"La discapacidad me liberó de las demás ataduras"

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“Mi marido no me aceptó en sillas de ruedas. Eso fue algo que yo no esperaba y un problema que no pude resolver por más que me esforcé. Él me trataba como un objeto inservible, me humillaba y cuando empezó a utilizar armas de fuego para amenazarme de muerte, yo me asusté mucho”

Xinia Zúñiga Jiménez
xinia@perezzeledon.net

“Mi historia se originó en una finca de La Balsa de Canjel, a tres horas a caballo del Puerto de Canjelito, en la parte puntarenense de la Península de Nicoya. La casa que me vio nacer estaba hecha de tablones de pochote y cerca del agua, porque los campesinos hacemos nuestras viviendas cerca de ríos y quebradas, para que no les cueste tanto acarrear el agua. Allí nací el 6 de noviembre de 1952, al pie de una montaña y a orillas de una quebrada.Esa es una zona húmeda y caliente, está llena de zancudos y purrujas. Esos bichos nos atormentaban día y noche, particularmente en invierno. Vivíamos muy lejos y con muchas dificultades. Sin embargo, la cercanía con la montaña y la quebrada tenía sus cosas buenas. A mí me gustaba mucho escuchar la música que hacía el agua al caer de uno de los tantos saltos que tiene la quebrada Canjelito, cuando bajábamos a la posa a lavar la ropa o a bañarnos. Me gustaba despertarme con el canto de los pájaros y de los congos, con el bramido de las vacas y los terneros llamando al ordeñador, y él con rue, rue, rue, de los cerdos pidiendo comida. Me hacía mucha gracia ver a Bongo, el perro de la casa, correteando por el patio todo lo que se le ponía enfrente. Todo eso me encantaba.

En ese lugar lleno de contrastes crecí. Soy la hija número seis de una familia de ocho varones y siete mujeres. Mi papá es oriundo de Santiago de San Ramón y llegó a Canjel en 1938, en busca de vida. En La Balsa conoció a mi mamá, y se casaron el 1° de enero de 1941, cuándo él tenía 21 años y ella 18. Mamá nació en Santa Elena de Guacimal, y vivió en muchos lugares antes de llegar a La Balsa, porque mis abuelos maternos viajaban de un lugar a otro buscando trabajo.

Mis obligaciones empezaron desde que era muy pequeña. Tendría unos tres o cuatro años, porque apenas podía alcanzar la hamaca de gangoche donde tenía que mecer y darle chupón a José el más pequeño de la familia. Además de ayudar en los quehaceres de la casa, también me mandaban a la montaña a buscar hojas de raspa para lavar las bancas y los molederos y escobilla para barrer, porque las escobas de millo no las conocíamos. También cortábamos hojas de plátano, porque en el campo las hojas de plátano son muy utilizadas, ya sirven para muchas cosas: en ellas se palmean las tortillas y se envuelven para guardarlas, se envuelven los almuerzos de quienes van a trabajar al campo y se envuelven los tamales. A los campesinos nos gusta mucho el almuerzo envuelto en hoja, porque le da un sabor y un olor especial a la comida. También tenía que sacar y jalar agua del pozo que mi papá hizo cerca de la casa, al que llegábamos por un trillo hecho a pura macana.

En esa época y en esos lugares, los caminos eran senderos transitados sólo por caballos y carretas de bueyes. El que no tenía ni caballo ni carreta, a batir barro a pie. Cuando cumplí ocho años entré a primer grado en la escuela de La Balsa, que quedaba a una hora a pie de la casa. En el invierno caminaba entre el barro, el monte y las espinas y en el verano, el polvo era tan caliente y había tantas piedras, que regresaba a la casa con los pies quemados y rotos. Aunque la escuela me gustaba mucho, y fue allí donde aprendí a leer y a escribir, sólo pude llegar hasta tercer grado. Cuando tenía que empezar el cuarto grado, Amalia, mi hermana mayor se casó y quedé yo como la mayor de las mujeres. Como mi mamá tenía siempre un chiquito pequeño o estaba embarazada, yo crecí haciendo todas las labores de la casa, con mi hermana Lidia como ayudante, que era la que me seguía.

En la finca de mis papás había de todo y lo que más había era trabajo. Cocinar era muy difícil porque se requería un proceso larguísimo que a mí me parecía muy cruel. Para hacer las tortillas había que empezar por destusar el maíz, desgranarlo, cocinarlo con ceniza, lavarlo, molerlo en una máquina manual para sacar la masa con que se preparan las tortillas. Lo mismo pasaba con los frijoles, el café y el dulce. Las verduras las sacábamos a pura macana, el queso lo hacíamos en la casa con leche de las vacas de la finca, y cuando queríamos comer carne, teníamos que correr por un buen rato detrás de una gallina para agarrarla, matarla, desplumarla, destazarla y cocinarla. Otros de los trabajos duros era lavar la ropa que los hombres usaban para trabajar en el campo, que era mucha y muy sucia. Lavaba a mano en una batea de madera junto a la quebrada. Como si fuera poco, cuando mis hermanos varones estaban muy ocupados, también me tocaba encerrar los terneros, arriar las vacas y ordeñarlas. Nunca nadie me preguntaba si tenía mucho que hacer, para pedirme que hiciera algo adicional. Me enseñaron a obedecer sin protestar y a no disponer nunca de nada sin pedir permiso.

Cuando tenía 15 años me dio una apendicitis y me puse muy grave. Para llegar al Hospital San Rafael de Puntarenas, tuve que viajar tres horas a caballo hasta Canjelito, el puerto donde cogíamos una lancha. De allí se tardaban tres horas en la ruta Canjelito-Puntarenas, si es que la lancha no se desviaba para recoger pasajeros en Puerto Til. Yo sentía que me iba a morir, llegué al hospital y hasta al día siguiente me operaron. Estuve una semana internada en un salón muy grande, donde conocí a muchas personas. Las mujeres que estaban allí me contaban sus historias y así fui enterándome de que había otras cosas en el mundo, que no todo era lo que yo conocía en la finca. En esa semana, dos de las mujeres que estaban en el salón murieron. Nunca podré olvidar los gritos de Rita, una mujer que sufría de problemas de la vesícula, pidiendo que la salvaran, que no la dejaran morir.

Cuando salí del hospital, nadie en mi casa pudo llegar a buscarme. Entonces una comadre de mi mamá que vivía en Puntarenas, me recogió y me llevó para su casa. Ellos eran una pareja con dos hijos que estaban en el colegio y tenían una pulpería que el marido de ella atendía. Ella se apuraba con el trabajo de la casa en las mañanas, para ir a ayudarle al marido en la pulpería. Allí yo me sentía tan bien, que no quería regresar a la finca. Cuando regresé ya las cosas no eran iguales para mí, ya no me hacían gracia los animales que cuidaba, perdí interés por los pollitos, los chanchitos, por la ternera y por el potro. Sólo pensaba en irme para liberarme de tanto trabajo, de tantos deberes y obligaciones.

Pero, qué pasaría con las otras hermanas si yo me iba. Seguirían ellas mi ejemplo y se irían también. El sólo pensar en eso me hacía sentir culpable y no me dejaba irme. Los problemas con los hermanos fueron cambiando. El mayor se casó y el que le seguía era borracho y peleón. Luego mi abuela paterna sufrió un derrame y se vino a vivir con nosotros. Como había que cuidarla, la familia de mi papá se comunicó con nosotros, y entonces mi tía Ofelia, que tenía dos pares de gemelas de tres y un año, se vino a vivir a la finca. Después llegó tío Daniel con toda la familia y tío Jacinto. Como la finca era grande, papá les hizo ranchos bien separados a los tres.

Cuando yo tenía 18 años, nos pasamos a una finca en el centro del pueblo. Allí teníamos una casa con cañería y ya no tenía que jalar el agua. La abuela seguía viviendo con nosotros y entonces Adolfo, el menor de mis tíos compró una finca en Moras y a veces se llevaban a la abuela en carreta para la casa de ellos.

Con tan sólo veintiún años tomé una decisión muy seria, casarme. Corría el año 1973 y ya para ese entonces todos mis hermanos mayores se habían casado y se habían ido a vivir lejos. Yo pensaba que al casarme mi vida iba a mejorar, pero mi vida no cambió para nada. Me tuve que ir a vivir a San Pedro de Nandayure, a cinco horas a caballo de la casa de mis papás por la costa.

Mi marido era un hombre autoritario y machista, y en el matrimonio seguí cargando con obligaciones y responsabilidades. Yo nunca supe cuáles eran mis derechos, no sabía que tenía derecho a ser tratada como una persona y no como una bestia de carga. A los dos años de casada, el 10 de abril de 1975 nació mi hija Sandra. Me mejoré en la casa y sola, porque ese día el puesto de salud estaba cerrado y cuando mi esposo regresó de buscar un carro para llevarme al hospital de Nicoya, ya la niña había nacido. Yo no tenía comunicación con nadie que pudiera orientarme y todo ocurrió por obra de la naturaleza. La niña me dio una razón para seguir luchando, en ella encontré un motivo para sentir mi pesada vida más liviana. El 29 de marzo de 1980 nació Nelson, mi hijo, en el Hospital de San Ramón. Tuve que ir a mejorarme a San Ramón, porque había tenido un embarazo muy difícil. En Nelson encontré otro motivo para vivir.

Pero Dios marcó mi vida para siempre el 22 de noviembre de 1988. Cuando sólo tenía 36 años me caí de un árbol, me fracturé la columna y quedé parapléjica para toda la mi vida. Estuve inconsciente algunos días y durante quince semanas, estuve completamente inmóvil, viendo pasar los días en el techo de una habitación del hospital de La Anexión, en Nicoya. Cuando pregunté qué me había pasado, me dijeron que me habían encontrado inconsciente debajo de un palo de naranja. Nunca he podido entender que me pasó, no recuerdo nada de ese momento. Yo estaba acostumbrada a ir a recoger frutas. Pero eso me pasó y así es la vida.

Cuando los médicos me autorizaron para recibir terapia, me advirtieron que no volvería a caminar. Entonces empecé una lucha muy grande para aprender a valerme sola de nuevo. Después de cuatro meses en el hospital, regresé a mi casa en marzo de 1989 muy contenta, porque cuando le solicité a los médicos que me dejaran ir a pasar Semana Santa, ellos me dieron la salida definitiva diciéndome: “ ya aprendiste a manejar bien la silla y hay otras personas esperando el campo”. En el hospital vi muchas cosas, allí conocí a dos primos míos, uno de 13 años que se había caído de una bicicleta y quedó por mucho tiempo como un vegetal, y otro de nueve años que operaron de la columna.

Regresé a la casa con muchos deseos de luchar. Aprendí de nuevo a ocuparme del trabajo de la casa, lo que significaba un gran esfuerzo para mí, ya que sólo podía moverme de la cintura para arriba. Yo estaba dispuesta a luchar y eso no habría sido tan difícil, si hubiese tenido el apoyo de mi marido. Para él no valía nada el esfuerzo que yo hacía por adaptarme a mi nueva vida, por aprender a hacer los oficios desde mi silla de ruedas. Mi marido no me aceptó en sillas de ruedas. Eso fue algo que yo no esperaba y un problema que no pude resolver por más que me esforcé. Él me trataba como un objeto inservible, me despreciaba, me humillaba y cuando empezó a utilizar armas de fuego para amenazarme de muerte, yo me asusté mucho. Con tanta agresión yo me sentía agonizar, hasta que llegó el día en que no pude soportar más y tome la decisión de marcharme. Ya habían pasado cinco años de agonía y de sacrificios y confiando en la Divina Providencia, un día de 1994 le pedí a mi suegro y a mis cuñados que me ayudaran a escapar y ellos me ayudaron. Mi suegro ha sido cómo ángel de la guarda para mí.

Aventurándome a un mundo desconocido, en una silla de ruedas y con mi hija y mi hijo adolescentes, me vine para San Ramón de Alajuela, buscando un lugar fresco y tranquilo. Aquí vive mi hermano Benito, quien me brindó techo y comida mientras conseguía una casa para vivir. Empecé a buscar una casa en donde vivir con mis hijos, y gracias a Dios, a mi hermano y a mi suegro, al poco tiempo pude comprar mi propia casa. Fue así como a mis 42 años empecé una vida nueva, en un mundo desconocido para mí y que a pesar de mi discapacidad, soy mas libre que antes. Aquí yo puedo decidir lo que quiero o no quiero, vivo cada día y es un misterio en el cual Dios se identifica conmigo y yo con Él.

En 1997 y por insistencia de algunos familiares, fui a San José en busca de medicina para mi discapacidad. Yo nunca había ido a San José, no conocía. En ese entonces visité a un masajista y a un quiropráctico, pero ambos me dijeron que había pasado mucho tiempo y que no se podía hacer nada para que volviera a caminar. Pero yo nunca me he rendido, poco tiempo después me llegaron a ofrecer unos suplementos vitamínicos, con la promesa de que me proporcionarían salud y trabajo. La idea me encantó pues necesitaba las dos cosas. Como la compañía que los distribuye trabaja con redes de vendedoras afiliadas, enseguida me afilié y empecé a consumir los productos. Mi salud mejoró bastante y aunque no pude volver a caminar, mis contracturas mejoraron, mejoró mi trabajo y con ellas mi salud emocional y espiritual.

En esa época la compañía ofrecía a sus afiliadas y afiliados, algo que se llamaba escuelas de sicología”. Para mí esas escuelas fueron maravillosas, allí conocí gente de todo el país. Recuerdo que el primer día, cuando la sicóloga empezó a trabajar con el grupo en el que estaba yo, me sentía perdida, no entendía nada, pero ya al final del día empecé a ubicarme. Las escuelas me ayudaron muchísimo, porque no sólo conocí mucha gente, sino que conocí gente muy especial que me apoyó mucho. Recibimos cuatro talleres, uno por mes durante cuatro meses. El último lo hicieron en el Hotel Meliá Playa Conchal y fue muy divertido, porque estuvimos “juntos pero no revueltos” mujeres y hombres y fue un show tremendo, nos divertimos muchísimo. En las escuelas también conocí a María Eugenia y Maritza, dos hermanas con discapacidad y más o menos de mi edad. Ellas son personas muy especiales, que irradian una luz de fortaleza que contagia. Siempre las recuerdo y conservo su amistad.

Las escuelas también me motivaron a integrarme más a la comunidad donde vivo. Aquí me siento aceptada por los vecinos, ellos me apoyan mucho, y los dirigentes, casi sin conocerme, me tomaron en cuenta. Ahora estoy comprometida en un comité y soy miembro de una directiva cantonal. Me siento útil, dueña de mi vida, decido lo que puedo y quiero hacer, me siento aceptada y así si vale la pena vivir.

Para sobrevivir he tenido que aprender a hacer muchas cosas nuevas, entre ellas a coser y eso es parte de mi trabajo actualmente. Confecciono ropa, la arreglo, hago remiendos, y así me ayudo y ayudo a quienes me apoyan. Después de la vida tan difícil como la que me ha tocado vivir, ahora vivo cada día con una esperanza nueva, encuentro mi vida linda, porque comparto con mis amigos y amigas. Tengo a mi hija, a mi hijo y un nieto de cinco años. Nelson, mi hijo de 24 años, vive conmigo, me acompaña y me apoya. Disfruto de la tranquilidad de que nadie me volverá a agredir, participo en actividades religiosas de la comunidad y ya empecé en la iglesia la comunidad de comunidades. Cada día que pasa aparece más trabajo para subsistir, no tengo un buen salario, pero sí más y mejores amigos, personas que me invitan a salir de paseo a lugares como parques, volcanes y playas, donde puedo disfrutar de lo maravilloso de la naturaleza.

Yo les digo a quienes hayan sufrido una lesión física recientemente, que no se aíslen, porque aislarse es como estar muerto, es un infierno angustioso que nos provoca un enorme vació en el alma. Sé que cada caso es diferente, pero cuando compartimos es más fácil, aunque para movilizarnos tengamos que pedirle ayuda a otras personas. Cuando una cae en una situación como esta, es como si la arrastrara una corriente o la azotará un tornado. No es miedo, sino pánico lo que se apodera de una y pareciera que el tiempo se detiene y la agonía se prolonga. Y es que hay un tiempo para aprender y a mí me toco muy duro, pero así es la vida, talvez fue mejor porque el aprendizaje fue más grande.

Quiero compartir este resumen de mi vivir pasado para ayudar a las personas que tengan algo que contar y necesiten que se les escuche. Les invito a construir un presente y disfrutarlo, como lo disfruto yo adaptándome a las diferencias. Todos somos diferentes y subsistimos de diferente manera. Lo malo es que nos adaptamos a la rutina, nos sujetamos a un mismo ambiente siempre y cuando ocurre un accidente como el que me pasó a mí, una se desubica por completo porque no estamos preparadas para el cambio. Aquí estoy, atada a una silla de ruedas, pero más libre que antes. La discapacidad me liberó de las otras ataduras que tenía. Yo le doy gracias a Dios, y como dice el dicho, “no hay mal que por bien no venga”. Yo me beneficié con esta tragedia. Después de quince años de luchar, es mucho lo que he logrado, vivo mejor, continúo aprendiendo y vivo el día de hoy, porque ayer ya pasó y a mañana no sé si llegará. Cada día es nuevo y nuevo es lo que se aprende. Soy una mujer realizada, he llegado a obtener algo que si no es la felicidad, se parece bastante. Por esto les digo a todas las personas que tengan una situación difícil, que no se dejen vencer, que luchen por lo que quieren.



10 Abril, 2006

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