Los Barrantes conmemoraron el arribo de un patriarca

La Angélica, casa patrimonial.

Carlos Monge
prensa@perezzeledon.net   

N
umerosa y extendida hasta más allá de los confines del Valle de El General, la familia Barrantes se reunió ayer en la casona La Angélica para conmemorar el centenario de la llegada de Joaquín, un patriarca visionario, a lo que hoy es Pérez Zeledón.

Bueno, no toda la familia; sólo algunos centenares de sus miembros. Porque hay Barrantes de todos los tamaños y edades; de todas las profesiones y oficios;  en la ciudades y en los pueblos y en los campos; en la política y la religión; en los complejos cargos públicos y en la nunca bien reconocida labor doméstica; en la ciencia y en el agro…

"La familia" no; sólo algunos centenares de sus miembros.

“La familia” no; sólo algunos centenares de sus miembros.

Fue una fiesta de abundancia en atenciones; de reencuentro y encuentro; de saludarse muchos después de diez, veinte, cincuenta, años de no verse; de conocer a muchos de los que se oía pero a los que no se conocía; de identificar a amigos con los que no se sabía que existía parentesco; de conocer a otros –un sinfín de caras nuevas- que hoy vienen a fortalecer la sociedad generaleña.

Joaquín Barrantes Retana  se estableció en Pedregoso por los días de agosto de 1913, cuando en  El General apenas comenzaban a perfilarse las primeras socolas de subsistencia y desarrollo. Llegó atormentado –como tantos otros pioneros- por las limitaciones económicas características de aquellos inicios de siglo en lo que hoy es el cantón de Dota; pero llegó para cambiar el mundo.

El más popular de los Barrantes, el Arsobispo, viendo una foto de familia.

El más popular de los Barrantes, el Arzobispo, viendo una foto de familia.

Establecido en una finca de 100 hectáreas, cuando San Isidro no era más que cuatro ranchos pajizos y un trillo que comunicaba los sectores de General Viejo y Palmares con San Ramón y Santa Rosa, se entregó a la agricultura y la ganadería. Tabaco, maíz, ganado y chanchos, para venderlos, más otros diversos cultivos para la alimentación.

Fue una labor de gente recia y fuerte espíritu. Transportar los productos por la vía de Dominical, por trillos y en lanchas, pera comercializarlos en Puntarenas, no era menos difícil que acarrearlos por entre los zanjones, raigambres y barro a punto de congelación de la Picada de Calderón, por el Cerro de la Muerte.

Un día para pasarla bien.

Un día para pasarla bien.

Pero cinco años de mucho trabajo, buena cabeza y un golpe de fortuna, le permitieron posicionarse como un empresario agroindustrial fuerte. Compró en Las Quebradas (hoy Morazán) que le ofrecieron de oportunidad, y entonces también puso trapiche, intensificó la agroindustria tabaquera y aumentó la agricultura y el ganado.

Y así pudo llevar a los güilas (tuvo trece hijos) a pasear a Puntarenas;  y ponerlos a estudiar; y construir la casona La Angélica (patrimonio cultural) y convertirse en un mecenas a quien hoy todavía muchos recuerdan, por brindar a otros miembros de su familia apoyo económico, para que pudieran estudiar.

En la celebración de ayer se estableció un enlace con las generaciones más jóvenes, que hablarán de Joaquín y de la abuela, Angélica Elizondo Chinchilla, para que no olviden sonar las campanas en el bicentenario de su arribo al Valle de El General.
 


18 agosto, 2013

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