De fiesta en el bar Kentucky y, por las dudas, una Mejoral

Juez y parte de la historia. En la fotografía, los eternamente abnegados miembros de la Cruz Roja, a su paso por el frente del Kentucky.

Carlos Monge
prensa@perezzeledon.net

T
estigo de la transición de un pueblo de calles empedradas, campesinos a caballo y carretas de bueyes, de la sangrienta guerra que se libró en la plaza de lo que que por entonces se llamaba Ureña, de juegos de futbol en la plaza y romance bajo lo higuerones del parque, el hotel, bar y restorán Kentucky fue uno de los establecimientos comerciales más emblemáticos de Pérez Zeledón.

Fue un negocio atractivo, de esos de olor a madera, perfumes, flores  y nostalgia, beber Canadá Dry y, en caso de dolor (como lo dicen los rótulos), tomarse una Mejoral.  (¿Cuándo fue demolido, para construir un edificio nuevo, de cemento? Su construcción y puesta en funcionamiento fue un proyecto empresaria de éxito inobjetable. Se acababa de construir la carretera o, mejor, la trocha a Dominical y durante los años siguientes habría de servir a enjambres de comensales, estadounidenses y nacionales, adinerados por el trabajo abundante en la interamericana.

El Kentucky fue construido hacia los años 40 por Eugenio Carro, un popular empresario de origen español más bien conocido como “El Gallego”. En San Isidro ya había aserraderos, para la madera; pero los demás materiales de construcción y los equipos del restorán ingresaron por la carretera a Dominical, antes de que comenzara la construcción de la carretera interamericana.

El Kentucky fue un centro social de distinción, en el viejo San Isidro.


Cuenta Alexis Castiglioni que para el 48, la policía se llevaba amarrados a los “cachacheros (chicheros) del Kentuque” para Quepos, para ponerlos a pelear en la Guerra.

Es posible que la visión de este personaje inseparable de la ciudad de San Isidro desde ya hace más de seis décadas esté algo adulterada por lo que vio, más que por lo que supo. Quizá fue uno de los altercados propios del momento y  parece tener más sentido que los detenidos fueran personas que hicieron algún ruido en contra del estado de las cosas del momento, para que merecieran ser aprehendidos por las fuerzas del Gobierno.

Porque a mediados del siglo pasado el Bar y Restaurant Kentucky, situado en diagonal con la esquina suroeste del parque, no era una cantina a donde pudieran a llegar a beber “chicheros” que, en su necesidad, buscan dónde conseguir alcohol barato o regalado y, en consecuencia, sino uno de los destinos sociales más distinguidos de Pérez Zeledón.

Se celebraron matrimonios, fiestas de quince años, graduaciones y hasta competencias de lucha libre


Era un “enorme” edificio construido con madera, bien detallado, de barra para los que bebían, restaurant para los que comían y un amplio salón de baile que sirvió infinitas veces para la celebración de matrimonios, fiestas de quinceañeras y graduaciones estudiantiles.  Otros lo recordarán por las competencias de lucha libre que se libraron en San Isidro durante los últimos años de la década de los sesenta y principios de los setenta, tan en boga por aquellos días en el país.

Bailes, al principio, con marimba y después con aquellas memorables rock olas de discos de acetato de las que hoy, en San Isidro de El General, apenas se hace referencia cuando los más viejos dicen que “les cayó la peseta”.

El dicho proviene de una moneda que desapareció ya hace muchos años, equivalente a veinticinco céntimos de colón. Se le llamaba peseta por asociársele con la moneda española “peseta”. La moneda se metía por una ranura, bajaba por un conducto y a su paso activaba un mecanismo que levantaba, movía y depositaba un brazo robótico sobre el disco.  Sin entrar en detalles, la rock ola se activaba cuando le caía la peseta.

La rock ola fue (y siguen siéndolo las rock olas digitales de hoy) un instrumento de reproducción musical ideal para un negocio de entretenimiento, porque el salonero o el administrador se desentendían de la música. Quien quería escuchar una pieza simplemente se paraba, iba a la rock ola, la marcaba una o cuantas veces lo quisiera, a pesar de la molestia que pudieran expresar otros que no querían escucharla.

Tal vez, para mayor entendimiento, alguien fije la mirada en la fotografía del Kentucky, escuche los pasos acompasados sobre la calle de piedra  de un desfile de efeméride, o los lamentos de Jaramillo, Daniel Santos o Gardel, por los que alguno lloró de amor, al refugio de las frondas, en el parque.
 


17 febrero, 2013

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