Llegué a sexto con muy buenas notas, descalza y sin uniforme…

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Xinia Zúñiga Jiménez

xinia@perezzeledon.net

¡Que lindo! cuando un día nos sentemos todos y todas a comer en una mesa tan grande que quepan pobres y ricos, gente de toda raza, color y religión; donde nos miremos a los ojos sin avergonzarnos del que tememos al lado.

Un piso de tierra, un fogón encendido, una mañana calurosa del mes de abril, en un humilde ranchito de pedazos de madera y techo de paja, a las once de la mañana, abrí mis ojos a este mundo, mis lágrimas surcaron mi pequeño rostro, como augurando una vida que no iba a ser muy fácil, pues no fui bien recibida por mi condición de mujer. Mi madre, una mujer sola con cuatro hijos más tres varones y una mujer; “no quería tener mas mujeres”, ese era su decir.Mi infancia transcurre en época de posguerra ya que nací en el año 1947, a dos años de finalizada la II Guerra Mundial, y ahí no más, estalla la Guerra Civil de 1948.

Mi madre, una invasora de tierras, junto a otras mujeres tomaron una faja de terreno municipal en Goicoechea y levantan sus ranchitos de cartón y latas, mujer sin ningún grado académico, ni “conociendo la o por redonda”, como decía ella; campesina, viuda de un nicaragüense soldado sandinista, de los primeros y originales guerreros que se levantaron con Sandino contra la dinastía de los Somoza.

Él vuelve a Nicaragua, dejándola abandonada, ella tiene que hacerle frente a la crianza y educación de esos cuatro muchachos lavando ajeno, limpiando casas y otros trabajos de servidumbre. Así es como siete años más tarde conoce a un seminarista fraile franciscano y nazco yo, siendo abandonada por este hombre y obligada a no contar lo sucedido, pues este señor no quiso reconocer la criatura que al mundo vendría.

Una boca más que mantener, y no muy bien recibida por sus otros hermanos. Carita sucia, pies descalzos, una infancia con grandes privaciones tanto materiales como afectivas. Contaba con apenas dos añitos de edad cuando tuve mi primer encuentro con lo común de la niña marginal, una agresión sexual. Mi madre, presta poco o ningún interés al asunto. Pasaron tres años más, y vuelvo a caer en manos de un abusador. Este individuo hizo fama en Costa Rica por sus violaciones en la década de los cincuentas.

Él, ya tenía días de merodear nuestro humilde barrio, repartiendo regalos y dinero a los niños a cambio de algunos “mandados” y “favores”. Cierto día, de esos muy comunes entre los pobres más pobres, cuando la despensa amanece vacía, a la “ingenua” de mi madre le da un poco de dinero, y sale muy contenta a comprar algo para el desayuno, dejándome a merced de aquel individuo. Este, me tomó y me metió en medio de sus piernas, y comenzó a toquetearme, y hacerme cosquillas, yo, como niña despabilada, ya había escuchado de ciertas aberraciones y mañas que se le atribuían a este hombre en particular…

¡Le solté un mentonazo de madre a todo galillo, y le grité sátiro!
El tipo me soltó, y huyó del lugar.

No volvió a nuestro barrio, hasta que en un intento de violación, la víctima, un muchacho, luchó… y el violador, al verse perdido, se suicidó.

Así pasan los primeros veranos e inviernos de mi vida, con muchas ganas de estudiar, llega el primer día de ir a la escuela Pilar Jiménez, me levanto muy alegre, faltándome un mes para mis siete añitos mi madre me pone el uniforme, un cuaderno y un lápiz… y para la escuela.

Pero a mí, nadie me encaminó en aquella ocasión, como a otros niños y niñas, así que me perdí en la escuela y por azar entré al aula donde estudiaban los niños y niñas más acomodados de Guadalupe; imagínese que sería para mí ese año, con una maestra a la cual mi pobreza le chocaba, pero no para bien sino para humillarme.

¡Lógicamente, perdí el año!

Volvió mi madre a matricularme en primero, esta vez las cosas cambian, mi maestra, en aquella ocasión, se fija en mi condición y de manera muy cortés me mandaba a su casa cerca de la escuela a traer el café de las nueve para ella, y de rebote, mi desayuno. Así, las cosas toman un rumbo diferente, pues llegué a ser la primera de la clase.

El director de la escuela llega y nos hace un examen, cuando los directores eran directores, saqué un diez y una felicitación. Pasé a segundo grado con notas de honor.

La niña comienza a triunfar, pero, siempre el pero, mi madre ya mayor, con una vida un poco golpeada, hijos con problemas de drogadicción y alcoholismo, no me matricula el siguiente año, sino que me envía a vivir donde una pariente cercana en una barriada de Tibás.

Comienza un calvario para mí, pues a mis ocho años soy abusada por el marido de ésta, yo, cuando llegaba de noche me sentía morir de miedo.

Así, asistía la escuela de Tibás. La maestra no entendía por qué yo no podía concentrarme y me regañaba. Una de esas tardes, llegó un hermano mío a visitarme, y me encontró tan delgada que me preguntó por qué estaba así, y yo le conté todo. Furioso al enterarse de los abusos, le miente a mi pariente, diciendo que me iba a dar un paseo, llevándome de vuelta a mi casa. Lo que resta del año, tengo que ganarme algún dinero, haciendo mandados y ayudando en casas. Esto me lleva a la casa de una maestra, ella, que era una excelente persona, me pregunta si quiero seguir estudiando, y le digo que sí. Ella me ayuda a matricularme el año siguiente en la Escuela Betania de Montes de Oca en tercer grado, no le fallé, y llegué a sexto con muy buenas notas, descalza y sin uniforme, así pasé mis años de escuela.

El día de la graduación un pariente me regaló el vestido y los zapatos, pues en aquellos días las mujeres se graduaban con vestido blanco… y como el primer día de clases, yo, Dios y mi alegría.

En secundaria, asistí un trimestre al Liceo Vargas Calvo, con grandes ilusiones pues quería ser doctora, pero mi madre me sacó del colegio, porque los zapatos que llevé, que eran de segunda, se me rompieron.

A la edad de catorce años, trabajé en varias casas, y saqué permiso del Patronato Nacional de la Infancia y entré a trabajar al Gallito Industrial, que por aquellos días quedaba en Guadalupe. Con mis primeros salarios y mucha alegría, le puse luz eléctrica a mi casita, que comenzó a dignificarse, me matriculé en el Liceo Nocturno de Costa Rica. Cuando salía del trabajo, me iba a estudiar, todo iba muy bien, pero mi madre, que siempre prefería a los varones, no colaboraba conmigo eficientemente; cuando regresaba por la noche, no encontraba nada de comer, además de un ambiente netamente opuesto. Tuve que salir del colegio como siempre, las alternativas para un o una adolescente en lugares de riesgo social, son muy, pero muy pocas.

Conocí al que sería el padre de mis tres hijos, un hombre de una familia de cierto renombre a nivel comercial por sus haciendas ganaderas, con apenas 16 años me embaracé de él, ya que no entendía ni lo que hacía, pues en aquellos días, había mucha inocencia e ignorancia con respecto al sexo; él me propone que tome un medicamento que para que me “viniera la regla”.

Yo no lo permití, pues estaba contenta de tener un hijo. Por presiones y temor a mis hermanos, que eran de “armas a tomar”, nos casamos por la vía civil, ese mismo día, me dejó con mi madre, y se fue de luna de miel con un amorío que tenía en su tierra natal.

Aquí, dio inicio para mí, un penoso calvario que duraría diecinueve años, diecinueve oscuros inviernos de humillaciones por mi estrato social, en medio de todo esto, se procrearon tres hijos de los cuales me siento muy orgullosa, pues en ellos plasmé parte de mis sueños, ya que son ciudadanos que hoy le sirven a la patria. Un médico, un abogado, y un estudiante de ingeniería de sistemas, que a la vez tiene otros títulos técnicos.

Dios y mi Ministerio me han permitido viajar por varios países en América Latina, en varios encuentros y seminarios.

Contraigo nupcias por segunda vez después de catorce años de divorciada, con un individuo que supo muy bien disfrazarse hasta de cristiano, pero con un pasado de alcoholismo y violencia. Yo, con cincuenta años, sucumbí como una adolescente, pero cual sería mi sorpresa, tras descubrir en los primeros días de la relación, que este hombre tenía una obsesión enfermiza con su hija. No pudiendo superar tal situación, comenzó a agredirme sicológicamente, de una manera tal que mi salud se comienza a deteriorar, hasta que de nuevo, con la ayuda de mi hijo el doctor, este individuo abandona mi casa al año de casado.

Yo, como persona creyente en Dios y el matrimonio, permití que este individuo me siguiera visitando con la esperanza de un arreglo, pero la oposición de su hija no permite que nada fructifique.

Deplorablemente, él me quería utilizar como amante, lo cual no acepté. Uno debe de darse a respetar y no permitir abusos, por esto, me divorcié; por respeto a mí misma y ejemplo a las mujeres con las cuales trabajo para enseñarles que no debemos estar atadas por cuestiones morales ni religiosas a quienes nos lastiman.

Mi trabajo en esta comunidad de veintidós años es voluntario, pero creo que si Dios me ha dado tanto, quien mejor para entender el contexto de un Barrio marginal, que quien viene de ahí, despegué de un piso de tierra hasta las alturas… como el águila.

Miles de estudiantes ingresarán este año a la escuela o el colegio, pero ¿cuántos aprovecharán esa oportunidad que les dan sus padres?.

Pensemos en “niñas” como Miriam, quienes no pudieron cumplir sus sueños por no tener las condiciones económicas aunque fueran mínimas para terminar la secundaria y no desaprovechemos ese valioso tesoro que nos dan nuestros padres: la educación.


23 Enero, 2006

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