Los viejos oficios que han ido desapareciendo

Gerardo Segura Monge no detiene el trabajo cuando su relojería, llena de contertulios, se transporta al pasado.

Carlos Monge
prensa@perezzeledon.net

Nos acogen arrebatos de nostalgia cuando recordamos cosas y personas que de alguna manera estuvieron asociadas a nuestra juventud y nuestros ancestros, pero todavía es posible que nos detengamos a admirar resabios de aquellos tiempos y disfrutarlos como algo que irá muriendo y no volverá.

Tal es el caso de los relojes viejos de cuerda, péndulo y mazas, que tanta sensación causaron cuando, de pie, sobre la mesa o en la pared, anunciaban con campanadas cada cambio de hora, como haciendo alarde de su parentesco con Júpiter quien, despojado a Eros de su dominio sobre el tiempo, consiguió la inmortalidad que lo convertía en el padre de todos los dioses.

Los relojes viejos, y con ellos la vieja relojería, van cediendo terreno a era tecnológica, primero con la saturación de relojes de bajo costo que requerían poco mantenimiento (muchas veces, a lo sumo el cambio anual de baterías) y después ante los celulares y diversos instrumentos, que proveen al usuario –ahora sin hacer distinciones sociales- de una hora mucho más exacta y constante que sus antecesores de hace unas décadas (o unos siglos).

Relojería del  recuerdo

En Pérez Zeledón no eran muchos los que podían comprar un reloj de 120 colones pagados a razón de ocho colones mensuales  y menos aún los que podían lucir uno fino, de marcas como Rolex, Cartier, PatekPhillipe, Gucci, Tag o Audemars Piaget, todavía considerados como un tesoro, así se trate de uno fabricado en 1920 o en el 2012, por su precio, calidad, belleza y distinción.

Pero los hubo y ahora también los hay; y si alguno necesita reparación, todavía quedan relojerías donde se lo pueden desarmar y volver armar, para su mejor funcionamiento, ya se trate de un artefacto compuesto por una veintena de piezas o por dos mil, cuando el aparato es más complejo.

Es el caso de una relojería situada a 80 metros al este del Complejo Cultural de San Isidro de El General, donde Gerardo Segura está siempre al frente de su mesa, lupa y herramientas para piezas diminutas en mano, y sin detener la conversación que tenga, está dispuesto a iniciar el casi siempre lento proceso de resucitar alguna vieja (o nueva) máquina del tiempo.

La Relojería Segura tiene dos particularidades que obligan al viejo que de pronto siente arrebatos de nostalgia: una colección de relojes despertadores, muchos de ellos de marca y algunos completamente metálicos y la oportunidad de sentarse en un escaño a escuchar a su dueño y sus contertulios hablar de tiempos pasados.

“Acabo de vender en 120 mil colones un reloj Soler que hace 45 años valía mil doscientos colones a pagos”, dice Segura. Sus visitas hablan y Gerardo Segura tercia en la conversación,  sin abandonar el reloj en que viene trabajando. Los relojes callan; de otra manera, el tic tac de decenas de relojes haría imposible la conversación.

El péndulo incesante

Pero lo que más llama la atención, en la Relojería Segura, son los relojes de péndulo o mazas que cuelgan en la pared o esperan, de pie o de sobremesa, que los reparen.  Hay verdaderos tesoros –para los coleccionistas- por sus máquinas, por su antigüedad, por los decorados, por las maderas. Uno de ellos, alemán, propiedad de un gringo y de madera desconocida para cuatro personas que están presentes, fue fabricado hace 145. Segura llevó unas piezas para que le corrijan un desgaste y luego –con la ayuda de alguien, porque las mazas (que son las que mantienen en funcionamiento y le dan el ritmo adecuado a la máquina) pesan demasiadísimo.

De los contertulios es Pedro León el que más sabe; nadie le va a meter un diez con hueco cuando se le habla de política, porque ya estaba en pie de armas durante la Revolución, y recuerda los detalles de cada Gobierno con fechas, horas y minutos.

Detenerse un rato en la Relojería Segura es un hermoso viaje al pasado, con el escenario a mano y los actores en vivo, junto a las maquinillas del tiempo; un momento de nostalgia por el presente y por el futuro, más que por el pasado, conducido por uno de aquellos maestros relojeros a quienes, se les ha considerado los “aristócratas de la mecánica”.

Aquí es posible convivir entre relojes que, con sus guiños equívocos de adelantos o atrasos, también develan historias sobre sus dueños y sus ámbitos”. Un estudioso de la relojería, Luis Novizky, afirma que al abrirlo, uno puede decir si ese reloj estuvo en el dormitorio, en una cómoda, porque los aceites se impregnan de perfume.

También conserva el olor de un cenicero, si estuvo en un lugar en que la gente fuma mucho. Si su espacio fue la cocina, estará impregnado por la grasa. Los viejos relojes del ferrocarril, donde había estufas con carbón de coque, tienen la madera como barnizada, revestida de grasitud por las emanaciones del carbón. El reloj también descubre cómo fue cuidado por su dueño y por los distintos relojeros que metieron mano: prolijos, chapuceros o directamente asesinos. Un reloj siempre habla”, dice Novizky. Todavía podemos comprobarlo.


22 enero, 2013

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