Parque La Amistad cumple 30 años de ser Patrimonio de la Humanidad

“Los quetzales ecolodge”, un espacio abierto al turismo en un sector colindante con el Parque Internacional La Amistad, en territorio panameño. La foto es de “panamaturismo.com”.

Carlos Monge
prensa@perezzeledon.net

A treinta años de su graduación como Patrimonio de la Humanidad, el Parque Internacional La Amistad –del que forma parte el cerro Chirripó- sigue siendo un emblema para los costarricenses que aman la naturaleza, pero también una víctima del doble discurso del Estado costarricense.

El parque se ubica en la cordillera de Talamanca, el sistema montañoso de bosque tropical más grande de Costa Rica. Abarca 570 mil hectáreas, el 20 por ciento de las cuales se encuentran en territorio panameño.

Además de su declaratoria como Patrimonio de la Humanidad, disposición adoptada por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) en 1983), también recibió los diplomas de Reserva de la Biosfera en 1982 de Ramsar (Convención sobre los Humedales de Importancia Internacional) y  Parque Internacional de la Paz en 1988, de la misma institución de las Naciones Unidas.

Es un tesoro; un puente biológico y filtro entre las américas del Sur y del Norte, con siete zonas de vida y seis zonas de transición. Sus hábitats son innumerables, debido a las diferencias en altura, suelo, clima, topografía y ubicación en relación con las grandes corrientes atmosféricas del Caribe y el Pacífico.

Es el entorno de páramos, ciénagas, robledales, madroñales, helechales y bosques que todavía sirve de hogar al jaguar, la danta, el zaíno y el tepeizcuinte; y donde nacen  los ríos que abastecen al Grande de Térraba y el Sixaola.

Se le promueve como punto de destino entre los turistas del mundo; pero se le tiene en el abandono y se establece un techo mínimo de visitación; si no fuera por unos poquísimos funcionarios públicos y las pequeñas comunidades que lo rodean, ya lo hubieran tomado y devastado los merodeadores.

Funcionarios impotentes

Adivine cuántos guardaparques vigilan la ruta entre San Gerardo de Rivas y el cerro Chirripó: uno.  El Ministerio de Ambiente, Energía y Telecomunicaciones (Minaet) tiene asignados 68 funcionarios a la atención de 801 hectáreas dedicadas a parques, reservas y áreas de protección de la Región Brunca, advierte Luis Sánchez, gerente de Áreas Protegidas del Sistema Nacional de Áreas de Conservación (SINAC).

Si se les asignara a todos a la vigilancia de un territorio de extensión promedio, a cada uno le corresponderían 12 mil hectáreas, aclara Sánchez. ¡Ni en avión! Tómese en cuenta que sólo el PILA bordea  a los cantones de Coto Brus, Buenos Aires y Pérez Zeledón por el poniente y los cantones de Talamanca, Jiménez y Paraíso el flanco oriental. Y no todos los 68 funcionarios son guardaparques;  están los oficinistas, los choferes, los conserjes…

Como consecuencia de esa desatención estatal, el Parque Internacional La Amistad queda al descubierto para que ingresen de manera furtiva los cazadores, los precaristas y hasta los cultivadores de marihuana que –como ya es de fama- causan incendios para preparar el terreno para a siembra. Si no fuera por las comunidades, que guardan las espaldas de los funcionarios, la magnitud de los daños sería enorme.

 El apoyo comunal

Aun con su poder de atracción y la escuálida inversión del Estado en su protección, el PILA no se autofinancia.  Sin embargo, el turismo no es el objetivo del Parque, sino la protección del medio ambiente, defienden Nelson Elizondo, de la Asociación de Desarrollo de Potrero Grande de Buenos Aires y Minor Sibaja, de la organización Quercus (nombre científico del árbol de roble), una red de hecho, integrada por organizaciones de base comunitaria que  luchan por alcanzar metas en común.

A funcionarios y dirigentes les atemoriza –siendo tan pocos y tan débiles- la idea de perder el control sobre el parque, si se llegaran a desarrollar proyectos turísticos de gran envergadura. Si, en las condiciones actuales, es difícil que los pocos turistas que visitan el parque Chirripó carguen y depositen en el sitio adecuado  la basura que producen, los daños causados por una visitación más masiva sería incontrolable.

En su lugar, optan por considerar al parque como un “valor agregado”, para sus comunidades, donde desarrollan pequeños proyectos turísticos y realizan una magna labor de educación y culturización entre los habitantes.

Potrero Grande, una comunidad de cinco mil habitantes, es uno de esos casos de aprovechamiento de los beneficios del PILA y celebra a lo grande tener como centinela y abrigo a una muralla protectora declarada como Patrimonio de la Humanidad.

Cuando se estén cumpliendo los treinta años de declaratoria de Patrimonio –el 16 y el 17 de febrero de 2013 próximos- en Potrero estarán de fiesta. Serán días de bailes folclóricos, presentaciones artísticas, futbol, monta de toros, ventas de artesanías y comidas y el encuentro de las comunidades “blancas” y aborígenes, costarricenses y panameñas, vecinas del PILA, que, además, manifestarán su agradecimiento a todas las personas que quieran acompañarlas.

Potrero Grande está ubicado a ocho kilómetros del puente de Paso Real: tres kilómetros después del puente, camino a San Vito, y después cinco a mano izquierda, por calle de lastre.
 


16 enero, 2013

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