Luto en las selvas

El naturalista Alexander Skutch falleció el jueves 13 de mayo del 2004. Su herencia en el campo de la biología es imprescindible.

Don Alexander Skutch, uno de los naturalistas más importantes del mundo, habría cumplido cien años este 20 de mayo allá en “Los Cusingos”, su refugio de Pérez Zeledón desde 1941.

Sin embargo, la muerte interrumpió su recorrido hacia el siglo este jueves 13 de mayo. El viernes, el doctor Skutch fue sepultado en la tierra que amaba, donde también descansa su esposa, Pamela Lankester.Era una autoridad indiscutible en el campo de la biología, un conocedor de la naturaleza del trópico, un amante de los seres vivos, un filósofo…

“Dos voces convocan al ser humano con una llamada tan imperativa que pocos de los que las escuchan pueden oponerse. Una de ellas es la voz de la religión, la cual nos ordena abandonar todo interés mundano y buscar la santidad, Dios y la vida eterna”, escribió en su libro “The imperative call” (La llamada imperativa).

Es precisamente lo que hizo cuando decidió instalarse en una finca en la cual hubo electricidad hasta hace poco tiempo. No le interesaba. “La otra (llamada) es la voz de la Naturaleza, la cual nos invita a llenar nuestros espíritus con la belleza y la maravilla y nos reta a descubrir algunos de sus más ocultos secretos”, dijo en la misma obra.

Amigo de los animales

Alexander Frank Skutch había nacido el 20 de mayo de 1904 en Baltimore, en el estado de Maryland (Estados Unidos). Su biografía dice que desde niño empezó a manifestar gran sensibilidad por los animales y las plantas, algo que el tiempo y los estudios se encargaron de reforzar.

A los 16 años, movido por su simpatía hacia los animales, dejó de comer carne. Luego, al enterarse de que la ganadería era uno de los enemigos más fuertes de la selva tropical, afianzó su defensa de los bosques.

Iniciada la década de 1930, el joven Skutch –ya con un doctorado en Botánica– viajó por Honduras, Guatemala, Ecuador, Venezuela y Costa Rica. Cinco años después conoció la tierra donde viviría, salvo pequeñas ausencias, hasta el final.

Llegó al Valle de El General en busca de plantas para colecciones de jardines botánicos estadounidenses y europeos. Aquella tierra lo conquistó.

“Compré 50 hectáreas en ¢5 mil”, dijo en una entrevista del 2001; las bautizó “Los Cusingos” en honor a una especie local de tucancillo. Allí había bosque primario, secundario, y tierra para cultivar. Era el sitio ideal para un enamorado de la naturaleza.

“Deseamos preservar y también beneficiar lo que amamos, hacerlo más feliz si es un ser vivo, o guardarlo fielmente si es algo inanimado”, decía.

Siempre interesado

En 1950 se casó con Pamela Lankester, quien dejó atrás las comodidades para acompañarlo hasta aquella parte del país. Hablar de Alexander Skutch es hacerlo de un científico insustituible, cuyas investigaciones abarcaron los hábitos de más de 300 especies de aves de todo el trópico americano.

Sin embargo, sus inquietudes también lo llevaron a escribir sobre mamíferos, insectos, reptiles, ética y filosofía.

“… Su obra filosófica es simultáneamente maciza y delicada, osada y congruente, sensitiva ante el dolor y estoica”, dijo de él el filósofo Constantino Láscaris.

El libro “Aves de Costa Rica”, escrito a cuatro manos con Gary F. Styles, es un texto de consulta desde su publicación y uno de los más populares de Skutch. Sin embargo, su producción literaria ronda las 30 obras.

“Cuando me preguntan cuál es mi pájaro favorito respondo que no tengo. Hay muchos que me agradan de manera especial pues son apacibles y viven en armonía. No le guardo cariño a los rapaces, por ejemplo, halcones o águilas”, contó en una entrevista del 2000.

Más naturaleza

Defendió hasta el final las riquezas de los bosques. Decía: “Necesitamos más parques nacionales donde la naturaleza, en todos sus aspectos, se conserve inviolada. Y en cada finca de más de unas pocas hectáreas debe haber un lote de bosque que suministre maderas, leña y refugio para muchos pájaros. Las cumbres de las colinas y las laderas muy empinadas deben mantenerse con su manto de bosque, para evitar el desgaste del suelo, conservar las aguas y proveer un refugio para la vida silvestre”.

En 1993, consciente de los impedimentos que la edad le ponía para cuidar su santuario, don Alexander acudió al Centro Científico Tropical, que le compró la propiedad y creó el Santuario de Aves Neotropicales “Los Cusingos”.

Allí seguirá viva su memoria. Aunque ya no esté físicamente, la herencia de Alexander Skutch vivirá en aquel bosque que aprendió a querer más de 60 años atrás.

Fuente: Al Día
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19 Mayo, 2004

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