Don Chayo: “Cuando era joven me sobraban las novias”

Imagen: Don Chayo: "Cuando era joven me sobraban las novias"

José Sibaja Oconitrillo llegó a su centenario de vida más pochotón que nunca

Juan Diego Jara A.
djara@perezzeledon.net

José Sibaja Oconitrillo, conocido como 'Chayo'José Sibaja Oconitrillo, conocido como “Chayo”, vive en barrio Sagrada Familia, San Isidro de El General.

Don Chayo no se explica cómo llegó a los cien años si cuando era joven fue mal portado y callejero. “Solo Dios sabe por qué estoy aquí, vivito y coleando”, contó muerto de risa.

En sus años mozos fue un impávido errante  y enamorado sin causa; a los 30 contrajo nupcias más por apuro que por convicción, y hoy, en el umbral de su ocaso, pasa el tiempo entre ambarinos recuerdos.nnJosé Sibaja Oconitrillo, conocido como “Chayo, nació en Atenas y al morir su padre se puso a trabajar siendo apenas un carajillo. Su primer oficio fue de panadero a los ocho años.  “Estaba tan pequeño que aún no podía con el machete pero tenía que buscar algo qué hacer para ayudar a mi mamá con los gastos de la casa”, narró.

A los diez años se fue para la finca de los padrinos que no conocía. Ellos eran de los gamonales de otrora y con beneplácito le abrieron las puertas al imberbe ahijado. 

“Querían que yo llegara pero me pusieron mucho trabajo. A las cuatro de la madrugada tenía que levantarme todos los días y terminaba casi siempre a las ocho de la noche. Me tocaba moler maíz, trabajar en la finca, traer las vacas y entregar la leche por polvaredas calles y me pagaban 15 céntimos diarios”, relató.

En ese tiempo, una de las hijas mayores de sus padrinos, dio a luz a una niña llamada Silvia… Chayo jamás imaginó lo que la vida les tenía preparado a los dos.

Don Chayo acaba de cumplir cien añosDon Chayo acaba de cumplir cien años y se siente como un chiquillo de veinte.

El despertar. Cuando este aventurero joven cumplió 15 años, ávido de experiencias y ambiciones, dejó la finca de sus padrinos y decidió descubrir lares insospechados: trabajó en Las Salinas, Guanacaste, luego en Golfito con la compañía bananera, y retornó hecho un hombre a su natal Atenas para trabajar con sus padrinos, pero en condiciones distintas, ya con jornal.

No obstante, el mozalbete acarreaba una debilidad prosaica de muchos de su género: las mujeres. Don Chayo, sentando en el sofá de su corredor en Sagrada Familia, reconoció sin rodeos que cuando era joven le sobraban las novias.

“Tomaba guarito, puro contrabando y lija. Y tenía novias en todo Atenas y Turrubares. ¿Para qué me iba a casar?”, dice muerto de risa.

Lo que Chayo no imaginaba era que la vida le tenía reservado otra cosa.

Le llegó la hora. Ya de 30 años, adquirió una finca en sociedad con su amigo Napoleón, hijo de sus padrinos, en San Pablo de Turrubares. Allí vivía también con su mamá, que le cocinaba y lo asistía en todo. Pero pasó lo siguiente: “Mi mamá no quería estar más en la finca, y yo no tenía quien me hiciera comida y me lavara la ropa. Ella se devolvió para Atenas y a mí no me servía estar sin que nadie me asistiera, entonces Napoleón me dijo: -lo tiene que hacer es casarse- y me dejó pensando”.

Fue así, que una fugaz idea emergió por la cabeza de Chayo: pedir la mano de la nieta de sus padrinos, Silvia, quien por cierto era la sobrina de Napoleón, su socio.

A Silvia la conocía desde que era una chiquilla. “La fui a buscar a Atenas y le propuse -te querés casar conmigo-. Silvia aceptó, pero me dijo que tenía que hablar con los viejitos, y le dije -¡está bien!- y el fin de semana siguiente fui a hablar con ellos.

“Al otro día le comenté a Napoleón que ya había hablado con la muchacha, pero sin decirle quién era, y le aclaré, que si me ponían peros mis padrinos, no me casaba. Minutos más tarde uno de nuestros peones le entró la curiosidad por saber acerca de la misteriosa prometida y tras tanta insistidera le terminé contando. Ya en la tarde Napoleón sabía todo y se fue soplado para Atenas a donde mis padrinos a darles la noticia, a decirles que cuidado echaban un pie atrás”, resaltó nuestro personaje.

Aquí  unos años atrás con su familiaAquí unos años atrás con su familia.

Don Chayo siguió desgranando recuerdos y con lucidez exorbitante puso picante a su relato: “Pasaron ocho días y me apersoné adonde mis padrinos: -vengo a saber nada más la respuesta, me quiero casar con su nieta-, entonces me dijo mi padrino… -Chayo está bien, nosotros lo queremos mucho, pero el problema es que usted es muy mujeriego, tiene ahora que portarse bien-“.

Este longevo contó que el noviazgo con Silvia fue muy inusual, marcaban en la cocina y rapidito se comprometieron.
Sin embargo, como don Chayo era un mujeriego de primera, su conducta le pasó factura precisamente cuando iba presentarse en la iglesia.

“Era un día entre semana y andaba por ahí el papá de una de las tantas novias que yo tenía, se llamaba Graciela, y el viejo apenas se dio cuenta de que me iba a casar con Silvia, se fue contarle a su hija, ella se puso bravísima y se vino a buscarme  el sábado. Yo estaba en el barrio y no me había ido aún para San Pablo, cuando la vi pasar con una hermana y me escondí donde una vecina. Ellas pasaron directo para la casa de mis padrinos, pero en el camino se toparon a un hermano mío quien les advirtió  de que no fueran. Mi hermano me contó luego que Graciela quería impedir el casamiento. Esas congojas pasaba yo por mujeriego”, siguió riendo don Chayo, apacible en el sofá y apoyado en su bastón.

Don Chayo señaló que por esa algarabía casi no se casa con Silvia, y como en pueblo pequeño, infierno grande, raudamente sus padrinos se dieron cuenta y estaban tan chivas que ya no estaban dispuestos a entregarle su nieta. Pero bueno, me perdonaron, también por intervención de Napoleón, y con esa mujer tuve nueve hijos, seis varones y tres mujeres.

Su antigua cédula de identidadSu antigua cédula de identidad.

Con el transitar de los años, en 1957, un hermano convenció a don Chayo a venirse para Pérez Zeledón. Aquí compró un pedacito de tierra en Tinamastes, donde sembró café, maíz y frijoles. Pero como los varones lo fueron dejando solo vendió y en 1970 compró en barrio Sagrada Familia donde vive actualmente. Su esposa murió hace poco y a este gran centenario  lo cuida su hija Mayra.

Don Chayo aunque oye poco está muy lúcido, su hija Mayra dice que los doctores se sorprenden de su salud. “Está más sano, ni presión alta ni azúcar en la sangre padece”.

Hace ocho años don Chayo aún chapeaba. Ahora se entretiene haciendo carretas en su taller. Este picarón señor demuestra que la vejez es un asunto mental. A sus cien años recién cumplidos se siente como un chiquillo y vive a plenitud, seguramente,  hasta que el de arriba decida llevárselo cuando esté dormido.

 


28 abril, 2012

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