El coronel de Vietnam que ahora lucha en El General

Imagen: El coronel de Vietnam que ahora lucha en El General

Luis Monteego Martínez se considera Cristiano practicante en arrepentimiento por lo que hizo en la guerra

Juan Diego Jara A.
prensa@perezzeledon.net

El coronel afirma que de los 7.000 millones de habitantes que existen en el planeta solamente hay otro como él: un señor que tiene un negocio en Alajuela, ambos, ticos por nacimiento que fueron a la Guerra de Vietnam y regresaron vivos, para contar su historia

A veces los sueños lo atormentan porque en ellos se transporta a los campos militares de Vietnam, donde emprendió prolíferas misiones de búsqueda y destrucción, donde por aire bombardeó poblados enemigos y realizó acciones de sabotaje en las retaguardias de las zonas urbanas y selvas de ese país oriental del sudeste asiático.

Y aunque vive con esas imágenes enhiestas en su cabeza, el coronel Luis Monteego Martínez, todo un personaje en San Isidro de El General, ha sabido sobrellevar el peso de la guerra como un acto del destino, del cual hoy se siente un poco arrepentido.
El coronel, como todos lo conocen aquí en el valle, es portador de una sobresaliente historia cargada de aciertos y desaciertos bélicos, de travesías errantes, de amores electrizantes y hasta de conversión a Cristo.

La pensión de guerra le permite darse ciertos privilegios a sus 66 años (él dice sentirse de 33) tras haber luchado como soldado del ejército de los Estados Unidos en el conflicto vietnamita con apenas 19 años.

A este excombatiente de Vietnam, se le puede ver con su traje militar -de vez en cuando- por las calles generaleñas irguiéndose con orgullo e irradiando aplomo y simpatía a los demás.

Es común encontrarlo en el restaurante del hotel Chirripó bebiendo una taza de café por las mañanas o las tardes, mientras lee los diarios y saluda a todo conocido, o bien, conversa amenamente con otros contertulios.

Nosotros no fuimos la excepción, concertamos una entrevista con él días atrás, y muy cordial nos atendió en el mismo lugar que siempre acostumbra estar, y entre tazas de café y bajo una mañana de sol punzante, muy usual aquí en San Isidro, accedió a contarnos su relato.

Su voz, una mezcolanza de inglés, español o posiblemente otros idiomas, nos transportó a los lúgubres campos militares vietnamitas.


Mantiene la indumentaria por un asunto de disciplina

“Nací en San Pedro de Montes de Oca, San José. Mi padre fue embajador de Costa Rica en Honduras, y yo viví en ese país de los 2 años hasta los 18 años. Cuando cumplí la mayoría de edad me disgusté con mi padre y decidí irme para los Estados Unidos a aventurarme. Ahí trabajé en un restaurante en New York pero era muy duro, por lo que opté por enlistarme en el ejército americano. Al mes me llegó la carta, de puño y letra del presidente de ese entonces Lyndon B. Johnson, que me llevó de la vida civil a la militar”, relató Martínez.

El coronel comentó que cinco meses después, tras pasar los exámenes físicos y psicológicos, se ofreció como voluntario para ir a Vietnam, conflicto bélico que enfrentó los EE.UU. y el gobierno de Vietnam del Sur  contra Vietnam del Norte, debido a los intereses de este último por unificar al país en un solo bloque comunista.

La guerra, que fue la más larga de la historia Norteamericana, duró cerca de 13 años, causando un total de 3 millones y medio de muertos en las filas Norvietnamitas y Chinas, y solamente 58 mil soldados Norteamericanos.

“Imagínense quién ganó esa guerra”, dijo el coronel, quien agregó que para terminar tan sangriento episodio se decidió firmar las paz entre los dos países conflictivos, lo cual supuso para ese país una experiencia de fiasco y frustración, constituyendo, sin lugar a dudas, la más razonable y humana de las soluciones.

La travesía. El joven Monteego partió hacia Vietnam en un séquito de 150 de soldados estadounidenses, “tomamos un avión por Alaska y llegamos por mar a la isla Okinawua. Ya en Vietnam luché en Camaran Bay, Quin-hon, Natrans, Saigón, Pley-ku, y en gran parte de la costa asiática. Esa guerra fue dura; tremenda. La gente ignora ciertas cosas pero cuando uno es joven e inexperto y está en un entrenamiento básico por primer vez, y se arrastra bajo el fuego vivo de las ametralladoras calibre 30mm, algunos sienten deseos de defecar y orinar en los pantalones, pero luego, se acostumbra uno al pasar de las balas silbantes en combate y más bien se hace uno tan valiente que es peligroso olvidar el peligro y ser un blanco fácil del enemigo”, aseveró el coronel.

Cuando le preguntamos ¿qué se siente matar?, hizo una pausa, y mientras tomaba el café con estricta lentitud frunció el ceño y respondió: “Si viene un muchacho de 12 años con una ametralladora a dispararme, o una mujer embarazada que puede ser un soldado enemigo con una almohada ¿qué va a hacer uno? si uno es un soldado que está ahí para pelear. La verdad es que matar en la guerra es una felicidad increíble porque significa que se sigue vivo”, expresó.

El coronel narró que la densa neblina les impidió muchas veces atacar con certeza al enemigo, el cual podía ser, un joven guerrillero, o varios. Guarnecidos con M14 sus corazones siempre trepidaban presurosos…. eran conscientes de que cada momento podía ser el último.

Sin embargo, el coronel afirmó que durante su estadía en Vietnam no todo fue combate, ya que en los días libres, se vestía de civil y se iba a conocer la ciudad de Saigón. “Vieras qué curioso, una vez me fui a rasurar y tuve que dejar una muy buena propina porque si no me hubiesen degollado con la navaja, ya que es la cultura en esa nación”.

Otra de las anécdotas en suelo asiático que describió este personaje fue cuando recostado en su patrulla, vio que se le acercaba una hermosa vietnamita, junto con otra mujer, él las apuntó con el arma pues pensó que se trataba de una treta para aniquilarlo. Pero sucedió todo lo contrario, la mujer mayor se acercó y le dijo que por cinco dólares podía amar a la muchacha, lo cual este soldado no desaprovechó. “Ella era tan bella que me dije: si me matan… me matan”.

“Tantas veces ve uno la muerte de cerca, pero lo que más recuerdo fue cuando tuve una caída a unos seiscientos pies de altura en helicóptero y caímos en una ciénaga de la cual salimos ilesos, fue tan duro el centonazo, que los skys, penetraron el fuselaje. Solo el piloto resultó herido. La guerra es despótica y uno se vuelve una fiera, se desconoce el miedo”, resaltó.

El coronel nos refirió que la parte más triste de la guerra es cuando se levantaban en la mañana y veían tres o cuatro camas perfectamente tendidas, lo cual significaba que esos compañeros de combate, sencillamente no regresaron. Al recordar esas hazañas en Vietnam, el coronel aseguró que por muchos años soñó con los compañeros que quedaron “missing in action” perdidos en batalla, pero agregó: “La guerra es la guerra”.

El coronel junto con Tarzán, Johnny Weissmuller, en la casa del actor

La idílica historia de este militar se prolongó por más de una hora. Lo que no sabíamos era que solo había contado una parte, ya que después de la guerra, Luis Monteego Martínez retornó a los Estados Unidos,  donde se mantuvo un año más en el ejército, pero posteriormente comenzó un lucrativo negocio. 

“Mi padre exportaba collares de los indígenas de Honduras a los Estados Unidos. Me ganaba entre 300 y 400 dólares diarios, que en aquel tiempo era como 3 o 4 mil dólares diarios. Vivía en un microbús, viajaba de New York a San Francisco, atravesando todos los Estado Unidos de costa a costa. Los collares eran de semillas de tamarindo, de espinas gruesas y de toda clase de semillas eran muy bellos. En ese tiempo inventé también el guante del amor, hecho de piel de conejo, y que servía para acariciar un cuerpo, yo acariciaba el de mi mujer y hasta le salían chispas”, ya se puede usted imaginar de donde, dice el Coronel entre risas.

Es que este coronel convivió sentimentalmente con una cubana en Las Vegas, Nevada, con quien por siete años mantuvo una relación muy apasionada.

Debido a que la empresa familiar generaba los suficientes dividendos, aprovechó y vino a pasear a Costa Rica. Lo hizo por tierra en su auto convertible MG modelo 53. El viaje duró dos semanas.

“Una vez me paró la policía en Las Vegas, solo para admirar ese carro, tenía las tres eses  (Se Suben Solas)” y soltó la carcajada el coronel.

También, este intrépido personaje tuvo la oportunidad de conocer nada más ni nada menos que a Johnny Weissmuller, el primer actor que encarnó a Tarzán, quien lo invitó a su casa en La Vegas y hasta se tomó una foto con él. 

También tuvo el honor de darle la mano al famoso cantante norteamericano el Rey del Rock and Roll Elvis Presley, una noche en las Vegas, Nevada, cosa que recuerda muy vívidamente pues quedó muy impresionado.

En una de sus visitas a Costa Rica, conoció a la que sería su esposa, una generaleña bellísima, de nombre María Isabel, que residía en San José, con quien procreó tres hijas: Jackeline, Carolina y Susana. No obstante, este singular personaje tiene otro hijo que se llama José Armando y reside en Miami, EE.UU.

El coronel había cimentado una familia, vivió con su esposa e hijas en San José unos años, pero por los azares de la vida, el matrimonio llegó a su fin.

Debido al fracaso conyugal, continuó viajando a los Estados Unidos, y con el pasar del tiempo,  y como sus hijas se vinieron para  San Isidro, decidió establecerse también acá desde hace diez años.

“Me encanta San Isidro, porque la gente es cordial, simpática, no hay mucha criminalidad, todos se saludan y aquí se camina despacio”, reveló.

El coronel Luis Monteego Martínez se ha convertido en todo un dirigente comunal, es más, gracias a un recurso de amparo que interpuso contra el Gobierno, se agilizó la construcción del puente que une la carretera hacia Dominical, del barrio el Hoyón hacia el aeropuerto, de suma importancia para la comunidad. Los vecinos desean bautizar el puente como “El coronel de Vietnam”.

El coronel está por concluir un libro titulado de Vietnam a Cristo, en el que resume su impetuosa vida, y en el que no solo habla de su papel en la guerra, sino que también brinda consejos a los jóvenes sobre cómo alejarse de las drogas, pues él fue víctima de estas.

Después de platicar por casi dos horas, y tras haber bebido tres tazas de café, este militar, bohemio, casanova, padre y abuelo, concluyó su relato y afirmó que siempre está dispuesto a contar su historia y a servir a quien se lo pida.

Los interesados en conocer más acerca de este ilustre hombre, pueden escribirle a la dirección electrónica: coronelmonteego@hotmail.com o ingresar al sitio web www.elrincondelcoronel.com


20 agosto, 2009

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