El chofer de la muerte

Imagen: El chofer de la muerte

Víctor Hugo Mora Quesada ha transportado unos mil difuntos de la zona sur en nueve años de oficio

Juan Diego Jara A.
prensa@perezzeledon.net

Don Víctor Hugo, oriundo de Las Esperanzas, tiene 57 años de edad, es docente jubilado que por 27 años laboró para el Ministerio de Educación.

Todos vivimos con la muerte; incluso la mayoría no quiere ni pensar en ella. Pero don Víctor Hugo Mora Quesada, en vez de temerle, decidió trasladarla en vehículo.

Y aunque no ha visto ni sentido nada paranormal en su oficio, en más de una ocasión se ha llevado tremendo sustillo.Desde hace nueve años, don Víctor Hugo es el encargado de una compañía funeraria en Pérez Zeledón, y durante este tiempo ha transportado a cientos de cuerpos en la carroza, los ha vestido y metido en el ataúd. Para él es algo normal.

Lo que quizá para muchos es un trabajo lúgubre, para este personaje no lo es. Considera que de por sí, la muerte a todos algún día nos llega.

Pero no crean que por el hecho de que don Víctor Hugo trabaje con la muerte, le haya perdido el miedo… ¡Nada de eso! Hace un tiempo lo operaron de piedras en la vesícula y en el trance se vio en la parte trasera de la carroza que maneja.

“Es tenebroso saber que llegará el momento en el que uno vaya atrás. Los humanos evadimos la muerte; nadie quiere morirse.  A mí lo que me preocupa es el hecho de ser y dejar de ser, y sobre todo, el tener que dar cuentas arriba”, dijo.

A lo que en definitiva no le teme este señor, es a los propios muertos, pues para él muertos están. “Eso de que se levantan entre las sombras solo en las películas sucede”, expresó entre risas Mora Quesada.

Sobresaltos del oficio. Este chofer de la muerte contó que una vez en compañía de su tío transportó de Medicatura Forense a San Isidro a una difunta, y el carro en el que viajaban se varó en medio Cerro de la Muerte –a eso de las once de la noche– y no sabía qué hacer.

“Estábamos mi tío, la muerta y yo, y había que pedir ayuda. Solo no me iba a quedar ahí, y mi tío tampoco. En eso pasó un amigo trailero  y por dicha nos llevó remolcados hasta La Georgina donde llamamos la grúa, ¡vieras que sustillo esa vez!”, aseveró.

En otra ocasión a don Víctor Hugo le tocó ir a la zona sur, pero esta vez solo, pues un joven de una finca bananera había fallecido ahogado y la familia de la víctima requería los servicios de la funeraria.

“Llegué hasta un recóndito lugar llamado La Vaca, atavié de flores el sitio, puse los candelabros y fue cuando divisé a tres grupos sosteniendo a la madre y las dos hermanas del difunto. Cuando al fin la madre accedió a ver a su hijo dentro del féretro la mujer se desmayó; y a las hermanas del occiso les sucedió lo mismo. Y pensé ¡qué torta! otras tres muertas. Pero les pusieron alcohol y al rato todas volvieron en sí. Con ello llegué a la conclusión de que nadie fallece por la partida de un pariente cercano por más doloroso que sea”, acotó.

En cuanto a su rol laboral, don Víctor Hugo explicó que está disponible las 24 horas del día, aunque no esconde que le gustaría que doña Laura Chinchilla –apenas entre al poder– emita un decreto que prohíba a la gente morirse los fines de semana, porque en esos días, es cuando más trabaja.

Con respecto a si le afecta presenciar a diario el dolor de la gente por la deceso de un ser querido, don Víctor Hugo señaló que ya nada lo inmuta, pues está acostumbrado a ver diferentes tipos de reacciones. “Hay quienes les da por llorar, otros nada más “tragan” y otros se ríen”, resaltó.

También, el chofer de la muerte ha corrido sus riesgos por la peculiaridad de su oficio, y no porque los muertos le pusieran una mano en el hombro manejando de noche, sino porque ha trasladado personas fallecidas por la gripe AH1N1.

“Eso sí, yo llego a la casa, me lavo las manos y me súper baño, porque en más de una ocasión me tocó esa ardua misión”, manifestó.

Don Víctor Hugo aseguró que la muerte tiene un olor extraño, y que más de una persona le ha dicho que el carro tiene un olor particular.

“Lo que sucede es que a la mayoría de cuerpos que van a Medicatura Forense  los abren tipo diadema en la cabeza, lo cual desprende un líquido que cala en la almohada del ataúd y eso es lo que huele”, explicó.

Cuenta que en otra oportunidad se llevó un cuerpo tan flaquito al cementerio que se dijo a sí mismo: “Pobrecitos los gusanos no tendrán nada qué comer”.

Don Víctor Hugo, vecino de barrio Sagrada Familia en San Isidro de El  General, narró que ya tiene quien lo traslade al cementerio cuando fallezca. Se trata de un amigo suyo conocido como “Papillo” Salas.

Este padre de cuatro hijos y felizmente casado, dice que trabajará hasta que las energías ya no le den. Está seguro que todavía tiene buena salud y las condiciones para continuar haciendo algo productivo.

Agregó que a los muertos no hay que tenerles miedo, “de quienes sí hay que cuidarse es de los “vivillos”, que andan haciendo fechorías por ahí”, concluyó.


5 marzo, 2010

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