Redactora de PerezZeledon.net finalista en Concurso Nacional de Testimonios

Imagen: Redactora de PerezZeledon.net finalista en Concurso Nacional de Testimonios
Xinia Zúñiga Jiménez, redactora de este sitio web, fue
una de las 14 finalistas de todo el país, al participar en el II Concurso
Nacional “Mujeres, Imágenes y Testimonios”, donde concursaron
138 testimonios escritos y 12 fotográficos.

El Concurso fue organizado por el Centro de Comunicación Voces Nuestras,
ubicado en Lourdes de Montes de Oca, y la premiación se realizó
en el Ministerio de Cultura Juventud y Deportes, el pasado 23 de noviembre.

Zúñiga Jiménez ganó en la categoría campesina
con el tema “De los cafetales al Periodismo” y obtuvo el derecho
a publicar su testimonio –junto a las otras 13 finalistas- en un libro
que se editará en marzo del 2005; así como el derecho a grabación
y competirá también el próximo año en el II Concurso
Latinoamericano, donde participa Perú, Chile, Ecuador, Colombia y Costa
Rica. La premiación será en Ecuador.“Fue una gran sorpresa”

Según manifestó Xinia, vecina de Avenida González y madre
de una niña de diez meses, el día de su cumpleaños –el
5 de noviembre- se enteró que había quedado entre las finalistas
del concurso y no lo podía creer, porque eran 150 participantes y la
mayoría con historias increíbles.

El tema fue “Ese origen que no quiero olvidar, mis vivencias, mis sentires…”
y según dijo la periodista, el anuncio lo vio por televisión y
le interesó participar por dos razones; primero porque considera que
quien pierde su historia personal, pierde sus valores y segundo, porque ha pasado
muchos obstáculos para llegar salir adelante.

Consultada sobre el testimonio que escribió, dijo que está enfocado
en sus luchas por estudiar y salir adelante, ya que creció en un pueblo
de Coto Brus, donde existían pocas opciones de superación y que
en su mente siempre estuvo la idea de terminar al menos el bachiller y dejar
atrás las duras faenas del campo.

“Lo que he logrado en la vida me ha costado sudor y lágrimas,
pues nunca nadie me ha regalado nada; sin embargo, cuando lo que conseguimos
cuesta, lo disfrutamos al máximo y eso es lo que me ha sucedido”,
manifestó Zúñiga, quien agregó que hace ocho años
se ganó un viaje a México con el mismo centro de comunicación,
cuando trabajaba como locutora en Ciudad Neily.

Todos tenemos una historia

El Concurso Mujeres, Imágenes y Testimonios ha convocado a hombres y
mujeres; amas de casa, profesionales y trabajadoras, nacionales y extranjeros,
de la ciudad o el campo, a compartir historias de mujeres.

Frente a la globalización que nos homogeniza, el tema de este año
“Ese origen que no quiero olvidar…”, quiso hacer defensa de nuestras
raíces, de nuestras identidades diversas.

El Concurso trabaja con un equipo de voluntariado a nivel local-nacional, quienes
participan en la organización como jurados, promotores y comunicadores,
según se informó.


Xinia Zúñiga con su hija Georgia

Xinia Zúñiga con el certificado que la acredita como
ganadora en su categoría

Este es el relato, completo, con el que Xinia Zúñiga ganó
en la categoría campesina del II Concurso Nacional “Mujeres, Imágenes
y Testimonios”

De los cafetales al periodismo

Nací en Las Gutiérrez Brown, un pueblo de San Vito de Coto Brus,
en medio de la montaña hace 28 años. El día que vine al
mundo, un 5 de noviembre a las 7:00 pm me recibió mi papá, quien
me envolvió en una de sus camisas porque mi madre no había comprado
nada para mi llegada, ya que el comercio quedaba muy lejos y aún le faltaban
algunos días.

Según mi mamá, a los cinco años me llevaba al cafetal
para que le ayudara a juntar los granos que se le caían, pero cuando
ingresé a la escuela ya era una obligación coger café para
contribuir con los gastos del hogar, compuesto por seis hermanos.

Donde nací las paredes de la casa eran de chonta (astillas de un árbol)
y el piso de tierra. Habían tigres, tepezcluintles, saínos y otros
animales. Mi padre cultivaba verduras y hortalizas que junto a alguna carne
“del monte” nos servía de alimento.

De la niñez no recuerdo mucho, sólo que me compraban una mudada
cada año para Navidad y que la única muñeca que tuve cabía
en la palma de mi mano; era ejecutiva, con una valija, botas altas y vestida
de rojo. Pese a que nada tenía que ver con las barbies de ahora, estaba
muy emocionada de tener al fin una muñeca y dejar atrás las que
hacía de tuza de maíz.

En aquellos tiempos se jugaba bastante, pero también se trabajaba. Por
ejemplo, durante la época escolar tenía que coger café
y colaborar con los oficios de la casa, entre ellos lavar la ropa en una quebrada
o sacar agua de un pozo con hasta treinta metros de hondo.

Varias veces tuve que matar serpientes venenosas como corales y terciopelos,
para seguir con la faena, ya que si llegaba con la ropa a medio terminar de
fijo me castigaban o me regañaban por perezosa.

En mi caso, me gustaba más irme con mi papá a trabajar en el
campo que hacer los oficios domésticos, porque si hacía algo en
la casa al momento estaba igual; en cambio los sembradíos iban creciendo,
después se recogía el fruto y se compartía en la mesa o
se vendían, es decir, las labores de rigor varonil se veían más
y me gustaba que me halagaran por lo que hacía.

El trabajo más duro que realicé fue arrancar frijoles, especialmente
en un lugar que por el fuerte calor habían muchas serpientes pues antes
de empezar, advertían que nos cuidáramos en donde metíamos
la mano.

Asimismo, limpié almácigo de café, amarré tomate,
coseché maíz, sembré hortalizas y verduras, aporreé
frijoles y coseché café hasta los 17 años, entre otras
labores.

La escuela me gustaba mucho y siempre estuve entre los tres mejores promedios.
Mi mamá me envió de oyente antes de la edad recomendada y a medio
año me querían pasar a segundo porque iba mejor que muchos alumnos
y hasta sabía leer; nunca me dijeron que hiciera una tarea, era muy ordenada
y estudiosa y hasta quinto año pude comprarme un bulto con mi dinero,
pues los años anteriores llevaba los útiles en bolsas de arroz.

Cuando me gradué quería pedirle permiso al maestro para ir de
nuevo a sexto, porque no podían enviarme al colegio, pues en el pueblo
sólo los hijos de padres adinerados estudiaban, ya que el centro educativo
más cercano quedaba a más de una hora en autobús.

Siempre recuerdo que mientras mi padre me levantaba a las tres y media de la
mañana para que hiciera el desayuno y preparar los almuerzos de mis dos
hermanos mayores, él y yo pues debía acompañarlos a coger
café y en ocasiones caminar hasta una hora, los ex compañeros
de la escuela pasaban al frente de mi casa para el colegio.

Varias veces lloré a escondidas, porque deseaba estar en el lugar de
ellos, pero la realidad era otra; sin embargo, actualmente varios aún
están terminando el bachiller y otros no aprovecharon la oportunidad
que les dieron sus padres.
La dura lucha para estudiar

A los once años y medio terminé la primaria, pero como no tenía
los medios económicos para ir al colegio, seguí cosechando café
y fue hasta los quince que me cansé de aquella vida tan difícil,
en donde se trabajaba mucho y se vivía con muchas limitaciones; por lo
tanto, compré fiados unos libros del Maestro en Casa y empecé
a estudiar sola; poco a poco fui ganando los exámenes y cuando me faltaban
unas cuatro materias decidí cambiar de vida.

En Los Pilares de Agua Buena, distrito de Coto Brus, pueblo donde crecí,
no habían fuentes de empleo y por eso, a los 17 años decidí
enfrentar a mi padre con aquella decisión y le dije a mi mamá
que quería irme a trabajar a Ciudad Nelly, porque una prima que era empleada
doméstica me había conseguido un empleo con el fin de financiarme
los estudios; ella como toda madre me apoyó, pero no estaba segura de
lo que diría mi papá; sin embargo, estaba decidida y sólo
Dios me detenía en aquel momento.

Por lo tanto, un día eché los mejores trapos que tenía
en un maletín y me fui en busca de aquella meta. Al llegar, las cosas
no se dieron como esperaba, ya que la señora que me necesitaba no podía
darme dormida; la única opción fue dormir con mi prima en un estrecho
catre por algunas semanas mientras aparecía algo.

Empecé a recorrer las calles de la ciudad, sin conocer a nadie, en busca
de un trabajo y lo único que encontré fue limpiar una casa, lavar
y aplanchar, sin dormida, es decir, seguía quedándome donde mi
prima, pero el empleo no me duró mucho, porque la señora decidió
quitar la empleada.

Otro trabajo me esperaba y otro… hasta que llegué a una casa donde
tenía que atender a siete personas, entre ellos cinco niños y
adolescentes de escuela y colegio, a quienes a diario tenía que lavarles
y aplancharles la ropa, cocinarles y hasta cumplirles uno que otro gustillo
culinario, como palmearles tortillas o hacer pan casero y hornearlo con leña.

En este empleo estuve casi dos años y sufrí mucho, desde la mordida
de dos perros de raza, a los 22 días de haber llegado, hasta humillaciones
a cada rato de la patrona. En ocasiones mi jornada terminaba a medianoche aplanchando,
hora en que empezaba a estudiar hasta que el sueño me dominara; muchas
veces me dormí encima de los cuadernos por el cansancio, pero igual al
otro día tenía que levantarme a las cinco de la mañana.

Renuncié a este empleo porque pese a las largas jornadas donde tenía
bajo mi responsabilidad limpiar una casa de dos pisos, lavar, cocinar y aplanchar
para siete personas, con un salario mensual de quince mil colones, nunca quedaba
bien. Lloré varas veces a solas, recibía humillaciones y regañadas
a cada rato… me cansé y me fui para otra casa donde ganaba lo mismo,
pero atendiendo sólo a un niño, sin embargo, aquí tampoco
duré mucho.

Los trabajos como empleada doméstica todavía no habían
terminado y el último que recuerdo fue donde una señora de setenta
años, quien me trató excelente, me daba buenos consejos e instó
para que siguiera estudiando.

Pero a los pocos meses me dijo que los hijos tenían muchos gastos y
que no me podían seguirme pagando, pero me dio la opción de quedarme
a vivir en su casa por un módico precio, mientras encontraba otro empleo.

Esta fue la última vez que trabajé como empleada doméstica.
Tuve otras labores en tiendas, zapaterías y hasta en una ferretería,
pero siempre tuve una espinita del periodismo y un día por casualidad
entré a la emisora cultural de Corredores, donde se me brindó
la oportunidad de ingresar como colaboradora.

En un corto tiempo realicé diversos cursos con el ICER y me dieron la
oportunidad de manejar los controles y hacer locución, pero con el paso
del tiempo llegué a estar sola con todo durante dos meses, porque la
situación económica era muy crítica y no podían
pagarle a otra persona.

Pese a que ganaba veinte mil colones al mes y a veces ni siquiera había
dinero para mi sueldo, me sentía realizada en aquella emisora, donde
empezaba a desarrollar una labor que para mi era como un sueño que tenía
desde niña, pero que se había convertido en realidad.

Un viaje inolvidable

A los siete meses de trabajar en la radio, aquel sueño se engrandeció
aún más, ya que participé en un concurso que realizó
el Centro de Comunicación Voces Nuestras, donde participamos 30 productoras
de radio y me gané un viaje a México con todos los gastos pagos.

En aquel país conocí a muchas féminas que han salido adelante;
amas de casa, madres, mujeres de radio y sobre todo, tuve la oportunidad de
viajar a otro país y soñar con mejores senderos para mí,
aunque al regresar volviera a la realidad, que por cierto no era nada bonita.

No obstante, aquel viaje me abrió las puertas para trabajar en Radio
Emaús en San Vito, donde ganaba un mejor sueldo y pude seguir preparándome
en el campo radiofónico, así como en el académico.

Aunque lo más importante fue que al ganar el Tercer Ciclo decidí
ir al colegio nocturno, pese a que en ocasiones mi jornada laboral empezaba
a las cinco de la mañana y terminaba a las cinco de la tarde, mientras
que las clases comenzaban a las 6:15 y culminaban a las 10:15 pm.

No sé como me alcanzaba el tiempo, lo que si recuerdo es que me levantaba
muy temprano y me acostaba muy tarde, las tareas y trabajos del colegio los
hacía de madrugada o en ratos que le robaba al trabajo, por supuesto
a escondidas, porque si me descubrían de seguro tendría problemas.

El trabajo apenas me duró ocho meses, pues fui despedida por un supuesto
recorte de personal que nunca lo creí, pero en fin lo que me interesaba
era seguir estudiando y terminar el bachiller. Gracias a que me enseñaron
el hábito del ahorro, pude continuar en el colegio y obtener mi título.

Otra etapa del periodismo se acercaba sin darme cuenta. Como siempre me ha
gustado leer todo lo que llegue a mis manos, me encontré un periódico
local y llamé al director, quien me dio la oportunidad de hacer algunos
trabajos de la zona y al ver lo que hacía plasmado en el papel me gustó
mucho, por lo que le puse amor a lo que hacía.

En el colegio entrevisté hasta el director y realicé trabajos
de diversos temas. Muchos admiraban mi trabajo, porque apenas cursaba el cuarto
año de colegio, pero con mucha humildad seguí adelante y antes
de ganar el bachiller, me ofrecieron una oportunidad en Pérez Zeledón,
para que laborara en un periódico.

La idea me pareció buena, pero la verdad es que me daba temor venirme
para una zona desconocida y donde todos eran extraños para mi, pero analicé
la propuesta y era la única opción de superarme, ya que deseaba
seguir estudiando.

Sin pensarlo mucho, en menos de quince días me vine para Pérez
Zeledón, donde tendría que asumir un gran reto laboral como era
redactar el periódico sola cada quince días y viajar los martes
a Buenos Aires, así como ir a giras fuera del cantón.

Los primeros días me preocupé por ver la responsabilidad que
había asumido, ya que mi jornada laboral empezaba a las ocho de la mañana
y terminaba en muchas ocasiones hasta las ocho y media de la noche.

No obstante, luchaba para hacer el trabajo lo mejor posible, aunque era consciente
que me faltaba mucho por aprender. Por lo tanto, apenas gané la materia
que me faltaba para el bachiller, pensé en la universidad; ese si era
un sueño increíble.

Después de un año de vivir en Pérez Zeledón, se
abrió la carrera de Periodismo y sin pensarlo dos veces me matriculé.
El día que puse los pies en la universidad se me vinieron las lágrimas
y no era para menos, ya que la campesina estaba soñando despierta y sólo
yo sabía lo que significaba aquella oportunidad, lo que me había
costado…

Actualmente no he terminado la carrera porque la cerraron y pese a que viajé
un tiempo a San José, ha sido difícil continuar, ya que los costos
son muy altos. De lo que si estoy segura es que mi próxima meta es terminar
el bachiller en periodismo y algún día sacar una licenciatura.

Una nueva etapa

A pesar que mis planes eran otros, en el 2001 le llegó la hora a mi
soltería pues conocí a un hombre que llenó mis expectativas
y me casé en cuestión de ocho meses. Además, renuncié
a mi trabajo en el periódico, después de tres años y medio
de laborar, porque mi jefe incumplió un acuerdo que teníamos;
asimismo, trabajaba en exceso y no se me valoraba lo que hacía, prueba
del intenso trabajo es que fui internada quince días por estrés
crónico.

Después de la renuncia en el periódico estuve un tiempo muy desmotivada,
me encerré en la casa, lloraba mucho y me deprimí al ver que las
cosas no habían salido como esperaba. Sufrimos una crisis económica
y además quedé embarazada. La situación empeoró
pues en los primeros meses de gestación aguanté hambre varias
veces.

Fue una época muy triste, ya que a veces amanecía y no teníamos
nada que comer, en realidad después de estar muy bien económicamente
no podía creer aquella situación. Mi preocupación era la
criatura que llevaba en mi vientre, porque pensaba que si no me alimentaba le
podía causar algún daño; sin embargo, aquella situación
no duró mucho y viví un embarazo con mucha paz y salud.

El 14 de enero de este año nació mi hija, gracias a Dios muy
saludable y hermosa; cuando ella tenía dos meses y medio me buscaron
para formar parte en una empresa de publicidad, donde actualmente soy la redactora
de un periódico mensual y también realizo otras funciones.

El nacimiento de mi hija me dio nuevas fuerzas para seguir adelante, siento
que me realicé como mujer y vuelvo a luchar para hacerlo profesionalmente.
Traer un hijo al mundo es algo maravilloso y quiero disfrutar esta etapa, prueba
de ello es que trabajo con mi bebé todos los días y también
me encargo de los oficios de la casa.

Nunca olvidaré cuáles son mis raíces, porque considero
que esa es la identidad de cada una de nosotras y jamás tenemos que avergonzarnos
de las luchas que hemos dado para llegar donde estamos, más bien deberíamos
sentirnos orgullosas de ser mujeres pues independientemente del caso que sea,
somos INCANSABLES LUCHADORAS.


3 Diciembre, 2004

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