“¿Por qué no pensar en dejar a los hijos un legado mejor?''

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Ella sostiene que en estos días la sociedad está dando muestras de una enfermedad que quizás se venía incubando desde la niñez, la cual se refleja con la agresividad y descontento; además de problemas cotidianos en los que somos bombardeados a diario, demuestran la falta de amor y valores dados, desde que éramos niños. Le invitamos para que conozca su historia.

Xinia Zúñiga Jiménez
xinia@perezzeledon.net

“En un día bañado de sol, desde España llegaron a las hermosas montañas por los alrededores del volcán Irazú, don José María y doña Anita. Educados, amantes de la naturaleza y su equipaje cargado de ilusiones, él un señor alto, blanco y robusto, ella una señora de finas facciones, bajita con su carita radiante de luz. Hicieron de este lugar color de cielo, olor a hierba fresca y flores multicolor; su hogar.Ahí nacieron sus hijos, –uno de ellos mi abuela– le enseñaron la vida a través de los campos, la leche y las estrellas. Se llenó de sabiduría, que la transmitió a mi padre, por cualquier cosa que tocaran sus manos o de lo que hablara su boca.
A partir de ahí mi padre aprendió desde niño a luchar por la vida y auto educarse, por aquellos tiempos no habían muchas oportunidades. Sin embargo, esa magia prevaleció en él por siempre. La lucha continua, lo hizo aprender un oficio, no tuvo la dicha de terminar la escuela, mas no desfallecer en su propia búsqueda de auto conocimiento, viajando por el mundo imaginariamente, a través de los libros que le enseñó mi abuela y él aprendió.

Por otro lado, mi madre venía de un hogar humilde y luchador también, con mucho orgullo, su padre se dedicaba a la panadería, con el futuro de su trabajo mantenía su hogar, que a la vez sirvió para hacer de mi madre una mujer igualmente emprendedora, al igual que mi abuelo.

De estas familias salieron los que serían mis padres en el futuro. Transcurren unos años, cuando una bella mañana de abril mi madre se ve sorprendida, al anunciarle su médico, que no era una sino “dos” que venían en camino. Puedo ahora imaginar su cara entre júbilo y preocupación, más aún, cuando tenía dos pequeños más que la esperaban en casa.

Es así como llegarían “las gemelas”, para completar la alegría de lo que en adelante sería mi hogar. Tristemente al finalizar ese mismo año vendría el deceso de mi hermanita, acompañado de un profundo dolor para mis padres. Al cabo del tiempo vendrían dos hijos más para engrosar la familia.

Sin darse cuenta papá y mamá trataron siempre de sobreprotegerme, cada uno en su corazón, guardaban en silencio, el miedo de perderme a mí también. Por mi parte sentía siempre, cierto vacío sin saber la razón.

Pese a ello, no puedo olvidar a la niñez que tuve llena de satisfacciones, el amor de mis padres y los días de campo que compartíamos juntos. Recuerdo con cuanta alegría, los domingos, abordábamos un tren con destinos diferentes, éramos una familia de escasos recursos económicos, pero llena de ilusiones.

Tomábamos rumbos distintos… Ciruelas, Atenas, Orotina, Quebradas, Mata de Limón, Puntarenas, a veces a Guápiles, Limón, en fin tantos lugares hermosos, que aún dichosamente se conservan. Mi madre preparaba el sábado por la noche, el mantel, los utensilios, la comida y los jugos en lata, nosotros los hermanos no lográbamos conciliar el sueño de pensar en la gran aventura que viviríamos a la mañana siguiente.

Al llegar al campo mamá preparaba la zona de almuerzo, claro está, donde hubiera menos hormigas. Mientras papá junto a mis hermanos, alistaba la caña de pescar ¡Qué nostalgia! Cómo recuerdo los ríos, tan transparentes, cual si fueran cristal con múltiples pececitos de colores, era tan niña, que nunca comprendí porqué, papá nunca pescó nada… Después lo supe, respetaba enormemente la naturaleza. Nos hacía pedir permiso, al entrar a cualquier paraje, le pedía permiso al árbol para tomar uno de sus frutos, le preguntábamos el ¿por qué? Y nos contestaba “son sus hijos”, permiso a la planta para arrancarle una flor, que con delicadeza, nos la ponía a mamá, a mi hermana y a mí detrás de la oreja para adornar nuestra cabellera.

Corríamos por el campo, mojábamos los pies sentados en las piedras al frente de una cascada; solíamos compartir historias con campesinos de gran nobleza, que nos encontramos en tantos viajes interurbanos que hicimos.

Recuerdo uno en especial, que donde quiera que esté, mando mis bendiciones a él, pues una noche, su modesta casita nos brindó, en lo alto de una montaña, en la Suiza de Turrialba. Desde sus ventanas, se divisaba un paisaje imposible de olvidar, que hoy sería un “hotel cinco estrellas”, por la atención que nos dio, cual si fuéramos sus amigos de siempre.

Aprendimos a contar las estrellas, a dibujar en la arena cuando íbamos a la playa, y en el campo aprendimos a descifrar el canto de los pajaritos, a escuchar la música del viento, el murmullo de la montaña, admirar el ganado, oír la chicharra y escampar bajo las inmensas hojas del follaje mientras pasaba el aguacero.

Así fui creciendo bajo el cuidado de mis padres, su amor, sus consejos entre Varicela y Paperas, con mano dura tratando de imponer disciplina. Bajo angustias, limitaciones económicas y sus propias frustraciones, nos enseñaron a seguir adelante, enfrentar la vida, con honestidad, luchando por conseguir una vida mejor, nunca pasar por encima de nadie y esforzarse por alcanzar las metas por más humildes que estas fueran.

Al sobreprotegerme mis padres, no tuve muchos amigos, era tímida, muy sumisa en mi adolescencia. Llegó el día en que me enamoré del chiquillo que tuve más cerca y al cumplir los 20 años me casé.

Ya eran otros roles que debía yo asumir, de esposa abnegada, la que todos respetan, el ama de casa con su hogar hecho un “crisol”. Luego vinieron cada dos años tres hermosas hijas… eso bastaba para ser muy feliz.

Actividades escolares, luego colegiales, seguía la madre, siempre dispuesta, con la dicha de tener como esposo un padre ejemplar, que la “sociedad envidiaba”. Las niñas felices del amor que les dimos, nunca pelearon, se hicieron amigas, nunca hubo agresiones, se repetía la historia, disfrutando de paseos los domingos junto a los abuelos, los juegos de muñecas, con el vestuario de mamá, brincando en la cama, amantes del gato y hasta del conejo.

Las niñas se convirtieron en mujeres, hoy dos se han casado y mantienen su hogar; comienza otra etapa de abuela amorosa, la que espera en su hogar. La familia ha crecido pues ya tengo dos nietos y otro por llegar, que han sido mi alegría.

Más a diario en mi mente frecuento los viajes en tren. No está mi gemela, ya no está mi hermano y también perdí a mi padre. Recuerdo el celaje, la misma montaña, el mantel en el suelo, la carrera debajo del aguacero… ¡No quiero llorar! pues ellos no se fueron, están en los campos, están en el cielo, pero sobre todo viven en mí.

Llegué a los “cuarenta”y con ellos ansiedades, angustias, desvelos y miedos. Me miro al espejo, toco mi piel, me descubro y me pregunto ¿Qué ha pasado contigo?, ¿dónde has estado, qué has hecho contigo?, ¿dónde han quedado tus sueños?, ¿qué hay de tu alegría?, entregaste todo… Bravo, ¿Y tú qué te dejaste?. Fue como si el reloj del tiempo hubiese apretado el automático de mi conciencia.

Mis hijas me aman, comparten conmigo y mis nietos son un amor. Medito en mi cama, medito en la sala, me tomo un café. Han crecido las hijas que hicieron su vida, ha pasado el tiempo y ¡he quedado sola!.

Mi salud se quebranta. Triste noticia, tumoración en el útero. Otra parte de mi ser hay que arrancar. En la cama del frío hospital, casi sin fuerzas, de regreso al hogar, adolorida sin deseos de luchar pasan los días. Hasta que un día el dulce canto de un pajarito al anunciar la mañana alegremente, hizo vibrar mis sentidos, haciéndome reaccionar. Poco a poco fui fortaleciéndome y recobré mi salud.

Un día mi esposo con la calma que lo ha caracterizado siempre, me dijo: “ya no la amo”, claro también lo tocaron los años, sólo que no quiso asumir el reto de envejecer conmigo. A pesar de mi dolor, él no supo que esas palabras fueron mágicas para mí.

Recordé mis paseos de niña, las bellas montañas, los mares azules, el color de las flores, el lanchón del Tempisque, las playas del Coco, los verdes campos que abundan en nuestra tierra y que aprendí a ver a Dios en todo su esplendor y en toda su magnificencia, aunque yo no había dejado de amar a mi esposo, era claro que él no quería continuar conmigo, otro desencanto en mí. Después de analizar la situación, advertí que en todo este tiempo, no había sabido equilibrar mi propia armonía, dedicándome al hogar, el quehacer cotidiano, no supe valorarme, no alcancé mis sueños, seguía en la misión de esposa, de madre abnegada, pero al final los hijos crecían, se iban de casa y… aún seguiré siendo la madre hasta el final de mis días, pues el amor es el único que lo trasciende todo y prevalece.

Hoy soy feliz, gracias a la Creación, gozo de buena salud, Dios me ha dado otra oportunidad, tengo que aprovecharla. Se ha rejuvenecido mi espíritu, trato de cumplirme metas a corto plazo. Disfruto de todo lo bello, mis hijas son mis amigas, a ellas les cuento mi experiencia, les aconsejo, dejen un espacio en sus vidas para desarrollar sus talentos y también para amar y valorar la amistad.

Fuimos creados para cumplir una misión, más aún disfrutar del amor en todas sus facetas, de padre, de madre, de abuelo, de hijo, de hermano, de amigo y también de toda la naturaleza.

¡Ahora ya es tiempo!. Las hijas crecieron, me tomaré mi espacio, para actuar y soñar. Sé quién soy en cuanto valgo como persona y mujer.

El cielo tiene nuevos matices, siento el aire que refresca mi cara, el agua no golpea mi pelo después del chaparrón, se alisan en mi rostro las líneas de expresión pues “esas” salen del alma. He conocido nuevas culturas, asisto a seminarios de interés, amo la poesía, disfruto del arte y un buen libro en mi cama, soy voluntaria del ambiente, aporto un granito de arena a las nuevas generaciones y así comparto con la naturaleza. He conocido toda la energía que se mueve debajo de los rayos del sol.

No lamento lo vivido, de error, angustias y penas, pues también tuve alegrías infinitas. Todo esto me hizo crecer. Es lo que intento enseñar a mis hijas, después de que ellas también tuvieron sus paseos en familia, a la vez disciplina. Quiero que sean tenaces, luchadoras, buscadoras de sueños y los realicen, pero sobre todo que sean muy felices, se sientan satisfechas con ellas mismas y hagan de sus hijos personas de bien.

En estos días la sociedad está dando muestras de una enfermedad que quizás se venía incubando desde la niñez, así se refleja con la agresividad y descontento; además de problemas cotidianos en los que somos bombardeados a diario, demuestra la falta de amor y valores dados, desde que éramos niños.
Los viajes en tren que hacíamos en familia, y mis abuelos marcaron mi vida, pese a los regaños para lograr disciplina, tuvimos amor.

Fueron las bases para construir nuestro destino, aún cuando los roles de la vida nos lleven por caminos distintos. Esas “vigas” siguen en pie, aún continúan manteniendo derecha, la construcción. Aquellos paseos en tren fueron simbólicos.
Es la vida un ir y venir por distintos destinos, de estación a estación, de múltiples paisajes de luz y de sombras, sensaciones de miedo entre túneles y puentes, conociendo lugares y gentes.

Por la ventana, observamos durante el viaje, las cosas que quisiéramos tocar con las manos, y no podemos alcanzar, pero si paramos en una estación, lo logramos. Compramos el boleto al abordar conocemos la ruta hacia donde iremos, lo que contará es la experiencia vivida, de retorno al hogar si disfrutamos el viaje.

¡Cuánta añoranza!, ¡cuánta nostalgia!. De mis viajes en tren que tanto “amé”. Como recuerdo, las descripciones de las flores, del ganado en pie, los bellos paisajes que me daban mis abuelos y padres durante los viajes, el amor con el que se referían a los campos y a las gentes que conocimos. Ese mismo respeto y amor, siempre han estado conmigo, en silencio viajando en mis venas, como los viajes en tren.

He llegado a pensar que así como son transmitidas las enfermedades por la sangre, podría porque no circular el amor. No es censurable que los padres dejemos a los hijos bienes materiales.

¿Por qué no pensar en dejar a los hijos un legado mejor?, una buena enseñanza y unos genes de amor?”.


22 Febrero, 2006

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