El trabajo de una partera abnegada

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Muchos nacimos con la ayuda de una partera. Hace algunos años era normal que los hijos nacieran en la casa, aunque no se contara con las condiciones adecuadas; sin embargo, la lejanía del hospital obligaba a realizar aquella práctica. Conozcamos la historia de “Susa”, una admirable mujer que dio su vida por los demás, murió pobre, nunca recibió un salario, un seguro, ni mucho menos una pensión…

Xinia Zúñiga Jiménez
xinia@perezzeledon.net

Se llamaba María de Jesús Solís, pero con cariño le decían Susa; mujer admirable, llena de amor, que por los años 1925 -a los cincuenta-, dedicó su vida como partera.Crecí muy cerca de ella, era mi madrina; desde muy niña la admiré por su trabajo y la oí contar muchas cosas propias del oficio que ella desempeñaba. Vivía muy humildemente, pero ahí en casa siempre tenía un pequeño refugio para ayudar al necesitado.Aprendió el oficio de partera en el Hospital San Juan de Dios, donde laboró al lado de eminentes médicos y obstetras de esa época. Eso le sirvió para hacer camino y entregarse a su vocación de traer niños a este mundo. Asistía a mujeres de todas las condiciones sociales, sin importarle el credo, pueblo o raza. Ahí estaba ella, iba por los caminos de piedra en el verano, caminos de barro en el invierno, a carreta o a caballo. Cruzaba ríos, bajaba laderas, por el día bajo un sol radiante o por la noche con frío o lluvia, ahí iba ella…

Susa nunca decía no, jamás se quejaba, no recibía dinero a cambio de sus servicios. Se mantenía de la voluntad del padre agradecido o del familiar del recién nacido que alegre de ver un nuevo ser en la familia le pagaban a ella con una gallinita, unas matas o una docena de huevos. Así, regresaba a su casa, con el corazón henchido de amor por el trabajo realizado.

Siempre puso a Dios por delante en todas las actividades que realizaba y en sus labores de trabajo. Ella siempre decía: “Dios está en mi corazón”. Esta frase la transmitía a toda persona que ayudaba.

Por la época de la Revolución de 1948, para ella fueron días muy tristes y angustiosos, ya que la gente la llamaba para que fuera a atender un parto; pero el problema que imperaba era cómo salir bajo la lluvia de balas que tiraban de un lado a otro. El Gobierno que presidía en ese momento, para evitar las muertes, estableció que a partir de las seis de la tarde, hasta las seis de la mañana del día siguiente nadie podía salir de su casa y a eso le llamaban “Toque de Queda”.

Estando ella en su casa, marcaban las ocho de la noche, cuando llegó un señor a buscarla; le dijo que su esposa estaba muy mal y que estaba a punto de mejorase; quería que doña Susa la viera. Mi padre que se encontraba en ese entonces en su casa la ayudó dirigiéndose a la Jefatura de Policía del cantón de Guadalupe de Goicoechea, para sacar un salvoconducto que es una licencia para que el que la llevara pudiera trasladarla sin riesgo. Las condiciones eran que saliera con un uniforme blanco, en su mano un pañuelo blanco en alto y enseñar el permiso a cada quinientos metros donde estaba un retén de policías. Así llegó hasta el distrito de Mata de Plátano; caminaron tres horas de noche bajo una intensa balacera y al llegar a ver a la señora lo que escuchó eran los sollozos del niño que ya había nacido.

La escuché contar muchas anécdotas, pero la que más impresionó y quedó en mi mente fue en la cual la llevaron atender un parto por los Montes de Rancho Redondo, por un camino de piedra que sólo los caballos podían pasar; era como un “trillo” como decía ella, que salía a la provincia de Cartago. Ahí había una lechería con gente trabajando; eran grandes potreros con muchas vacas que los empleados cuidaban. A ese lugar la llevaron a caballo dos capataces que por el camino le iban contando que tenía que asistir a dos partos. Uno era de la mujer de la hacienda y el otro parto era el de la criada, la ayudante de la casa del dueño. Una estaba en su casa, la otra se hallaba en el establo donde dormían los caballos. La que se encontraba en el maloliente rincón del establo, escondida bajo la comida de los caballos, era la joven muchacha.

Mi madrina contaba que en ese momento lo que le pasó por su mente fue, primero atender a la joven y luego ir a la casa del dueño de la hacienda a ver a su mujer; dicho y hecho, así lo hizo. Se asomó al establo; en un rincón oscuro, se oía el quejido de una mujer que estaba a punto de dar a luz. Con la ayuda del capataz y una linterna de canfín, que alumbraba muy poco, se acercó a la muchacha; estaba sentada en el suelo, lloraba y temblaba de frío. No había dónde acostarla, un poco de agua, ni una manta para envolverla; miró a su alrededor y observó que el capataz ya se había marchado.

Doña Susa, se llenó de ira, algo que no era propio de su persona, pero era tal la angustia que sacó toda sus fuerzas y tomó en sus brazos a la joven; se la echó en la espalda y con ella sobre los hombros caminó hasta la casa del dueño de la lechería. Cuál fue su sorpresa que el que la esperaba en el portón era el propio dueño de la lechería, que al verla llegar con la muchacha en su espalda le entró tanta cólera que con el látigo que le pegaba a su caballo les empezó a pegar a las dos.

Ellas daban gritos de dolor, tal fue el escándalo que el resto de los trabajadores que dormían tranquilos en sus viviendas salieron a ver qué pasaba. Ella colocó a la joven en el suelo donde el zacate estaba mojado, se quitó su delantal y de rodillas recibió al niño que daba sus primeros llantos; lo arrulló entre sus brazos, lo abrigó y se lo entregó a una anciana que la miraba con los ojos llenos de lágrimas.

Mientras tanto, los otros vecinos trataban de ayudar a la joven que no daba signos de vida y se desangraba. Montaron a la muchacha en un caballo para sacarla lo más rápido posible de la finca y llevarla al hospital más cercano; pero todo fue imposible… la joven en el camino murió.

En la casa del dueño de la lechería, estaban festejando el nacimiento de otro niño que vería la luz del sol, sin saber que en ese momento también estaba naciendo un hermanito, aunque no con la misma suerte que él iría a tener.

Esas meditaciones eran susurros en la mente de mi madrina, que por un momento no sabía qué hacer. Tomó un poco de agua que alguien le dio, se lavó las manos y con una manta se limpió la sangre que quedaba en su ropa. Subió al caballo sin decir nada y bajo la mirada de todos los trabajadores, cabalgó rumbo a su casa con el corazón deshecho.

Fueron muchos los trabajos que pasó esta partera, a los que se dedicó por espacio de muchos años. Su juventud la dedicó por entero al servicio de la mujer y la niñez.

Avanzados los años, ya doña Susa se quejaba de reumatismo y de los males propios de su edad, aunque iba a trabajar a los pueblos y hacer visitas a los dispensarios de esos lugares.

A doña Susa le reconocieron su labor y la nombraron Partera del pueblo. A su casa recurrían ya no sólo para que atendiera un parto o pedirle consejos, sino para que fuera la madrina de alguno de los niños del pueblo. Así llegó a tener cuarenta ahijados y ahijadas.

Al cumplir el centenario del cantón de Guadalupe, Goicoechea, su pueblo natal, uno de los munícipes propuso hacerle un homenaje a ella y a las mujeres que le colaboraron. Le dedicaron una placa de bronce que colocaron en el kiosco del parque; placa que ella nunca pudo ver, ya que falleció años antes a la edad de ochenta años.

Dio su vida por los demás, murió pobre, nunca recibió un salario, un seguro, ni mucho menos una pensión.

Muchos hombres y mujeres que ella ayudó a nacer, nos sentimos agradecidos de la vida y del ejemplo que nos dejó esta mujer, que es digno de imitar en la Costa Rica de hoy”.


9 marzo, 2006

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