Don Moisés Obando: “Los caballos amanecían con trenzas finas”

Imagen: Don Moisés Obando: “Los caballos amanecían con trenzas finas”

Este generaleño lidió con las brujas y hasta con una novilla rabiosa

Juan Diego Jara A.
prensa@perezzeledon.net

Don Moisés y su familia en su casa en La Alfombra.

Moisés Obando supo lo que fue lidiar con las brujas y sus jugarretas en la espesura de La Alfombra en los años 40, época que arribó al Valle de El General.

Cuenta que estas hechiceras hacían de las suyas apenas caía la noche, cuando se escuchaban carcajadas estridentes y los caballos amanecían con trenzas finas en sus crines. “Las brujas  los montaban a galope por el llano toda la noche. Por la mañana las bestias estaban agotadas y llenas de trenzas. Entonces nosotros cogíamos un pedazo de plástico o trapo, hacíamos saquitos de manta, los llenábamos de sal y se los amarrábamos en el pescuezo. Con eso no molestaban más”, relató don Moisés.

Otra pillería que le hicieron las brujas fue recién casado. Él y su esposa Adina dormían y de pronto oyeron que los trastes de la cocina se caían a pedazos, pero cuando se levantaron a ver… no había pasado nada.

Aunque siempre sospechó de algunas brujillas del pueblo, nunca supo realmente cuáles se dedicaban a asustarlo.

Los vecinos más cercanos que tenía don Moisés en La Alfombra eran  los Fernández,  pero vivían a un kilómetro de distancia. Esa comarca era prodigiosa para don Moisés, pues desde que se lo trajeron de las ventoleras del Guarco de Cartago, siendo muy niño, se aferró a este valle bendito rodeado de montaña, lozanías y aguas cristalinas.

“A mi papá le decían que era un valle donde las tierras estaban regaladas, provistas para sembrar maíz y frijoles. Recuerdo que llegamos en avioneta a San Isidro y nos trasladamos al Alto de San Juan donde un familiar que se había venido antes. Mi papá compró la finca en La Alfombra a Tista Ceciliano. 100 manzanas que le costaron 100 mil colones”, narró.

Don Moisés conserva en su memoria el rancho pajizo donde transcurrió su niñez, así como las penurias que pasaron cuando intentaron abrir potrero y no les servía para el ganado, cuando empezaron a desmontar montaña para sembrar maíz y frijoles y los cabros arrasaban con todo.

De tal manera, al ver que estos cultivos les dejaba pérdidas, su padre comenzó a sembrar café y después cabuya, lo cual mejoró la economía familiar.

A  su esposa la conoció cuando iba a caballo con su hermano Nicolás a tocar guitarra a los turnos de San Juan. Fue flechazo a primera vista. Producto de ese matrimonio tuvieron 13 hijos.

Don Moisés (izq.) se dedicó muchos años al cultivo de café.

Los retoños crecieron y don Moisés continuó con el cultivo del café, sin embargo en aquel tiempo los beneficios pagaban muy mal la fanega. Fue por ese motivo que se unió al movimiento cooperativo para no salirse jamás.

La novilla rabiosa. Entre las anécdotas que más recuerda este generaleño, es la que vivió con una ternera. Cuenta que una mañana le tocó ir a dejar una carretada de madera a don Abel Rodríguez al bajo de Caña Blanca. Al llegar,  había una novilla que pegaba unos bramidos en la quebrada y en la hacienda nadie sabía qué le pasaba.

“Yo pensaba que esa novilla se había comido una guayaba y la tenía ahí pegada. Entonces le dije al hijo de don Abel: tráigase una soga y la amarramos en un poste. La agarre de la nariz; le abrí el hocico, le metí la mano y no tenía nada. Fue cuando me percaté que los ojos de la ternera eran ver al mismísimo demonio. En esos días había aparecido la rabia en el ganado y yo dije: ¡Qué torta, está novilla lo que tiene es rabia! Optamos por no soltarla y llamamos al veterinario para que la examinara”, comentó.

Cuando llegó el médico a la finca, le cortaron la cabeza a la novilla y como don Moisés había quedado con unos rasguños en la mano, lo llevaron al centro de salud donde lo tuvieron en cuarentena y el doctor Muñoz le ponía una inyección diaria.  

“Recuerdo que estaba yendo a la escuela pues estaba muy entusiasmado por sacar el sexto grado y debido al percance con la novilla no pude obtener el diploma. Pero, por mi buena relación con el director regional de Educación, me lo terminaron dando”, afirmó.

Con el diploma en mano, don Moisés se metió de lleno en otras cooperativas, fue guardia y hasta jefe de sucursales. Con los años vendió su finca en La Alfombra y se vino para San Isidro.

Don Moisés, a sus 77 años, sigue siendo un gran cooperativista.

Cooperativista al cien. Cuando se pensionó, se encargó de la promoción de grupos de adultos mayores afiliados a la cooperativa.  En 1998 fue partícipe de la creación del grupo de aeróbicos y bailes típicos.

En el 2005 perdió a dos de sus hijos en un lamentable accidente de tránsito y hace un año a su esposa. Ahora vive tranquilo con una hija, goza de buena salud y se cuida mucho en las comidas.

“Me siento contento porque he tenido muchos logros, porque no tuve que ir a la universidad para hacer mucho por la sociedad”, relató.

Don Moisés es muy creyente en Dios, tiene actualmente 77 años de edad y trabaja en el parqueo de una importante cooperativa desde hace 12 años.

En definitiva, este señor es un manojo de enseñanzas y anécdotas encantadoras, fiel a la identidad y costumbres de nuestros predecesores del Valle de El General.


31 mayo, 2011

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