“El negro en mi vida”

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Xinia Zúñiga Jiménez
xinia@perezzeledon.net

Mi niñez transcurrió, entre períodos tristes y alegres. Pero, a mi mente acude, entre otros, un recuerdo que nunca me abandonó y el que, ahora, anhelo haberle prestado la atención que merecía y asimismo, darle en el presente y futuro, el interés que debí tenerle en el pasado. Un recuerdo que, a través del tiempo, acicateó mi vida, mis vivencias y mis sentimientos me hizo volver mis ojos hacia atrás, buscando mi origen, mis raíces: mi abuela negra.

Vivíamos en lo alto de la Comandancia de la Provincia de Limón y aledaño, la cárcel de varones negros. Año 1948. Mi padre trabajaba allí, en el puesto de Segundo Comandante. Yo tenía escasos cuatro años; recuerdo palmas y lenguas rosadas en un fondo oscuro, rostros que me impresionaban y enormes cuerpos.Un día, un amiguito de mi edad y yo, jugábamos con una bola, la única que poseíamos y ésta, se nos fue al patio de los presos de raza negra. Agarrada a los barrotes de la escalera en caracol, yo gritaba pidiéndoles nos devolviesen la pelota, lo cual no hicieron y se pusieron a jugar con ella. Yo lloraba pero de nada me valió. Guardé por siempre ese mal recuerdo pues a mis pocos años, me sentí rechazada por los negros y así viví, confundida toda mi vida.

Mi abuelo materno trabajó en el Ferrocarril al Atlántico y se pasaba contando historias sobre los negritos de Limón, entre ellas, la de una negrita, María, cuyo esposo le dijo: ”No botes la calalu (colchón)“ y siempre lo hizo sin saber que, en éste, él había guardado su dinero, costumbre de la gente antigua de proteger de esta manera sus monedas. Abuelo Julio se pasaba sus tardes tratando de enseñarnos a hablar “pitinglish“, como decía él, y hacer que repitiéramos el uan, tu, tri, for hasta llegar a ten. Esta era una de las ocasiones agradables en las que yo me esmeraba por aprender pues me imaginaba ser “intelectual” de un idioma desconocido.

Transcurrió el tiempo y con el paso del mismo, poca o casi ninguna relación tuve con gente del mal llamado “color”; los veía lejanos, como de otro mundo. Tampoco busqué amistad con ellos. Los saludaba por cortesía; sólo acude a mi mente la imagen de una compañerita de escuela, llamada Déborah, la cual era muy simpática y buscaba mi compañía y aún no sé por qué.

Algunas veces, mi madre me decía que yo era trompuda como los negros, poseía trasero de negra y también, los chombos (parte naciente de los brazos). Ella se regocijaba en manifestarlo, constantemente y no me explicaba por qué, sólo sonreía con gozo y me daba una palmadita en los mismos. Yo me enojaba que me hiciera eso y me lo dijera. Lo detestaba, aún sin comprender su trascendencia. El recuerdo de antaño de los presos negros me sacaba de quicio y que me comparase con ellos, peor.

En mi juventud, una prima se enamoró de un negro. Como era de esperar, la familia escarmentó el rechazo hacia él y, por ende, yo también lo experimenté. Al ocurrir esta situación, mi madre y mi abuelita sacaron a relucir algo que tenían guardados en sus corazones y a esa fecha no lo habían externado. Mi progenitora me dijo que, una vez, casada yo, iba a tener un hijo negro y no me extrañase de ello porque esta herencia se daba en la cuarta generación. Yo, sobresaltada, inquirí el por qué. Fue entonces, cuando ellas dos me descubrieron que mi tatarabuela era de raza negra, procedente de Colombia y de origen afro caribeña, quien se casó con un hombre español y por el que predominó el color blanco en la familia. El cabello ensortijado fue heredado por mi abuela Celina y ella se enorgullecía en decir que era negra. Y, en la actualidad, varias de sus bisnietas lo poseen, así como el color de piel, mulato claro.

Viví con ese susto en mi corazón, un hijo negro me aterraba. Quizá el mal recuerdo de mi niñez me perseguía.

Llegó el momento de mi primer matrimonio. Mi madre, siempre soñando con su nieto negro, siempre atosigándome que no me asustara si uno de mis hijos fuese de ese color. Y yo, con cada nacimiento, me estremecía y rechazaba la idea con honda desesperación. Y pensaba: ¿qué diría mi esposo, su familia o mis amistades? Jamás creerían que era hijo o hija de él, ya escuchaba las burlas al respecto y ¿qué, sentiría yo, si eso ocurriese?, ¿cómo reaccionaría ante el recuerdo de mi infancia? Mi esposo sonreía y decía: ”Si es así, lo aceptaremos”.

Nació mi primer hijo y respiré tranquila, sólo su cabello negro y crespo denotaba un vestigio. Vino al mundo, mi segunda hija cuya piel fue un poco más oscura y su cabello, ni hablar, más ensortijado que el del primero. Y mi madre se pavoneaba, diciendo: “¿Ves? Se parece a mamá, con su pelo y todo”. Finalmente, ninguno de mis hijos nació con el color característico del negro. Sólo ciertos rasgos permitían vislumbrar esa afinidad.

Pasaron los años y llegó la tecnología moderna e incursioné en el uso de Internet. Una de mis hijas me enseñó la utilidad del mismo y me dijo:”Madre, para que aprendas a chatear y a bajar lo que te gusta”. En uno de los chats de Costa Rica, tuve la oportunidad de conocer a Pedro Joseph, un negro dominicano. Al enterarme de su color, expresé algo en contra del mismo. Mi racismo se hacía, odiosamente, presente. Él, sin inmutarse, emprendió una meta: conquistar mi amistad y demostrarme que las cosas no eran como yo exteriorizaba, que él era un ser humano, de cuyos poros “brotaba miel” y asimismo, eran los de su raza: alegres, emprendedores, con mucho amor en el alma.

Para poder justificar mi actitud racista le di a conocer a Pedro lo sucedido en el pasado, en relación con los negros de la cárcel limonense. Acepté ser su amiga, a pesar de mi discriminación y con el reto de que no me haría cambiar de sentimientos. Trató de desvanecer todo el panorama que yo tenía. Mediante su forma de expresarse, la lealtad hacia los amigos y defensa de los mismos, durante más de dieciocho meses, me hicieron cambiar de opinión y comprender el valor de la raza negra, sus luchas y constantes vejaciones.

Noche a noche, palabra por palabra, sus pensamientos llegaban a mí. Y la película Perico Ripiao, que él me envió, desde su país, me hizo abrir más mi corazón hacia mis ancestros porque aunque ésta no se versa en los negros de Limón, sí encierra todo un mensaje de las luchas y sufrimientos de la raza afro caribeña. La música, su ritmo cadencioso, sus instrumentos musicales, son similares al de los nuestros.

El escuchar la música de esta película me hizo vibrar y a su ritmo, mover mi cuerpo lo cual me hizo retroceder a mi pasado y buscar los orígenes de mi tatarabuela y comprobar si era cierto que, por mis venas, corría sangre negra; por cierto, en una de mis clases de baile popular, siguiendo el ritmo de un merengue, la profesora dijo:” Oye, ¡qué buen quiebre tienes en las caderas, pareces negra!” Me sonreí y expresé, con gozo: “es que mi abuela lo era” y ella contestó: ”con razón, así cualquiera”. Y todos trataron de aprender dicho movimiento que yo, a pesar de no bailar desde hacía muchos años, retomé, rayana a los sesenta años, como ejercicios de expresión corporal. En esa ocasión, fue la primera vez, que hablé con orgullo de mis ancestros.

Para reforzar la teoría de nuestro origen, escuché de labios de una tía materna que, a un primo no le sirvieron las medicinas recetadas por el médico de un hospital, cuestión extraña, por lo que le hicieron exámenes de sangre y descubrieron en la misma habían condiciones genéticas de la raza negra y le explicaron que, por esa razón, a nuestra familia sólo le serían útiles los medicamentos aplicados a los negros. Una vez más, nuestras raíces se presentaban ante mí, como tratando de decirme: ¿Ves? Aunque no quieras, estamos en tí.

Hace escasamente dos años, mi hijo mayor se enamoró de una negrita de Bahamas. Él conocía mi discriminación pero no el por qué, por eso me dijo, con el corazón en la mano, angustiado: ”Madre, por favor, no me la rechaces porque es el amor de mi vida”, yo le respondí: “¡No, hijo, no te preocupes, si es tu felicidad, cásate con ella, será mi hija también!” (Pedro había ablandado mis sentimientos y hecho cambiar de parecer al respecto).

Actualmente, mi nuera espera la llegada del bebé, fruto del matrimonio con mi hijo y sé que su nacimiento, próximo a estas fechas, será el sueño dorado de mi madre y de mi abuela (que en paz descanse): el sueño de una raíz negra en la familia, un volver a nuestros orígenes y con él, mi reivindicación ante el mundo negro, un mundo negro que toda mi vida rechacé y aunque, no es por vía directa sí lo es en cuanto a que, por designios de un Ser Superior, sus destinos se cruzaron y sí se cumple la tradición de que, en la cuarta generación se proyecta el pasado pues, nuevamente, un blanco se casa con una negra pero, en esta ocasión, desde el fondo de mi corazón surge el deseo de la realización de lo esperado por mis antecesoras: un nieto del color de mi tatarabuela. Así, de esta manera, nuestros orígenes enlazan sus ramas como troncos en el tiempo y mi nuera acuna en su vientre, el recuerdo olvidado por mí, del anhelo de mis progenitoras: la esperanza de un descendiente negro que perpetuase en la familia, el origen de esta noble raza.

Por muchos años, negué el origen negro que ataba mi piel blanca a esa oscuridad llena de dolor de siglos de esclavitud pero que, se manifestaba al escuchar la música de los timbales, el ritmo cadencioso y subyugador y alegre que despertaba en mí, el inquieto deseo de poner mi cuerpo en movimiento y dejarme seducir por esa música embriagante. Ahora, orgullosa, confieso que, en mis venas corre sangre negra aunque sea blanca por fuera y las vivencias infantiles de antaño quedaron atrás, aquel aterrador panorama de un hijo negro se borró de mi mente y en este momento, espero con ansias el nacimiento de mi nieto, que, aunque no sea por línea directa del color de mi tatarabuela, lo es por la unión de dos eslabones perdidos, de dos orígenes que, al fin se enlazan para continuar la estirpe y quizá, desde el cielo, mi abuela Celina, junto con su madre y abuela materna sonrían, porque la raza negra se perpetuará en nuestra familia por medio de mi hijo mayor.

Mi amigo Pedro, el “negrazo” como suele llamarse, me estimuló a escribir sobre mi vida, al revivir mi pasado y mirar de frente mi origen, y sé que, desde su isla, se sentirá feliz porque, al fin, yo pude aceptar mi raíz negra y poner un cierre final a mis temores infantiles y aquellos rostros negros, con sus bocas rosadas, ahora, se abren para dibujar una cariñosa sonrisa, sus palmas rosadas se extienden para brindarme su amistad y sus brazos abiertos, para estrechar mi cuerpo blanco negro.

Sí, hoy declaro que en mis venas fluye sangre negra aunque mi piel sea blanca. ¡Bendito Dios!

En el ocaso de mi vida, quiero gritar al mundo entero mi origen y exclamar que no debemos olvidar de dónde procedemos sino buscar en nuestras raíces, nuestras costumbres y tradiciones y rescatarlas, que no mueran con las lágrimas del tiempo lo valioso de ellas y así, conservarlas porque si bien la innovación de la tecnología nos proporciona nuevas experiencias, nuevas inquietudes, nunca será igual a lo primitivo, a lo que nos amarra al pasado y en el caso de nuestro negro, semejante a los del resto del globo terráqueo, ya sea de las Antillas Menores o del África, sus creencias, su música, sus instrumentos musicales: la güira, la maraca, la tambora, no deben desaparecer. Más bien, fomentemos su gran aporte a la humanidad y reconozcamos su espíritu de fortaleza ante siglos de atrocidad y esclavitud.

Reafirmemos, en nuestros hijos, el valor y las cualidades de nuestros antepasados, de nuestros orígenes, sea cual sea, y démosle el aplauso que merecen por habernos dejado como herencia, un tesoro incalculable para la posteridad.

Y, en mi caso particular, desde ya, siembro en mis hijos el amor por nuestra antecesora que dio origen al negro en mi vida.


2 Noviembre, 2005

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