"Fui drogadicto 33 años y ahora intento reconstruir mi vida"

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Xinia Zúñiga Jiménez
xinia@perezzeledon.net


Jose Antonio Mora Venegas

En este testimonio el entrevistado autorizó que se publique su nombre
completo e incluso, estuvo de acuerdo en ser fotografiado.

Le advertimos a los lectores que hay declaraciones bastante fuertes y que
por respeto a los mismos, en algunas partes se modificó el lenguaje,
aunque sin quitarle veracidad a los hechos.Jose Antonio Mora Venegas tiene 46 años, nació en Limón,
llegó a segundo año de secundaria, es Operador de Calderas y
creció entre Barrio Luján, Plaza Víquez y Tres Ríos
en San José.

“…A los 17 años enfrenté mi primer problema
judicial,
yo era un joven bastante fogoso y me llevaron para el Sanatorio
Durán, pero me fugué con unos compañeros, aunque nos
detuvieron y nos enviaron para la Penitenciaría Central -donde está
ahora el Museo de Los Niños-, eso fue en 1977.

Con esa edad me gustaba andar en pandillas juveniles en donde asaltaba, quitaba
carteras y otros robos sencillos. La marihuana era la droga de moda en esa
época.

Entré a un módulo bastante violento, donde
habían asesinos, calaña pesada… Estaban algunos como Caballón,
Pico de lapa, el Gato Félix (uno de los hombres más diestros
del país para abrir cajas fuertes) y la famosa banda “Los Hijos
del Diablo”.

Durante seis meses estuve rodeado de esa clase de gente, los cuales fueron
los seis meses más trágicos de mi vida, porque en ese año
hubieron 12 homicidios y pude presenciar algunos en el patio.

Yo jamás estaba involucrado en la banda Los Hijos del Diablo, porque
no tenía récord, porque para entrar había que ser un
asesino, alguien que tuviera agallas para meterle el puñal a otro sin
misericordia.

Por la ventana de la celda pude ver como agarraban a un recluso y le metían
entre 15 y 20 puñaladas. Ahí en cualquier momento se levantaba
un integrante de la famosa banda y decía “dice Satanás
que matemos a fulano”; entonces hacían una rueda, tomaban chicha
y fumaban marihuana, y cuando estaban bien locos lo sacaban de la celda y
nadie podía hacer nada.

Un día a un tipo le arrancaron la cabeza y se pusieron a jugar fútbol
con ella; mientras que a otro le abrieron el pecho, le sacaron el corazón
y se lo echaron a un gato. Ahí era tremendo, fatal… un hilo, una
aguja o un fríjol valía mucho y había que cuidarlo, ya
que con eso hasta mataban a una persona. Y los homicidios de Los Hijos del
Diablo eran famosos, porque le ponían un rótulo al muerto que
decía “POR SAPO”. La ley en ese lugar era ver, oír
y callar; aunque el asesinado hubiera estado a la par de uno, porque el que
abría la boca, era el próximo.

Ahí ni la policía se animaba a entrar y para sacar un muerto,
tenían que echar gas lacrimógeno para que los presos se tuvieran
que ir para las celdas y mientras se metían a los baños, ellos
sacaban a la persona y salían corriendo.

Lo que uno tenía que hacer para sobrevivir era tener su banda, porque
si alguien hacía algo contra uno, los demás respondían.
Uno tenía que hacerse malo como los que estaban ahí y echar
para adelante.

Por ejemplo, el segundo día de estar en ese lugar me encontré
a unos conocidos y me llamaron para que me uniera a ellos. Cuando llegué
del reformatorio tuve que darles la ropa y una platilla que llevaba; a cambio
me dieron unas chancletas, una pantaloneta y una camisa hedionda, pero con
eso ya estaba pagado para que alguien me apadrinara.

Recuerdo que cuando ingresé al patio a dar una firma, uno de los internos
me agarró de la cabeza y con un machete empezó a abrir campo
entre la gente diciendo “éste va conmigo”; me metieron
a la celda y la gente de ese pabellón estaba loca. Hicieron café,
fumamos marihuana y como a la media noche me dijeron que me fuera porque ahí
estaban completos.

Me fui para el patio y había tantos presos que estaban acostados por
todas partes. Cuando amaneció vi a Serrucho y a Pantera, unos conocidos
que estaban por homicidio, me llamaron y me apadrinaron… ya al menos tenía
mi grupo.

Tenía que dormir en el piso y uno se tenía que bañar
de noche porque los baños no tenía puerta, ni los servicios
sanitarios tampoco…era algo tremendo, uno veía de todo, eso era una
carnicería y hasta un travesti se casó con un preso y había
que tener mucho cuidado para no tener problemas.

Salí con una fianza, pero no fui al juicio y me marché
para Panamá, estuve en Puerto Armuelles y me llegaban las notificaciones,
porque lo mío era un robo agravado en una casa y la condena era de
5 a 15 años.

Al tiempo volví a San José y con la ayuda de una amistad en
el Registro Civil, mi madre se cambió los apellidos y cuando me dieron
la cédula mis apellidos ya no eran los mismos… eso me ayudó
mucho, porque después caí varias veces y la policía no
se percató del cambio de identidad.

Pero empecé a robar y a meterme en cosas más bruscas como asaltar.
En 1979 logré trabajar en la Republic Tobaco y mi vida cambió
bastante, pero conocí a una mujer que marcó mi vida,
la que fue mi esposa y la madre de mis dos hijas –ella tenía
una parejita de chiquitos-.
Ella había tenido dos fracasos matrimoniales, yo era el tercero y la
mujer era espueluda, mientras que yo era un pollo en cuestión de mujeres…
La conocí en un bar, después empecé a llegar a su casa,
llevaba guaro y marihuana y me quedaba con ella, hasta que quedó embarazada
y me vi comprometido a casarme con ella, aunque no quería
nada de compromisos.

A los meses mi esposa se me iba de la casa porque era alcohólica y
todo empezó mal, porque yo llegaba del trabajo y ella estaba en la
cantina, eso me ponía fuerte… muchas veces la saqué del pelo
y nos faltamos el respeto muchas veces. Un día se me tiró encima
con un cuchillo, me saqué la faja y le di tres cuerazos por la cabeza
hasta que se la rompí con la hebilla. Era muy duro llegar al hogar
en la tarde y ver a las niñas con los pañales y las pijamas
de la mañana.

Por esa situación un día intenté matar a mis
hijas
, pensando que no las vería más sufriendo, mientras
que yo iría a la cárcel y no volvería a ver a mi esposa.
Ingresé a la habitación donde estaban con un cuchillo, pero
la misericordia de Dios no permitió que cometiera aquella atrocidad.

Un amigo me aconsejó que las entregara al Patronato Nacional de la
Infancia, entonces llamé y les dije lo que pasaba, porque un hombre
sólo no era correcto que tuviera a unas niñas y mi esposa las
abandonaba por el licor. Yo no estaba muy pervertido para ese entonces, a
como había sido, pero fumaba marihuana todos los días.

Mi esposa se atacó al contarle que el PANI se las había llevado
porque ella las tenía abandonadas y se me tiró encima. La mayor
de ella tenía 6 años y la pequeña mía 3 años.

Después fue muy difícil para recuperarlas, ya que cuando uno
entrega un niño ahí y desea tenerlo de nuevo, hay que llevar
cursos y más de una cosa, pero al fin teníamos de nuevo a las
niñas.

Luego en el trabajo me prestaron un dinero y compré una casa en Coronado,
allá nació mi segunda hija, pero continuaron los problemas…
yo fumaba marihuana y en la empresa donde trabajaba me robaba una caja grande
con ruedas de cigarros, las vendía y compraba cocaína; era una
época donde esa droga estaba en el apogeo.

Yo con la cocaína y ella con los tragos… la casa
era algo fatal. Un día mi esposa salió del bar como a la una
de la mañana y la abordaron tres tipos, quienes la metieron a un cafetal
y la violaron. Llegó a la casa, me tocó la puerta y la veo toda
embarrialada, desmoralizada y hecha leña, entonces le dije “diay
pase”, pero estuvo tres días en una esquina, no hablaba, no comía
y con un trauma tremendo.

En otra ocasión, en un momento de histeria me dijo que se cortaría
las venas y yo le dije “córteselas, eche para adelante que no
soy yo” y de verdad se las cortó; mientras que otro día
estaba bañándome y me pidió que le abriera la puerta
para orinar, entonces yo lo hice y cuando la veo que venía con una
olla de agua caliente para echármela encima por nada; nos revolcamos
y gracias a Dios no pasó nada, pero nuestra relación ya había
tocado fondo.

En ese tiempo yo estaba más agresivo con ella y en las noches la
mandaba a prostituirse para que me llevara plata
. Se iba para San
José y en la noche llegaba con dólares y guaro; entonces yo
pasaba montado en la fiesta y la amenazaba que si no lo hacía le rompería
la boca a golpes. El problema más grave de ella era el alcoholismo
y por el interés de tomar, aceptaba prostituirse.

Pero llegó el momento en que yo llegaba a la casa y ella estaba con
un hombre en la cama… ya eso era fatal para mi, el extremo, lo último…
pero con qué cara le reclamaba. Nos separamos entre 25 y 30
veces hasta que nos divorciamos
y el abogado preguntó que
quién de los dos se quedaría con los hijos y ella respondió
que no podía porque era alcohólica; yo decidí quedarme
con ellas otra vez… no quise pensión y acepté que las fuera
a visitar, siempre y cuando estuviera sin licor.

Me las llevé para donde mi mamá en Tres Ríos, hice una
casita y estaba con las dos hijas mías y la de ella –porque el
varón se fue con su papá-. Mi ex esposa empezó a cumplir
lo prometido, pero después llegaba con tragos; mientras tanto, yo consumía
mucho por aquella situación y empecé a meter gente a la casa
a fumar marihuana y oler cocaína.

Una noche traté de violar a mi hijastra que tenía
entre 9 y 10 años de edad, pero por la misericordia de Dios ella empezó
a gritar, yo me alarmé porque los vecinos podían escucharla
y entonces no seguí gracias a Dios, pero a ella le quedó un
trauma muy grande.

En el Barrio Luján, también intenté
violar a dos menores
, hijas de una mujer casada, con quien yo había
tenido relaciones, porque un día que llegué a buscarla y no
estaba.

A mi hijastra le llegué a pedir perdón y me perdonó,
lo que me alivió aquella carga; después me sentí mejor
porque me di cuenta que se había casado y de las otras dos niñas,
sólo pude pedirle perdón a una, cuando ya era una muchacha y
también me perdonó…

Me cayó el PANI porque yo estaba sólo y llevaba una vida muy
desordenada; en ese entonces mi ex esposa se había recuperado bastante
y se las entregué, pero al quedarme solo empecé a consumir crack,
a robar y si trabajaba el dinero era para fumar piedra y no aportaba nada
a la casa de mi madre.

Una noche sucedió algo de esas cosas que lo dejan a uno marcado, porque
llegué muy drogado como a las tres y media de la mañana, mi
papá estaba inválido, se había obrado y estaba muy hediondo;
entonces lo levanté y lo metí al baño, abrí el
chorro y él aruñaba las paredes como un gato, lo sostuve un
buen rato y se me descompuso. Al amanecer lo llevaron al hospital, pero murió
por una pulmonía.

Mi padre murió enfrente mío… pero tuve tiempo
de pedirle perdón por lo que había hecho, ya que estaba loco
por la droga y no sabía lo que hacía; entonces él me
perdonó y me dijo que tuviera paz. Esas son armas de las que me agarro
para sobre vivir, porque si no me hubiera perdonado, eso habría quedado
en mi conciencia toda la vida.

Cuando mi padre murió mi mamá me dio la ropa y los zapatos
para vestirlo, pero no le puse nada y vendí todo para comprar droga.
En la vela mi madre pidió que levantaran la tapa del ataúd para
darle el último abrazo y cuando vio que mi tata lo único que
tenía era una sabana encima… me decía asesino, mataste a tu
padre y lo mandaste chingo para el cielo.

Mi madre duró tres años tratándome de asesino,
me decía “me quitaste a mi compañero” y eso me golpeaba,
daba media vuelta y me iba. Ella me echaba la culpa y tenía toda la
razón, porque ella estaba en la casa cuando yo metí a mi padre
al baño en la madrugada.

Pero una noche después de tres años de recordarme que había
matado a mi padre, le dije que nos sentáramos a hablar porque ya no
aguantaba… que aceptaba haber matado a mi padre, pero que ese día
estaba endemoniado y no sabía lo que estaba haciendo. Mi madre comprendió,
pero después de eso la agarré con ella…

Por ejemplo, ella estaba viendo televisión y yo fumaba marihuana en
su cara; estaba hasta tres días en mi cuarto y cuando salía
era de madrugada. Recuerdo que una noche estaba viendo tele, que era lo único
que ya tenía porque había vendido todo, y le dije “mi
mama, usted me va a perdonar”, desconecté el televisor y me lo
eché al hombro porque lo tenía vendido.

Todas esas cosas la fueron afectando mucho, ya que a veces bien drogado me
metía al cuarto de ella con un cuchillo y me ponía a decir que
venían ladrones y que los iba a matar; entonces mi madre se asustaba
que la confundiera con los supuestos ladrones y la matara.

Pero con tantas patrullas que veía, balazos y pleitos que tenía
en la calle, cada día su salud estaba peor; sin embargo, a pesar que
me pedía que cambiara, yo le respondía que no podía y
maldecía a Cristo enfrente de ella… eso la desechaba y el
hígado se le hinchó hasta que un día le reventó
de tanto sufrimiento
.

Recuerdo que llegaba al hospital y me decía que cambiara, porque
se estaba muriendo, pero le respondía que no podía y más
bien le enseñaba el licor y la droga que andaba… Y murió sin
verme bien, ella falleció viéndome como era.

Mi madre estuvo como un mes en el hospital y la última semana entró
en coma, le daban la comida por una sonda y tenía como tres días
que no abría los ojos, pero una noche llegué y le supliqué
que por última vez me abriera los ojos porque quería verla y
no sé cómo hizo un gran esfuerzo en su camita y los abrió…
esos ojos no se me olvidarán nunca, eran hermosos, lindísimos,
diferentes a los que estaba acostumbrado a ver y… los cerró para
no abrirlos más.

El día que ella falleció yo estaba drogándome
y llegó mi hermana y me dijo que ya había muerto mamá,
pero cuando me dio la noticia para qué lo hizo, ya que lo tomé
como un pretexto para que los que fumaban piedra tuvieran compasión
de mi y me regalaran… esa noche pasé fumando piedra a costillas
de mi madre muerta
. Eso hace tres años.

Ahora si, con qué cara iría a la vela, yo no podía
estar ahí, ya que mis hermanos me dirían que ya había
matado a mi padre y ahora también a mi madre. Ellos tenían toda
la razón y no fui a la vela.

Al otro día tampoco me sentía digno de ir al cementerio, pero
un sobrino me dijo que si no la veía por última vez más
adelante me podría doler; entonces esas palabras me tocaron y me fui
para la capilla y saliendo del entierro me encontré a una pastora
y me dijo que me hablaría duro porque así se lo ponía
Dios en su corazón.

Las palabras de la pastora me llegaron, porque ya no tenía nada…
se habían ido mis padres y ya no tenía a mis hijas ni a mi esposa.
Lo único material que me quedó fue la casa de mi madre, pero
la vendí baratísima y el dinero lo derroché en drogas,
licor, mujeres, carros y fiestas.

Luego, como al mes de estar gastando el dinero de la casa que me había
dejado mi madre, me drogaba y veía a mi padre, escuchaba a mi madre
y oía voces que me atormentaban y me volvía loco. Veía
demonios que me hacían la vida imposible y cruzaron por mi
mente varios intentos de suicidio
con mecates, puñales y hasta
con armas.

En eso apareció un cuñado que es pastor y me propuso internarme
en un centro de rehabilitación, se tocaron puertas y se me
abrió una en Hogares Crea de Cartago
, luego me pasaron a Paso
Canoas y luego a Pérez Zeledón, en donde estuve un año
y medio recibiendo un tratamiento psicológico muy estricto, acompañado
de terapias mentales y reuniones; llegué al tercer nivel y sólo
me faltaban tres etapas para salir reeducado del programa, pero un día
andaba vendiendo almanaques y Eduardo Martínez, un hombre que ha ayudado
mucho a drogadictos y alcohólicos en Pérez Zeledón, me
ofreció casa, trabajo, sueldo y especialmente ayuda en el área
espiritual y al otro día estaba ahí.

A partir de ese momento empecé una recuperación en
el área espiritual
y tengo mis armas para salir adelante como
es el perdón de mis padres y de mis hijas; con la única que
no he podido hablar es con mi ex esposa y con una de las niñas que
intenté violar de la mujer que había estado conmigo, pero sé
que ella se recuperó y eso me alivia.

Prometí no volver a la cárcel, porque también
estuve en prisiones de Limón y Guanacaste, por robos pequeños.
Actualmente soy el jefe de la casa donde vivo, la cual comparto con otras
personas que han estado sumergidas en las drogas y el licor, pero que están
tratando de salir adelante.

Trabajo en un almacén y cuando voy para mis labores y de regreso a
casa, escucho música cristiana para que nada malo
me intervenga; también leo mucho la Biblia, asisto
a los cultos y tres días a la semana nos reunimos
a orar a las cuatro de la mañana, compartimos
testimonios
y trato de estar lo más cerca de Dios posible.

Sé que Dios tiene un llamado para mi, un ministerio,
algo especial…Tengo muchas tentaciones donde trabajo, desde un hombre que
fuma marihuana y me tira el humo en la cara, mientras me reza el padre nuestro
satánico; hasta una mujer que me invita a fumarme unas piedras de crack
con ella.

Del sueldo que gano, primero aparto el diezmo –porque es bíblico
que la décima parte de lo que ganamos le corresponde a Dios-, le envío
veinte mil colones a una de mis hijas, doy un aporte donde vivo y el resto
lo deposito en una cuenta bancaria, porque el dinero es una tentación
muy grande y prefiero no andar plata en mi bolsa.

Me gustaría formar un nuevo hogar y encontrar a una
mujer que tenga a Cristo en el corazón, porque aunque sea muy linda
si no es cristiana no puedo unirme a ella, ya que la palabra del Señor
dice que no hay que unirse a yugo desigual; así como tener otro hijo,
para pasar los años que Dios me dé a su lado, ya que no pude
controlar a mis hijas.

…Sé que Dios me está llamando, porque en este momento estoy
en el horno, pero El me está puliendo y quitando las
cosas que cuestan, porque aunque ya dejé el alcohol y las drogas, existen
otras cosas como la mentira por ejemplo, que trato de alejar de mi vida siendo
lo más honesto posible.

Si alguna organización o grupo, desea que les dé mi testimonio
estoy dispuesto a hacerlo, ya que estas cosas me ayudan a superarme, a seguir
adelante, y gracias a Dios no tengo porque ocultarme de nadie, porque aunque
hice mucho daño, esas personas me perdonaron y eso es lo importante
para mi… Ahora sólo deseo reconstruir mi vida y servirle
a Cristo
”.


14 septiembre, 2005

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