor quien apenas tenía siete años y ella cansada
de ver las agresiones de su padre, llamó a la policía.

“Llegaron cinco patrullas a detenerlo, cuando eso vivíamos en
La León XIII en Tibás y mientras sacaba sus pertenencias de la
casa, me dijo al oído que le diera gracias a Dios que en ese instante
no tenía un revolver porque me hubiera disparado a mi y a los policías
también”.

La decisión ya estaba tomada, él se iría y atrás
quedarían las golpizas, humillaciones y hasta la venta y consumo de drogas
en la casa frente a los hijos, pero vendrían dificultades económicas
y hasta el racismo del abuelo materno, quien no aceptó a sus nietos por
ser negros; sin embargo, Martha se sentía al fin libre de aquel hombre
que lo único que había hecho era hacerlos sufrir.

“Cuando mi marido se fue sentí como un alivio muy grande y pude
respirar libremente…, aunque no crea, fue muy difícil por tener a todos
mis hijos pequeños, pero a nadie le falta Dios”.

Ninguno de los cinco hijos del agresor pudieron ni siquiera terminar la primaria
y a todos les ha tocado vivir en más de una ocasión en albergues,
ya que doña Martha ha tenido que trabajar en diversas labores para sobrevivir,
pero todos coinciden en que pese a las dificultades económicas, ahora
al menos no tienen que esconderse por miedo, ya que cada vez que su padre llegaba
a la casa se metían debajo de las cobijas.

Ahora ella lo que anhela es poder irse para Canadá o Estados Unidos,
con el fin de tener una casa propia y brindarle a sus hijos una vida mejor,
ya que según dijo, en Pérez Zeledón el trabajo está
muy escaso y los negocios prefieren en su planillas a las mujeres jóvenes
y bonitas.

Martha quien a sus 42 años tiene 7 hijos y 5 nietos, aconseja a todas
las mujeres que sufren violencia doméstica que denuncien a sus parejas,
porque sólo hay dos caminos para quienes no lo hacen: el psiquiátrico
o la muerte. Y ella agradece a Dios en primer lugar, y a la amiga que la acompañó
a interponer la denuncia, por la oportunidad de vivir que ha tenido después
de sufrir múltiples golpes y amenazas de muerte, ya que en nuestro país
se ha vuelto común escuchar a diario por las noticias, que otra mujer
falleció en manos de su compañero sentimental.


21 Julio, 2005

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