Lourdes Quirós, una comerciante “de tiro”

Imagen: Lourdes Quirós, una comerciante “de tiro”

Impetuosa dama nos cuenta su historia, cargada de relevantes y jocosas anécdotas del San Isidro de antaño

Juan Diego Jara A.
prensa@perezzeledon.net


Doña Lourdes en su primer trabajo: la ferretería de Nicanor Hidalgo

Lourdes tenía apenas seis años cuando subió a esa avioneta en el aeropuerto de La Sabana. Solo sabía que junto con su familia –minutos más tarde– aterrizaría en un recóndito lugar llamado San Isidro de El General.

Hoy, 63 años después, acicalada en su negocio “La Novia Elegante”, en el mismo pueblo que de chiquilla pisó el polvo colorado y forjó su destino, la abordamos para conversar con ella unos minutos; sin embargo, el lapso se prolongó en horas, pues doña Lourdes, muy jovial y con la distinción propia de señora con clase, abrió sin reservas el libro de su vida, en cuyo prefacio pudimos leer “comerciante impetuosa”… Y esta es la historia.“Según mi papá veníamos para una ciudad y esto era charrales, trillos polvorientos y ranchos. Por recomendación de mi abuelo dejamos Juan Villas, ya que él trabajaba en la construcción de la carretera Interamericana y nos dijo que aquí los dólares rodaban, lo cual era pura mentira”, acotó doña Lourdes.

En efecto, era el año 1946, y la construcción de la carretera Interamericana estaba en su apogeo. De la avioneta bajaron don Enrique Quirós; su esposa Esperanza y sus hijos Eliécer, Álvaro, Angélica y la pequeña Lourdes.

Su abuelo llegó por ellos ese martes al mediodía al rojizo y rudimental aeródromo de San Isidro y de inmediato se montaron en la carreta que los llevaría a la parte alta del poblado, lo que actualmente se conoce como barrio Las Latas.

En el trayecto atravesaron labriegas callecillas, bajo un sol punzante, y divisaron el fragor y la algarabía del campestre comercio generaleño, colmado de caserones de madera, de surtos caballos en las afueras, de gente sencilla, pero a simple vista amena.

Y vieron la cantina de la esquina; la herrería; la pulpería; así como  el kiosco de Beto Badilla, la plaza de tierra carmesí y la “iglesia roja”, en síntesis, un entorno de colores sepia.

Cuando arribaron al barrio Las Latas, después de subir la cuesta, Lourdes sintió el crujir de los tablones de madera del rancho del abuelo, donde vivirían temporalmente atrincherados.

–¡Papá no me gusta este lugar!, exclamó Lourdes, con profunda aflicción.

–¡Pues salada porque le va a tener que gustar!, respondió el papá.

Y así fue.  A Lourdes no le quedó más que aceptar su estancia en el Valle de El General y poco a poco fue asimilando el nuevo estilo de vida mientras cumplía las faenas diarias.

“Llorábamos porque en la noche era un humarascal por todo lado, ya que la gente quemaba para sembrar. Teníamos que caminar un largo trecho para halar el agua de una quebrada y en la noche nos alumbrábamos con canfinera porque no había luz eléctrica”, acotó esta pionera.

Lourdes se fue adaptando a los vaivenes  de San Isidro de El General y pronto ingresó a la Escuela Mixta de Ureña,  –donde actualmente está el Centro Comercial Pedro Pérez Zeledón– ahí recibió clases de costura, de modales en la mesa y trabajos manuales.

“Vieras que donde está ahora el Instituto Nacional de Seguros (INS) había un potrero donde metían los caballos y las vacas. Lo llamaban “el fondo”, pues la policía echaba ahí las bestias que andaban sueltas por la calle y les cobraba 5 colones de multa a los dueños”, comentó.

Esta dama, de prodigiosas anécdotas, relató que los cafetales y los guayabales proliferaban en este pueblo con ínfulas de ciudad, pero copioso de un enigmático misticismo.

“Aunque pasamos muchas pobrezas, con el tiempo mi papá se independizó e hizo un rancho detrás del de mi abuelo. Luego hicimos una casa de madera, y cuando finalizó la construcción de la carretera, mi papá se dedicó a la agricultura, es más, él iba donde los Barrantes a arrancar maní”, narró.

Los perros del padrecito. Un hecho curioso que recuerda con humor Lourdes es a los perros del padre León, cura de procedencia alemana, quien arremetía con las fieras a todo carajillo que viera robando caimitos de los árboles de la iglesia.

“Donde actualmente está el parqueo de la catedral, nos íbamos en los recreos a comer caimitos y apenas escuchábamos a los perros, huíamos por un trillo de amapolas”, detalló.

Guerra del 48. ¡Cómo no recordar esa matazón!, aseveró doña Lourdes, quien le parece que fue ayer que vivió esos aciagos acontecimientos.

“Estábamos en el barrio Las Latas cuando nos dijeron que habían llegado los nicas y entonces mi familia y todo el vecindario salimos huyendo con lo que llevábamos puesto camino a Pedregoso, dimos una vuelta y salimos a San Rafael Norte por las montañas”, expresó.


A sus 69 años mantiene el carisma y la jovialidad de una gran señora

Huyeron a pie por el sinuoso sendero. Escucharon tiros a la distancia y se escondieron de los aviones que volaban casi a ras del suelo. Eran la siete de la mañana. Don Enrique (papá de Lourdes) padecía de una úlcera que le impedía participar en la guerra.  Esa vez, todos llegaron al refugio de San Rafael, ya de noche, donde unos conocidos les tenían baldes de leche agria, con los cuales se alimentaron. Ahí pernoctaron en un trapiche.

Pasaron varios días ocultos y, por protección, a los más chiquillos los metieron en una fosa común y los cubrían con ramas. “Ahí los güilas nos dormíamos. Nuestros padres debían salvaguardarnos ya que los nicas mataban a quien se le pusiera por delante”, aseguró Quirós.

Insólito suceso. Al parecer, había terminado la revuelta. Eliécer, el hermano mayor de Lourdes, escuchó que en San Isidro estaban repartiendo comida y juntos emprendieron la travesía por provisiones, más aún, porque su abuela urgía de cigarros: la mujer era una fumadora empedernida.

Llegaron al pueblo y divisaron un entorno de escombros, de dolor y de muerte. Muy  valerosos y sigilosos Lourdes y Eliécer atravesaron las callecillas solitarias todavía olorosas a plomo. Una densa neblina cubría San Isidro de El General y los hermanos vieron un humo negro más allá del río, y la curiosidad los atrapó…. Caminaron y se encubrieron detrás de unas piedras mientras veían cómo en la explanada la tropa verde victoriosa tiraba en una enorme fosa a los caídos.

“Andaban recogiendo muertos por todo el centro, por la plaza y hasta un caballo echaron encima. Le prendieron fuego y la carne de los cadáveres y del animal se retorcía”.

Asustados por la fatídica escena, Lourdes y Eliécer abandonaron el lugar. Consiguieron la comida y los cigarros de la abuela y retornaron al refugio. Pero callaron y guardaron el secreto de lo que vieron a sus padres.

Por fin la guerra había finalizado y la familia de Lourdes regresó al rancho, el cual estaba saqueado y con los horcones agujerados de bala.

“Por donde ahora es Cinco Esquinas, en Boston, lanzaron una bomba que originó un inmenso hueco que invierno se llenaba y nosotros nos íbamos a bañar ahí”, dijo.

Llegó la adolescencia para esta pionera y el sexto grado lo concluyó a 13 años en la Escuela 12 de Marzo. Decidió no ir al colegio porque la familia pasaba por una difícil situación económica y Lourdes consideró oportuno ponerse a trabajar para llevar dinero al hogar.

Es así como empieza a laborar en la ferretería de Nicanor Hidalgo, atendiendo clientes, vendiendo clavos, herraduras, monturas, hasta repuestos para carros, entre otros artículos.

Después trabajó en la extinta Puerta del Sol y posteriormente en la tienda de los Nassar… en fin, siempre estuvo involucrada en el comercio.

En cuanto al San Isidro de antaño, Lourdes señaló que era una sociedad de buenos valores y costumbres, aunque aclaró que no faltaban las mujeres de la mala vida y entre ellas recuerda a las Tepezcuintlas: Irene, Teresa y Milda, quienes satisfacían los lascivos deseos de los varones chollados y borrachines.

“A mí no me dejaban salir a ningún lado. Nosotros veníamos a misa a las 4:00 a.m. y la oportunidad para ver muchachos era solo en las fiestas del 15 de mayo”, arguyó con decepción Lourdes.

Mejor porvenir. Eliécer, compró un lote por la Escuela 12 de Marzo, donde la familia construyó una casa y fue así como dejaron el barrio Las Latas.

Lourdes conoció a quien por 39 años sería su marido cuando trabajó en la Puerta del Sol, hecho de su vida al que no quiso ahondar detalles, pues solo se refirió a él como un hombre que siempre ha sido trabajador y con quien procreó dos hermosas hijas.


Ella es la propietaria de La Novia Elegante en San Isidro de El General

En el tiempo que estuvo casada se dedicó a ser ama de casa, pero como siempre ha sido una mujer de arranque a quien le ha gustado manejar su propia “platita”, decidió ponerse a trabajar. Vendió un lote que le había regalado su esposo y lo cambió por un  pickup que le permitió tirarse a la calle a comercializar racimos de banano, yuca y naranjas que sembraba detrás de la casa.

Con el tiempo emprendió un nuevo reto como comerciante: alquiló un local en el centro de San Isidro al cual llamó Ropa Blanca. Para ello, pidió prestado una suma cuantiosa a don Beto Solís.

“–¿Cuánto necesita?, me dijo don Beto. Yo le respondí que me alquilara 350.000 colones, y él acepto, salvo con la condición de que yo le debía dar 18 mil colones en intereses cada tres meses por ese monto”.

Sin un papel, sin firma, don Beto confió en el carisma de la emprendedora mujer, quien de inmediato remozó el local, que estaba sin cielo raso, sin pintura y piso sin lujar.

A los tres meses recogió los 18 mil colones y se fue adonde don Beto a hacerle su primer abono. Lourdes saldó la deuda; al año le abonó 100 mil colones, y a los dos años le canceló.

Pese a las múltiples vicisitudes que vinieron después para esta gran mujer, nunca se amilanó. Por el contrario, hasta el día de hoy siempre ha salido adelante en todos sus proyectos empresariales.

Prueba de ello es que en la actualidad tiene su negocio La Novia Elegante, en el que alquila y vende las más finas prendas a todos los generaleños y habitantes de otros cantones de la región.

Las curiosas anécdotas de doña Lourdes no bastan en un artículo periodístico, pues el acervo que esta ilustre mujer encierra requiere de tinta gruesa para sellar la narrativa en un libro, en cuyo epílogo sería vital volver a escribir “comerciante impetuosa”.

 


8 Junio, 2009

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