Las mil y una dulces sensaciones de un trapiche

Trapiche Semana Cívica de Valores 2015, Pérez Zeledón.

Carlos L Monge B
prensa@perezzeledon.net

Año a año, durante los días de celebraciones de la Semana Cívica de Rescate de Valores de Pérez Zeledón, los generaleños tienen la oportunidad de acercarse un trapiche instalado en el propio corazón de San Isidro e ir probando, a lo largo del día, la mágica transformación de un jugo que va adquiriendo la consistencia del dulce de la panela, al calor del fuego.

Difícilmente puede imaginarse, el que endulza una taza de café con un azúcar refinada o en cubitos, la extensa y laboriosa tarea que significa convertir el caldo de caña en el dulce que sirve de materia base para la fabricación del azúcar.

Esos bueyes parecen los de Nayo. ¡Cuántas sensaciones dulces, en un trapiche!

Esos bueyes parecen los de Nayo. ¡Cuántas sensaciones dulces, en un trapiche!

Lo saben, eso sí, los campesinos que tienen finca y cañal y bueyes y trapiches, de una forma tan sabia y sistemática, que pueden hacerlo en conjunto y sin ponerse de acuerdo, como lo hacen los trapicheros que deleitan a la gente que se va acercando a que la inviten ora al jugo que va cayendo, ora a las espumas de aire dulce que se forman en el caldo cuando hierve, o a la miel exquisita y reconstituyente, cuando el contenido de la paila se va espesando.

Es un proceso: tener la caña disponible, enyugar los bueyes, arriarlos e ir introduciendo por una abertura que da a las muelas del trapiche, una a una, hora a hora… hasta que se termine toda la carga calculada para llenar la paila. Encender la hornilla y pazconear (ventilar la miel para que no se salga de la paila, como ocurre con la leche cuando está hirviendo), minuto a minuto, hora a hora… hasta que la miel dé el punto de cristalización.

Macho Gurbia muestra una muela para manipular gruesas trozas de madera, que tiene más de 100 años.

Macho Gurbia muestra una muela para manipular gruesas trozas de madera, que tiene más de 100 años.

Y lo hacen en conjunto, aunque a veces no se conocen.  El trapiche es de Chilo; los bueyes de un muchacho de San Rafael Norte (posiblemente Nayo), porque traer una yunta de bueyes desde lejos es muy caro. Chilo de Santa Rosa, Nayo de San Rafael, dos trapicheros del lado de Rivas; uno de la Calle de Licho… y Macho Gurbia (Héctor Rodríguez Ruiz), nieto de Juana Gurbia, procedente de El Águila de Pejibaye.

Ni saben cómo se llaman; pero todos acuden unidos por una misma causa: contribuir con la Asociación de Inquilinos del Mercado Municipal y la Terminal de Buses de Pérez Zeledón, en su esfuerzo porque estas tradiciones –asociadas a los valores de los abuelos- no se pierdan.

Todo sale de sus bolsillos; son todo generosidad y un derroche de orgullo que van heredando, como lo muestran dos lindas muchachitas que se acercan a abrazar al abuelo –Chilo- en un gesto que –visto más de cerca- resulta alentador.

Saben enyugar los bueyes, trabajar el trapiche y elaborar la panela; pero quién sabe si están enterados que el dulce fue  uno de los primeros productos industrializados en lo que hoy es Pérez Zeledón. Ni que, antes de que hubiera trapiches, los pioneros tuvieron que endulzar sus bebidas con caña picada en pedacitos, hervida; y si estaba entre sus posibilidades, extraer el caldo para hacer miel, con un majador.


11 Septiembre, 2015

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