“Pese a que no estudié, en los libros encontré el camino de la esperanza"

Las fuentes de esta noticia son protegidas con anónimos por respeto a la privacidad de quienes se atreven a contarnos sus historias. Comparta con nosotros la suya.

Xinia Zúñiga Jiménez
xinia@perezzeledon.net

Estamos a pocas semanas de iniciar un nuevo curso lectivo, y muchos desde ya están comprando los útiles y uniformes… Esperamos que con la historia que a continuación les presentamos, estimables usuarios, hagamos un poquito de conciencia y no derrochemos el dinero, pues pensemos en cuántos niños y niñas no tienen la oportunidad de estudiar, y tratemos de ayudar a quienes sueñan con un futuro mejor.

———————————————————————————————-

Uno de los primeros recuerdos que tengo es el de Luisa sentada en el sofá de su sala. Al lado, un señor la besaba, mientras metía su mano debajo del vestido. No olvido la cara de horror de la pobre cuando me vio parada en la puerta contemplando aquel cuadro. Ella debió haber tenido, que se yo, entre veinte y treinta años, que a mis escasos cuatro no podía calcular. Era nuestra vecina, pues vivíamos al lado, en casa de no sé quién, temporalmente, claro, porque esa era la historia de nuestras vidas, la de mi madre y la mía: andar temporalmente con los amigos, familiares y hasta conocidos solamente, pues–como bien dice el dicho– “el arrimado y el pescado a los tres días hieden”, y ahí estábamos nosotras de casa en casa y de provincia en provincia.

Mi mamá era la típica inmigrante del campo que llegó a la ciudad dizque en busca de mejores oportunidades, pero más creo que era para huir del aburrimiento del pueblo. Cómo iba a tener mejor vida si tenía que pagar alojamiento, la comida estaba más cara y apenas había llegado a tercer grado. Por ese tiempo conoció a mi papá, quien la enamoró, la preñó y se esfumó…

Después de que nací, buscó un trabajo, creo que fue una de las pocas veces que trabajó. No sé cómo se las arreglaba para que sobreviviéramos. En todo caso, mi padre estuvo contribuyendo con la leche que yo tomaba, hasta que quiso llevar a mamá otra vez a la cama y, como ella se negó, ordenó al lechero suspender la entrega diaria de mi alimentación.

No conocí a mis abuelos. Imposible, si yo era hija del pecado
. Lo más cercano que estuve de tener abuela fue cuando vivimos en casa de Doña Raquel, que amorosamente cuidaba de mí mientras, otra vez, mamá trabajaba. El único problema era que a las nueve de la mañana me decía: “Chinita, vaya cómpreme una cuarta de ginebra”, y eso quería decir que cuando se ponía a hacer el almuerzo por ahí de las once, ya no se podía sostenerse en pie.

Cocinaba en un anafre con carbón que ya se había apagado, pero ella ni se enteraba. Hacía picadillos de verduras que nunca llegaba a cocer, además adornados con las colillas de cigarrillos amarillos que inadvertidamente iban a dar a la olla. ¡Pero me trataba bien!.

A mi papá no lo vi nunca
, pero parece que mi mamá sí, porque de repente me contó que yo iba a tener un hermanito. Por supuesto, el hombre volvió a desaparecer…

Nos fuimos a vivir a la casa de una tía paterna que nos acogió a cambio de los oficios domésticos de mi madre. Ya para entonces yo tenía edad para empezar la escuela, y cuando aprendí a leer, se abrió un mundo maravilloso ante mis ojos. Los libros se volvieron mi pasión, ¡mi razón de ser! No era frecuente que hubiera libros en las casas y mi pregunta de siempre era: “¿No tiene nada qué leer?”. Leía hasta los periódicos que nosotros los pobres usábamos para forrar las paredes de la casa donde vivíamos. Felizmente encontré muchachas que iban a la secundaria y me prestaban novelas que leían en el colegio, y como no tenía quién supervisara mi lectura, ahí estaba yo a mis ocho años leyendo Dafnis y Cloe, Marianela, Tartarín de Tarascón, y tantos otros títulos que ya no recuerdo.

Los libros fueron mis fieles amigos, y aunque conocí a muchas Luisas a lo largo de mi vida, jamás me pasó por la cabeza la idea de la prostitución como una salida de la miseria. Mis libros me enseñaron el camino de la esperanza.

Al fin llegó el día del alumbramiento y mi mamá seguía limpiando pisos. Yo no sabía qué era aquella agua que caía de entre sus piernas, pero ahí seguía con una obstinación que se podía confundir con el masoquismo.

Para cuando le dieron la salida del hospital, no había ropa para mi hermano y hubo que correr a hacerle unas camisas con unas cortinas viejas. Nunca olvido aquella tarde que llegaron a la casa, cuando mi madre me puso entre los brazos el envoltorio que apenas dejaba ver la carita del niño, y me dijo: “Este es tu hermanito; de ahora en adelante es tu obligación protegerlo y velar por él”, y hasta la fecha, más he sido su madre que su hermana.

Para nuestra desgracia, a los dos meses mi tía vendió la casa y, sin decir “agua va”, montó sus chunches en un camión y nos dejó en la acera con una caja de cartón que contenía todas nuestras pertenencias. ¡Cuándo se viaja tanto, hay que viajar ligero de equipaje! Y como no faltan almas caritativas en este mundo, unas vecinas nos acogieron por esa noche. Eso sí, mi mamá era una mujer de recursos; la lista de posibles anfitriones era grande, y aunque fuera por poco tiempo, siempre teníamos dónde caer.

Como ya éramos tres, era un poco difícil la sobrevivencia, de modo que alguna de las dos tenía que contribuir con la manutención, y esta vez me correspondió a mí. La familia con la que fuimos a vivir era tan pobre como nosotros, y más numerosa. La hermana mayor, con dos hijitos propios, cuidaba también de sus tres hermanos, de doce, diez y ocho años, y sin tener ningún ingreso fijo. De manera, que éramos los niños mayores los encargados de llevar la alimentación diaria.

Una forma era ir al mercado de verduras, y mientras dos de nosotros distraían al vendedor, los otros dos echaban al saco que siempre llevábamos: yuca, papa, camote y todo lo que se podía, para en- seguida pegar carrera y no ser atrapados. También, había una pulpería por ahí cerca, cuyo mostrador tenía en una esquina un vidrio roto que el dueño no había notado. De ahí salía la tapa de dulce, el pan, las galletas y hasta el postre. Si algún vecino que tenía gallinas se descuidaba, Eladio, el que tenía doce años, en un santiamén echaba una en el saco, y a ver dónde botábamos las plumas después.

Cuando las cosas se ponían muy difíciles, no había otra que ir pidiendo de casa en casa, y eso sí era deprimente. ¡Las cosas que nos daban! sobras de las comidas envueltas en papel periódico, frutas y verduras podridas; más parecíamos recolectores de basura que niños hambrientos buscando al mismo tiempo que comida, simpatía que los adultos no podían dar, porque para ellos no éramos otra cosa que vagabundos. A duras penas éramos personas. Ahí aprendí el respeto al niño, al mendigo, al viejo. Ahí aprendí a respetar al ser humano.

Creo que la época más valiosa en el desarrollo de mi existencia me tocó vivirla pared de por medio con uno de los seres más extraordinarios que he tenido la oportunidad de conocer.

Aunque habitábamos en lo que llamaban casas, en realidad eran cuartos que compartían el mismo patio y el mismo baño, de modo que no se podía tener mucha intimidad.

Fernando era su nombre
. Tenía una felicidad contagiosa y un optimismo que hacía desaparecer toda duda sobre el destino incierto. Era caritativo sin parecerlo. Cuántas veces nos dejó dinero junto a la maceta porque sabía que ese día no teníamos qué comer. También compartía sus alimentos con nosotros y algunas veces pudimos vestirnos decentemente gracias a su ayuda. Era cariñosamente respetuoso. También era homosexual. Y en ese momento de intolerancia se vio obligado, él que era un caballero, a usar la fuerza para defenderse de las agresiones físicas a que lo sometían los “machos”, sólo porque era diferente. ¡Cuánto lo quise! Pero como todas nuestras relaciones, también la de él fue efímera y nunca más supe de su vida.

Todos estos recuerdos me dicen que si mi corazón y mi mente hablaran de paz y esperanza, clamarían por el amor al niño, la oportunidad para la mujer, la tolerancia y la comprensión para toda la humanidad”.

La protagonista de esta historia, cuya identificación omitimos por respeto a su privacidad, ni siquiera terminó la primaria por los constantes cambios de domicilio de su madre, el problema del alcoholismo y la pobreza en que vivían, pero a pesar de los malos ejemplos que tuvo, la lectura le ayudó para no pensar en prostituirse o buscar otra salida a la miseria, pues los libros fueron su más fieles amigos en los momentos cuando buscaba una respuesta a su situación.

Los tiempos han cambiado mucho y pese a que todavía a algunas familias se les dificulta enviar a sus hijos al sistema educativo, existe más ayuda y facilidades que antes no habían; sin embargo, todavía hay quienes no aprovechan esa valiosa oportunidad de prepararse para enfrentar de una mejor manera el futuro.

No obstante, si conocemos a alguien que para este nuevo curso lectivo no tiene las condiciones de ir a la escuela o el colegio, no nos hagamos los de la vista gorda, y si podemos contribuir con algo, por favor no lo pensemos dos veces para actuar.


10 enero, 2006

Anúnciate Gratis