Crónica de una experiencia en la cima: Campamento de Voluntariado Cerro Chirripó

Imagen: Crónica de una experiencia en la cima: Campamento de Voluntariado Cerro Chirripó

Juan Diego Jara A.
prensa@perezzeledon.net


Momento de descanso en Llano Bonito

Ahí estábamos Jorge “Alien” Hernández y yo a las 3:00 a.m. frente a la Casa de la Juventud, dispuestos a emprender una gran aventura: rumbo al imponente Cerro Chirripó.

De inmediato reconocimos un grupo de voluntarios con ímpetu voraz y energía fulgurante. Un bus amarillo, de esos viejos, llegó por ellos para trasladarlos a San Gerardo de Rivas,  pero nosotros decidimos irnos –inmersos entre maletas– en el cajón del carro blanco del Consejo Nacional de la Persona Joven, conducido por José Antonio Mora “Chepo”, quien nos invitó a participar en tan sublime travesía.

Esa madrugada de martes 19 de mayo se impostaba espléndida, el cielo estaba rebosante de estrellas y una luminosa luna menguante sirvió de guía para estos intrépidos viajeros que yacíamos en ese cajón entre bolsas y maletas.

Arribamos a San Gerardo y comenzamos a divisar las caras y las personalidades de cada uno de los 40 voluntarios de diferentes sectores del país, aunque a decir verdad, la oscuridad nos lo impedía.

Nos trasladamos en vehículos al restaurante Urán, donde degustamos un rico gallo pinto con huevo y cafecito caliente. Don Óscar Esquivel Garrote nos deleitó con sus canciones. Eran las 4:00 a.m.

Y entonces “Chepo” dijo: “A subir”. Y emprendimos la travesía al místico cerro.

Por dicha que nuestras maletas se las llevaron los titanes arrieros, pues si no la subida hubiese sido nefasta.

Era mi segunda vez en el Chirripó; para Jorge fue la primera y la última, pues reconoció vehementemente que no está dispuesto a repetir la hazaña.


El majestuoso Cerro Chirripó

Abrupta escalinata. El kilómetro cero, conocido como El Termómetro, nos indicaba que el ascenso comenzaba… El alba despuntaba. Íbamos adelante como los grandes, no obstante, los fogosos voluntarios pronto nos remontaron sin reparo. Las horas pasaban y nosotros sucumbíamos profusos entre la exuberante naturaleza y el pintoresco paisaje.

Después de mucho caminar vimos la entrada al parque. No me doblegué por ello. De por sí ya sabía que la escalinata al Chirripó es traicionera e infinita. Aún me quedaban fuerzas. Sin embargo, Jorge me miraba con desgano, como diciéndome “mae me embarcaste al traerme acá”.

Llano Bonito. Mitad del trayecto. Oportuno para sosegar efímeramente el cuerpo inmolado de tanto andar. Ahí había voluntarios construyendo un drenaje para las aguas negras. Ahí interactué un poco más con el séquito brioso.

Pero vendría la peor parte. La imperecedera y soberbia Cuesta del Agua avasalló nuestras fuerzas inermes. Una densa floresta nos cubrió y el ascenso se prolongó como era de esperar. Éramos el último grupo.

Qué confianza más bonita noté en los voluntarios, parecía como que se conocieran de toda la vida y, a decir verdad, eran unos desconocidos.

Por fin dejamos atrás Cuesta del Agua y el desaborido Monte sin Fe nos recibió, pero teníamos fe, aunque cada paso, cada metro, se hacía eterno.

La lluvia pertinaz nos alcanzó, el cuerpo titilaba, las piernas estaban doblegadas y el corazón palpitaba acelerado.

“Chepo” y otros dirigentes voluntarios fungieron como escolta y siempre estuvieron atrás esperándonos; alentándonos, presionándonos para que avanzáramos, pero el cuerpo a veces es muy rebelde.     

Y nos encontramos con la adusta Cuesta de los Arrepentidos, ¡maldita cuesta! Celosa de los viajeros y muy perversa. Inertes adelantamos el paso, la lluvia y el frío tenaz se confabularon  para mitigarnos, pero a pesar de los momentos aciagos la osadía humana siempre emerge victoriosa.


Grupo de voluntarios en el ascenso a Base Crestones

Jorge y yo nos separamos. Tuve que dejarlo en ese último peldaño, ya que mi único abrigo se mojaba y también mi cámara fotográfica corría peligro.

No sé cómo llegué a Base Crestones, solo sé que vi el albergue, y por inercia caminé por el pedrusco sendero que me llevó a tan anhelado refugio.

Base Crestones. Frío intenso y entorno nublado, mis tenis mojadas, yo atribulado, hambriento… pero había llegado. Ocho horas y media de ascenso. Era la 1:30 p.m.

Jorge arribó media horas después, bueno a decir verdad, unos voluntarios debieron ir por él pues estaba acostado en las rocas del sendero bajo un letal aguacero. Gracias a Dios que no le dio una hipotermia, me hubiese sentido culpable.

Esa tarde nadie salió del albergue. Había que reposar.

Los frijoles con cebolla y el arroz crudo con plátano que nunca comería en mi casa los mastiqué y los digerí. Al igual que Jorge. Al igual que todos los voluntarios y hasta “Chepo”, ¡cómo vacilamos con eso!

Es que yo no sabía ese detalle: los voluntarios debían cocinar; se organizaban en grupos.

La tarde transcurrió lenta. Las fuerzas se me fueron quebrando. Ese hielo perpetraba mis más profusas emociones.

Escuchando a Joaquín Sabina, Víctor Manuel y Silvio Rodríguez, pude combatir el frío. Así mismo, la música en vivo de Joao y Moya, voluntarios de Río Claro, Golfito, nos avivó el corazón.


José Antonio Mora “Chepo” y los coordinadores dando las instrucciones a los voluntarios

A las 6:00 p.m. después de la cena (sopa y spaghetti) se realizó la Asamblea, donde se tomaron importantes acuerdos: se delegaron comisiones, reglas, y sobre todo, el plan de trabajo a seguir durante el campamento.

Cabe mencionar que no se permitió que nadie llevara licor, tampoco que hombres y mujeres compartieran habitaciones.

Y quizá lo más importante: hubo cambio de cocineros.

La noche escarchada nos cubrió.

Aporte tesonero. Por 29 años el Consejo Nacional de la Persona Joven, en la coordinación de José Antonio Mora Valverde, ha llevado a cabo campamentos de voluntariado en el Parque Nacional Chirripó. La habilitación de senderos, la construcción de puentes, y las mejoras dentro de los refugios, son parte de las acciones que se han hecho.

Este 2009 no fue la excepción, y en representación de PerezZeledon.net Jorge y yo fuimos invitados a cubrir ese importante campamento, en la cima más alta de Costa Rica.

El proyecto de este año consistió en la construcción de una casetilla para poner a funcionar una planta eléctrica con motor a diésel. También se realizaron mejoras en el sendero que conduce a La Sabana de los Leones, y se construyó un drenaje en el refugio Llano Bonito.

Precisamente ese segundo día, en Base Crestones, noté con qué esmero trabajaron los voluntarios, tanto hombres como mujeres halaron sacos de cemento en hilera, abrieron senderos con machete en mano, hicieron aseo dentro del albergue, cocinaron, entre otras labores.

Jorge y yo nos levantamos adoloridos y con dolor de columna. Las tres cobijas que nos dieron no bastaron para apaciguar el intempestivo frío. Sin embargo, unos ligeros destellos de sol nos dieron la bienvenida y nos dieron brío para salir de la cama.

El desayuno fue otra cosa. Saboreamos un sabroso gallo pinto con huevo y café caliente. Jorge me miró esta vez con otros ojos, como diciéndome “mae así sí”.


Voluntarios en la construcción del generador eléctrico

El grupo que se delegó para las faenas de la cocina lo hizo excelente. Adrián, un ingeniero agrícola de Sabanilla, fue el chef y junto con Karina una ingeniera industrial, de Curridabat, y otros voluntarios, demostraron que tienen buena cuchara.

Salimos del albergue a realizar nuestro trabajo: el fin era entrevistar a los voluntarios, conocer su vida, sus experiencias, anécdotas y emociones en dicho campamento. También elaborar un documental que recabara la importancia de esta iniciativa en pro de la preservación ambiental.

Después de esa labor, Jorge y yo, en compañía de Lizeth, una funcionaria del Instituto Costarricense del Deporte y Recreación (ICODER) nos encumbramos hacia el Cerro Chirripó, una de las experiencias más sublimes que alcanzamos a vivir.

Cerca de tres horas ascendiendo, en realidad fue duro, pero llegamos. La sensación de estar en la cima no tiene comparación alguna. La energía que se transmite cala en el individuo y se transmuta en sentimiento.

De regreso. Entre juegos de naipe, de ajedrez, los voluntarios mataban el tiempo dentro del albergue tras una ardua jornada de trabajo.

Durante mi estadía noté personalidades tan heterogéneas, una hermandad y un respeto digno de admirar.

Conforme pasaban las horas había mayor confianza en el grupo, compuesto por jóvenes entusiastas de Limón, Heredia, Grecia, Abangares, Hojancha, Golfito, San José, Curridabat, Desamparados, Tarrazú, Grecia, Pérez Zeledón, en fin, de todos los rincones del país.

Profesionales, agricultores, bohemios, de la zona rural, de la capital, del sur, del norte, de Talamanca, toda una gama unida para servir al Chirripó.


Listos con machete en mano para habilitar el sendero hacia la Sabana de los Leones

Natalia Córdoba fue una líder, Karina toda una chef junto con Adrián. Óscar y Gabriel fungieron una gran labor como coordinadores. Pablo, un tipazo, Kristi, una dulce muchacha, Joao y Moya, unos grandes artistas. Menciono algunos nombres, pues me es difícil recordarlos a todos, pero a decir verdad, todos ellos merecen respeto y admiración pues cumplieron una encomiable misión.

El almuerzo y la cena estuvieron mucho mejor ese segundo día.

Esperé ver un atardecer durante mi estadía, pero me fue imposible: la neblina y la necia llovizna me opacaron el celestial crepúsculo rojizo-naranja que se suele presenciar.

De nuevo cayó la noche y el intercambio multicultural que experimentamos Jorge y yo con los voluntarios fue simplemente enriquecedor.

Compartimos con ellos esa última noche en el Chirripó. Pues sí. A solicitud de mi compañero Jorge el regreso sería inminente, el día jueves.

De igual manera nos llamó poderosamente la atención el Chirribuzón, en el que los voluntarios se intercambiaron mensajes de afecto.

Con juegos recreativos –que nos hicieron reír a carcajadas– gozamos el momento, mientras un cielo atiborrado de estrellas nos sorprendió con su magnificencia.

Pero como el frío laceraba mis huesos, decidí ir a descansar. Ya adentro del albergue transité por el oscuro pasillo hacia a mi habitación, con cierto temor, “como dicen que asustan y se ven cosas extrañas”. Sin embargo, no pasó nada, cerré mis ojos y el sueño fue intermitente.


Sana diversión, una actividad recreativa dentro del albergue

Por su parte, Jorge prefirió quedarse mirando el firmamento con la esperanza de captar un Ovni… Lastimosamente no topó con suerte.

Día 3. Y para no dar más largas a esta crónica, les puedo decir que nos despedimos del campamento con mucha gratitud por la atención que nos brindaron, que no nos bañamos en el tiempo que ahí estuvimos, que el descenso fue abrupto, que Jorge juró jamás volver al Chirripó, y que yo, después de dicha travesía, experimento una catarsis.

Fotos del Campamento de Voluntariado 2009 Cerro Chirripó

Galería de fotos del Campamento de Voluntariado 2009 – Cerro Chirripó Costa Rica – click aquí

Videos del Campamento de Voluntariado 2009 Cerro Chirripó

Video 1

Video 2

Video 3

Video 4


27 Mayo, 2009

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