Cuando la suerte asome, sólo atráigala y amárrela

Inquebrantable, Sonia Araya ha acompañado a su marido en las malas (de antes) y en las buenas (de ahora).

Carlos Luis Monge Barrantes
prensa@perezzeledon.net

Tras una estéril secuencia de intentos por mejorar las condiciones de vida, mediante el cultivo de diversos productos agrícolas, un joven de San Vito de Coto Brus se dio cuenta de que el tiquisque podría ubicarlo en el sendero del éxito y la prosperidad.

Regresó a la finca del papá, que había abandonado unos meses antes para colocarse como empleado en una panadería de Buenos Aires, invirtió en semilla, trabajó de sol a sol, sembró tres hectáreas y media de tiquisque y cuando llegó la época de cosecha se dio cuenta de que los precios habían descendido de 57 mil colones el quintal a la mísera suma de 300 colones.

No valía la pena ni perder el tiempo en recoger el producto. La agricultura había sido ingrata con sus proyectos de producción de papa, frijoles y arroz y, ahora, el tiquisque lo estaba dejando en serios compromisos económicos.

¿Qué ocurrió? Que, en consideración a los precios alcanzados en el mercado exterior, muchos agricultores dedicaron sus tierras al cultivo del tiquisque y, en consecuencia, al saturar contenedores y estanterías, abarataron el producto.

Es el martirio al que parece estar condenada la gran mayoría de los agricultores, acosados detrás de cada matón por los fantasmas de los bajos precios, los intermediarios, los atropellos climatológicos, las plagas… pero no el caso de José Ángel Cascante Mora, porque lo esperaba una sorpresa y tuvo las agallas para dar un certero golpe de timón.

Le comentaron que en Rivas de Pérez Zeledón estaban vendiendo una panadería que estaba estancada. Y así, como se puede visualizar desde San Vito un pueblecito de Pérez Zeledón, ubicado quién sabe dónde y sin conocer a nadie, José Ángel viajó a Rivas, negoció las condiciones, compró los equipos y en el término de una semana ya estaba trabajando.

Siempre, a su lado, con el apoyo de su inseparable e infatigable esposa, Sonia Araya. En diciembre hará siete años.

Y la prosperidad no se hizo de esperar. Durante su estadía en Buenos Aires, José Ángel obtuvo el conocimiento y desarrolló las habilidades necesarias para instalar una fábrica de pan y ahora –después de un período en que la panadería local se estaba tambaleando- estaba ofreciendo un excelente producto a los habitantes de Rivas.

Y pronto estuvo listo para ir creando rutas a San Gerardo y Pueblo Nuevo, en Rivas, y El Águila y Pejibaye, extendidas a Concepción de Pilas de Buenos Aires. Para la expansión se necesitan más equipos y camiones de distribución, y José Ángel lo está haciendo.

Su labor ha sido un proceso de superación, tanta que hoy sirve de escuela a estudiantes de panadería del Instituto Nacional de Aprendizaje, en convenio con la empresa Fhacasa (Fábrica de Harinas de Centro América) y de proyecto de investigación a estudiantes de la Universidad Nacional, con cuyos trabajos de graduación lo alimentan con más consejos y recomendaciones.

Al conocimiento que adquirió en la panadería donde estuvo trabajando como empleado, en Buenos Aires, José Ángel ha sumado otros conocimientos, como la decoración de queques.

También ha recibido cursos de donde han salido ideas para el empaque, la marca y el emblema que identifica a la Panadería Rivas, con su personal uniformado y sus etiquetados camiones de distribución: “Panadería Rivas”, con una espiga de trigo sobre un óvalo azul.


7 noviembre, 2012

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